Música para flotar

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jueves, 26 de marzo de 2015

La ventana*

Raúl tenía la única celda del pabellón con ventana. Todos lo envidiábamos sin disimulo y se lo decíamos sin tapujos, sin pensar en lo que pudiera importarle. Luego de tantos años en la cárcel, contábamos con ciertos beneficios que otros, recién ingresados, no tenían; pero ese cuadradito era casi tan ansiado como la libertad misma. Porque en cierta forma, era una porción de libertad. 

Todas las tardes, luego de realizar las tareas diarias y almorzar, volvíamos entusiasmados a nuestras celdas de cemento para que Raúl nos contara sobre el parque y lo que allí pasaba. 

Estábamos en un tercer piso, y las vistas del detenido más longevo eran condicionantes, mas no determinantes. Todos cerrábamos los ojos –al menos yo lo hacía y supongo que los demás, a fin de lograr un mayor efecto, también- y las palabras de Raúl nos transportaban. Las parejas que paseaban de la mano, los niños que jugaban a la pelota, las mujeres que llevaban a sus bebés a las hamacas, los vendedores de panchos, el danzar de las copas de los árboles, los perros que se olfateaban los traseros, todo, absolutamente todo –cualquier cosa– suponía una especie de evasión tan necesaria como comer o dormir. 

Al cabo de tanto tiempo de encierro, uno pierde bastante la noción del tiempo y del espacio. Los primeros años, mi mujer y mi pequeño hijo me visitaban una vez por mes. Más adelante, empezaron a venir cada dos meses. Un día, mi esposa me comunicó que habíamos dejado de estar casados. Fue un golpe duro, pero no podía reprocharles nada; para ellos la vida debía ser, a su manera, un suplicio. Hasta que dejaron de venir. Supongo que se habrán ido a vivir a otro lugar con mi hermano, persona carente de códigos que siempre anduvo persiguiéndola y que dejó de venir a verme casi al mismo tiempo que Sabrina. 

El enojo era solo un recuerdo, un pasatiempo amargo en el que caía de vez en cuando, como en un abismo inevitable. La culpa, el enojo, la frustración, acá dentro, no sirven de nada. Uno se inventa actividades como para no perder la cabeza, como recordar ciertos momentos felices, escribir relatos, leer los libros que proporciona la Biblioteca Estatal, tomar cursos de Manualidades y Carpintería, y todo tipo de quehaceres en donde la mente pueda encontrar una grieta que alcance para reafirmarse y no perder por completo la autonomía… La cárcel deshumaniza. 

Pero nada superaba “la ventana de Raúl”. No es que él fuera el dueño ni mucho menos, pero todos los que estábamos acá habíamos llegado después de él. Era como una leyenda viva. Ocupar esa celda tan preciada era la mayor recompensa a la que se podía aspirar. Secretamente ansiábamos su muerte; no por él, pobrecito, dado que le teníamos mucho cariño, sino por su ventana. Sabíamos que estaba viejo y enfermo. Era cuestión de tiempo. Todos nos portábamos excesivamente amables con los guardias y con nuestros compañeros, porque se rumoreaba que el próximo candidato a ocupar la celda de la ventana debía llegar por grandes méritos y con medallas de excelente conducta. Sin embargo, creo que todos íbamos a extrañar a Raúl por esa forma delicada de contarnos lo que veía con una sensibilidad exacerbada y que tornaba sus relatos tan singulares. Se decía que Raúl había sido un poeta (o algo así), que había asesinado de un modo macabro al violador de su hija y que, al final, había sido él quien terminó adentro… porque así es como la justicia funciona en este país). 

La prisión tenía una especie de microclima: siempre hacía mucho frío, independientemente de la estación del año, como si el sol estuviera enemistado con el establecimiento. Solamente en el patio uno lograba tener una idea cabal de la temperatura… y a él salíamos una vez por semana. Raúl describía tan bien el clima que eso no importaba demasiado. Además, era un gran narrador de historias. Entre los muchachos, teníamos la sospecha de que Raúl las agrandaba o exageraba, pero creo que, en el fondo, todos disfrutábamos de esa cuota de fantasía extra. En cualquier caso, no íbamos a permitir que la verdad arruinara un buen relato.

Una vez nos contó, medio desesperado, que se había levantado tanto viento que cerca de una docena de personas había sido arrastrada por un remolino formado entre el arenero y el espacio donde los jóvenes iban a andar en patines o en bicicleta. Raúl jadeaba, como si estuviera sucediendo de veras (¿y si en verdad era así?), como si estuviera muy afligido por el destino errante de esas inocentes personas. “¿Qué pasó?”, le gritaba Pato desde la celda de al lado, al tiempo que trataba de visualizar al viejo con un pedazo de espejo roto que usaba para emparejar su peinado. Pero luego, mientras lavábamos la ropa –actividad de la que Raúl estaba exento por su delicada salud–, Pato nos dijo: “El viejo estaba medio doblado agarrándose el corazón, como si le estuviera por dar un infarto”. Quizás Raúl sabía que era espiado y simulaba todo, pero Pato insistía en que nunca se había dado cuenta del truco del espejo. 

El modus operandi se repetía diariamente: las celdas se cerraban, esperábamos que los guardias se fueran y la calma retornara a los pasillos hasta que alguno rompía el silencio. “¿Cómo está el día?”, “¿Fue la parejita de la que nos contaste ayer?”, “¿Arreglaron la fuente?”. Raúl contestaba todas las preguntas enriqueciendo cada respuesta, como si fuera un alumno que quisiera sobresalir en la lección. Todos quedaban complacidos. Por supuesto, a cada uno le llamaba la atención un aspecto determinado que tuviera que ver con su vida, con su pasado o, quién sabe, con su futuro. Porque el presente era todo de Raúl y lo que nos contaba del parque. 

Muchas personas asistían al parque a tomar sol o a pasear el perro, y nosotros nos habíamos apropiado de ellas, como si de algún modo fueran ya un poquito nuestras. Una mujer gorda asistía cerca de las cuatro de la tarde, con dos chicos de la mano. A Camilo, mi compañero de la derecha, esos nenes le recordaban a sus mellizos, esos que habían quedado en su país de origen, al cuidado de su madre; entonces preguntaba por ellos casi como si fueran sus propios hijos. “¿No llegaron los melli todavía?” y luego: “¿Quién juega mejor a la pelota?”. Un hombre calvo, siempre vestido de negro, solía llevar una jauría un rato antes de que nos trajeran la cena. Jaime, el hombre más robusto que vi en mi vida, había tenido casi veinte perros con los que vivía en completa armonía y felicidad. Un día, al volver a su casa, el Doberman del vecino había saltado la precaria cerca que los separaba y había asesinado a ocho de ellos. Cuando Jaime llegó a su casa, el jardín era un reguero de sangre y de cuerpos mutilados. Los perros que habían sobrevivido aullaban de una manera desgarradora. Jaime cayó de rodillas, vencido y desesperado. Pero de repente, una furia asesina se apoderó de él y casi sin darse cuenta reaccionó. Él siempre me decía: “Negro, te juro que se me nubló todo y no me acuerdo cuándo fue que agarré la escopeta y se la vacié al ñato en la cara”... En conclusión, Jaime le preguntaba pesadamente a Raúl todos los día por los canes. El pobre viejo, que poco sabía de perros y de razas, se los describía como podía y Jaime revelaba sus amplios conocimientos: “Si, es un Labrador, pero Golden, porque tienen el pelo más lacio que los Labradores comunes”. Así, a fuerza de preguntarle, empezó a creer – en su locura o en su escape– que eran sus perros. Un día, Raúl le dijo que el cuidador le había pegado una patada a un Pequinés, y Jaime empezó a golpear los barrotes de la celda y a gritar como un loco, como si la patada la hubiese recibido en sus propias costillas. El alboroto era tan persistente que dos guardias acudieron a la sección y lo silenciaron a fuerza de machetazos/bastonazos en la cabeza y la espalda. Ese día pasó en silencio. Lo peor de todo fue que, a raíz de ese episodio, Jaime ya no podía ser candidato para suceder a Raúl. 

Yo, por mi parte, estaba enamorado de la mujer de cabello rojo. Creo que era el único de todos los detenidos sin esposa ni pareja. Por lo tanto, mis compañeros fueron democráticos y solidarios y esa mujer de piel blanca, cuerpo exuberante y melena de fuego, me la dejaron para mí. Confieso que decir “enamorado” puede suponer una equivocación, pero mi amor no era puramente platónico. Fantaseaba con salir de allí, cruzar al parque, llamarle la atención y darle un beso que le sacara el aire. Ella ni sabía de mi existencia, pero yo era un buen hombre y me habían encerrado por un delito menor que no había cometido; solo estaba guardando silencio para proteger a mi padre y a dos de sus socios. Supongo que uno tenía que caer, y pensaron que yo era el que resultaría menos perjudicado. Por eso, habían logrado mover sus influencias para acomodarme en el sector más seguro, con los prisioneros menos peligrosos... Nadie molestaba a nadie y, en conjunto, formábamos un grupo bastante unido. Las tareas se hacían amenas entre todos, y las risas, a la noche, a veces eran tan contagiosas que uno podía sentir que desaparecía de allí. La comida era mala, pero muchos de esos reclusos recibían visitas que les traían de todo; a veces, hasta cosas importadas, y no tenían problema en compartirlas. 

Los guardias también solían proporcionarnos cigarrillos a cambio de algunos pesos o trabajos menores como, por ejemplo, ordenar un fichero o reparar una impresora con los cabezales llenos de tinta (tarea de la que yo no tenía idea). Pero si bien la cárcel es un lugar siniestro y la falta de libertad es como vivir con una soga invisible atada al cuello, la diferencia la hacía la ventana de Raúl o, mejor dicho, Raúl y sus reportes diarios. Me acuerdo de una vez, hace como dos años, cuando Raúl fue internado una semana en una sala externa, por un principio de pulmonía que no llegó a concretarse. Me daba cuenta de que todos, inclusive yo mismo, estábamos irritados, de mal humor. Queríamos saber qué estaba pasando. ¿Y si a mi novia le había pasado algo? Está bien, calificarla de “mi novia” era algo delirante; pero cuando uno se encuentra preso posee una enorme necesidad de aferrarse a cualquier cosa para poder desenchufar un poco la cabeza y salir de allí, al menos durante unos minutos. Esa mujer, sin siquiera imaginar mi existencia ni mi embelesamiento plenamente espiritual, y a la que nunca “había visto” más que a través de las palabras de Raúl, alimentaba en mí una esperanza de hierro, un motivo que me borraba la idea de suicidarme. Sí, esa mujer que cada día se sentaba cruzada de piernas, al lado del bebedero, y se ponía a leer un libro de tapas oscuras que, según Raúl, era ‘Crimen y Castigo’, de Dostoievski, aunque bien podía ser ‘Don Quijote de La Mancha’ tomando en cuenta el grosor del volumen … era por quien yo ansiaba mi libertad para conquistarla. 

Esa ventana, ese contacto con el exterior mediado por uno de nosotros, constituía la evasión total que le daba sentido a nuestra vida. Una tarde, Raúl nos estaba explicando cómo habían chocado dos chicos en patines, mientras todos escuchábamos extasiados. Súbitamente, el relato se interrumpió con un golpe seco. Eso podía significar una sola cosa… La partida de Raúl caló tan hondo en todos nosotros que por un tiempo olvidamos la ventana. Ese rústico cuadrado de piedra en la pared no iba a ser lo mismo sin él; él era esa abertura y cualquiera de nosotros que ocupara esa celda no podría llenar esos zapatos tal como los llenaba el viejo. Durante una semana no se hablaba de nada… Raúl era muy querido tanto por nosotros como por los guardias, a los que muchas veces había aconsejado en cuestiones maritales o existenciales. Era desubicado reclamar su celda todavía, pero era innegable que el entusiasmo por ver eso que tanto habíamos escuchado por años y años, se agolpaba en el pecho y todo nuestro cuerpo temblaba de expectativa. Yo no había llevado una conducta ejemplar, a pesar de mis intentos -varias veces me había quejado con la cocinera sobre la comida que nos servían-, así que me mentalizaba con la idea de que yo no sería escogido. Pero sucedió.

Un mediodía, “el petiso orejudo”, como le decíamos a Ramírez, el guardiacárcel de nuestro sector, me puso una mano en el hombro que, a juzgar por la cara lívida de mis compañeros, pude suponer lo que significaba. “Hemos decidido transferirlo a la celda donde estaba Raúl, si es que usted no tiene inconveniente. Luego de las tareas, me busca y hacemos la “mudanza”, dijo y se despidió con una carcajada. No sabía cómo disimular mi alegría. Ramírez se dio cuenta; todos sabían lo mucho que queríamos esa celda. No entendí por qué yo, por qué no otro. Pero no quería abrir la boca. Era lo más grande que podía pasarme en ese lugar. La emoción me desbordaba. Tan alegre estaba que le regalé mi porción de puré –o lo que fuera esa papilla insípida– al turco Gómez. Todos me felicitaron con verdadero cariño; si bien lamentaban no haberla obtenido ellos, sabían que yo podía estar a la altura. Las bromas no tardaron en llegar: “Ojo, no te metas con mis perros” o “Mirame bien a los mellizos que están un poco traviesos”. Yo solo pensaba que iba a conocer a la mujer de cabello rojo, a la lectora.

Luego de algunas actividades, lo busqué a Ramírez y tras ayudarme a cargar mis pocas pertenencias (algunos libros, un portarretrato, etc.), nos dirigimos a la celda ocupada por Raúl hasta hacía pocos días. Esa marcha fue un momento maravilloso, todos vitoreaban, aplaudían y celebraban mi traslado. Fue uno de los mejores momentos de mi vida. La aventura estaba por empezar. 

Ramírez cerró la celda y mirándome a los ojos, con voz muy bajita y con aire compasivo me dijo: “Suerte... y te pido disculpas”. Yo no lo entendí, asentí educadamente y di un salto a la ventana. No sé cómo seguir contándoles... Fue muy impactante lo que sucedió a continuación: los otros presos empezaron a preguntarme qué veía, cómo estaba afuera...Y la ventana, la codiciada ventana... daba a un paredón gris. Era un patio interno y no había rastros ni de plazas, niños, perros, nubes o mujeres de cabello rojo. Reparé en las palabras de Ramírez y al instante entendí el amor inconmensurable que Raúl nos había tenido a todos para inventar sistemáticamente todo lo que nos había dicho a lo largo de no sé cuantos años, para actuar con su cuerpo sensaciones y emociones, dándole a cada palabra un sinfín de posibilidades que nos permitieran soñar. Me largué a llorar en silencio, compungido. Entonces, tragué saliva, abrí la boca y pensé en decirles a mis compañeros que todo había sido una mentira, una ficción para que nuestros días fueran más felices o, mejor dicho, menos decadentes. Pero no pude… Sentí que una misión me estaba encomendada y no había vuelta atrás. Casi todo un pabellón dependía de mí ahora, y los gritos y pedidos no dejaban de sucederse. Presentí que el secreto iba a devorarme los nervios… Aun así, cerré los ojos, me aferré a los barrotes de la celda y tranquilamente les dije: “Muchachos, es un día maravilloso”.


*Relato ficcional a partir de un pasaje de la novela Respiración Artificial de Ricardo Piglia

ESTE RELATO NO HUBIESE QUEDADO ASÍ, SIN EL APORTE Y LA EDICIÓN INCANSABLE DE MI AMIGA SILVIA T., PRIMERO COMPAÑERA EN LAS LETRAS, Y LUEGO, AMIGA DE LA VIDA. GRACIAS SIL.

domingo, 21 de diciembre de 2014

La venganza de los dientes

Esta mañana el dentífrico se enojó conmigo. Más que experimentar un enojo, creo que fundamentalmente se quedó decepcionado con mi actitud...

Todas las mañanas y las noches me lavaba con la pasta Aquafresh Triple Protección. Disfrutaba mucho de su sabor y de cómo se adhería a mi cepillo. Creo que ella también se deleitaba al recorrer los pasillos de mi boca y perderse a lo largo de mis dientes. Se divertía mucho con las diferentes secuencias de sonido que voluntariamente yo lograba con ayuda de la fricción de las cerdas. Además, los alternados y violentos movimientos le daban a la pasta una vorágine que no había conocido, considerando la monotonía de permanecer encerrada en un tubo. El cepillo también estaba encantado con esta pasta. Disfrutaba cuando, luego de estar lleno de espuma, se bañaba y le quedaban los pelitos suaves y con un perfume tan seductor. Dicen que está conquistando a otro de los cepillos del baño. 

Conformábamos un trío perfecto y sin discusiones. Yo respetaba los tiempos del cepillo que, ya entrado en meses, se cansaba más rápido e higienizaba con menor eficacia; y seguía su explícito pedido, encargándome de secarlo bien. La pasta me aseguraba disolverse lo mejor posible en mi boca; yo la dejaba puesta en el cepillo un rato para que conversaran antes de empezar la limpieza y este pudiera empastar todas las cabezas de su reino. A su vez, el cepillo aseguraba poner a mi disposición todas las cerdas para que llegaran a los lugares más difíciles y me prometía ser cuidadoso con las encías, que ya se habían quejado en otras oportunidades por pinchazos y trabajos descuidados. Por supuesto, las manos ‘se lavaron’ del asunto. 


El problema fue cuando llegó la otra... Un día, una nueva pasta apareció en el lavatorio. Era la Aquafresh Ultimate White, notoriamente de mejor proveniencia. Su calidad era sobresaliente. Era corta de estatura y su tapa era mucho más grande, a diferencia de la otra: alta, con tapa pequeña y, por su desgaste, curva en el torso. La caja de la nueva pasta era casi metalizada y según el movimiento, hacía brillar unos triángulos. Entonces empecé a usarla sin terminar la otra, es decir, sin haberle dado fin y permitiéndole que pudiera descansar en paz en el cementerio cósmico de un aliento divino. Rápidamente todos los seres del baño le tomaron bronca. El cepillo fue tirano, y descuidado a la hora de recorrer mi boca: en tres lavados, me había producido tres llagas. El sabor era menos agradable pero, según lo indicado en la caja, esta era de mejores atributos y lograba dar a los dientes una blancura superior a la otra. Hubo ruido y discordancia entre todas las partes. A mí también me daba lástima abandonar la otra, pero no podía evitar usar la Ultimate White. 

Según se comenta, este dentífrico era prepotente y arrogante en sus relaciones con los demás. Había arreglado con la mano derecha para que la guardara en un estante alejado mientras permaneciera en el baño, justamente para no relacionarse con los demás. Hasta se llevaba mal con el jabón, uno de los seres más amables del baño. 

Como les decía al principio, esta mañana la Triple Protección se fastidió conmigo. La pasta “invasora” se me había acabado por la noche y todos allí sabían que al otro día volvería a la vieja pasta, no por extrañarla o sentir cariño (aunque sí la extrañaba), sino por necesidad. Lo que yo desconocía era que esta vieja pasta había sido muy influyente en el grupo. De alguna manera, esa noche logró un complot que fue terminante. Por desgracia, yo tampoco conocía a la perfección la opinión de los dientes... Al despertar, ellos se habían marchado de mi boca. 

Gracias Sil T. por seguir leyendo y corrigiendo cada una de mis fantasías literarias.
Mis mayores afectos amiga de la vida

lunes, 10 de noviembre de 2014

Relato Salvaje - La continuación real

Afiche promocional del film
Esta historia, de naturaleza feroz pero que no puede tildarse de irracional, me fue referida por una amiga que asistió al cine con su novio a ver la última película de Damián Szifrón: Relatos salvajes. El film, que contó con un aparato publicitario desmesurado, ya fue visto por más de 3.000.000 de espectadores desde su estreno. Presenta seis historias, independientes una de otra, donde sus protagonistas –personas comunes– terminan explotando por alguna situación en particular. Un ingeniero al que la grúa le levanta el auto injustamente, una mujer que se entera de la infidelidad de su pareja el día de la boda, una mesera que debe atender al hombre que provocó la ruina de su padre y su posterior suicidio, un conductor arrogante que debe pagar caro sus bravuconadas, etc. 

Yo asistí a verla seducido por la casi escandalosa publicidad y por la fiebre generalizada. La película me gustó, aunque no al punto de deslumbrarme. Pero no quiero dedicar este espacio para hablar de mis apreciaciones sobre ella o su trama, ni siquiera de las actuaciones. Solamente voy a dar a conocer algo que sucedió en un cine de zona sur (mi amiga me pidió que no diera muchos detalles, así que voy a respetar su deseo) durante la proyección de la película. 

Sala del cine vacía 

Laura (el nombre es de fantasía) y su pareja entraron a la sala y buscaron, ayudándose con la luz del celular, la fila 5, luego la butaca 1 y 3, respectivamente. Laura se sentó en esta última por cortesía de su novio, para que estuviera más centrada con respecto a la pantalla, mientras que él no vio con malos ojos la butaca pegada a la pared acolchonada que le permitía recostarse contra ella, tras un largo día de trabajo en la fábrica. A la derecha de Laura se sentó un hombre solo. “Respiraba con dificultad”, me dijo Laura. “¿Cómo con dificultad?”, quise saber yo. “Tomaba mucho aire como si se estuviera muriendo y luego lo largaba con bronca, con enojo. Se aclaraba la garganta cada dos minutos, como si tuviera un problema, como si le costara digerir algo”. A la derecha del espectador se ubicaron dos muchachos de no más de treinta años, claramente amigos. Hablaban sobre un compañero de la oficina a quien se le había muerto la mujer en un accidente. Detrás de Laura se sentó una mujer obesa con un balde de pochoclo realmente enorme. “De hecho –me comentó Laura–, ni sabía que los vendían de ese tamaño”. La mujer tenía proporciones tan grandes que, cuando llegó y se acomodó al sentarse, hizo saltar algunos pochoclos que fueron a parar a la cabeza del novio de Laura (“uno se le metió por la espalda lo que le generó un fastidio muy divertido”). Delante de la pareja se sentó otra pareja algo despareja. Él, 45 años, con aspecto de bancario aburrido, lucía una camisa escocesa, pantalón pinzado, lentes con aumento, y una calvicie incipiente. Ella era bastante menor y su vestimenta era ideal para un boliche: top oscuro con lentejuelas, calzas negras, un angosto cinturón dorado que le rodeaba su generosa cadera , y zapatos de taco. 

Es increíble lo poco en común que uno tiene con otras personas y, sin embargo, el cine es un evento social donde confluyen todas, donde lo único que une a un grupo de extraños es la película que van a ver. Antes y después de la proyección que compartirán serán extraños, y es muy posible que nunca en la vida vuelvan a verse. 

Lo mismo pasa con la magia del fútbol. Un gerente argentino de una multinacional, que trabaja en Japón, sigue los partidos de su cuadro todos los domingos por Internet y sufre y ama una camiseta, igual que un barrabrava de Sarandí que está metido en negocios de trata y tráfico de sustancias ilegales. El abismo entre ellos no existe cuando la pelota rueda. Sus ocupaciones, su cultura y su visión del mundo quedan reducidos a una pelota. Y ambos pueden gritar un gol abrazados, sin saber nada el uno del otro. Con el cine pasa algo parecido: una masa de gente va a ser partícipe de una experiencia colectiva donde necesariamente y sin meditar en ello, el comportamiento de una sola persona puede modificar y alterar el de otra o la de todos; la proximidad es un riesgo. 


La película comenzó. Laura abrió sus Sugus confitados y su novio abrió un alfajor Milka mousse (golosina rara para ir al cine, quizás por la brevedad que supone). El hombre sentado a la derecha de Laura empezó a temblar. Ella lo miró de reojo y lo vio comerse las uñas con desesperación. Daba sacudidas como cuando uno sueña que se cae. Intempestivamente, él la miró con los ojos tan grandes que ella tuvo que tragar saliva y prometerse mentalmente no desviar la atención de la pantalla. 

La primera historia de la película pone a un grupo de gente –que en apariencia no tiene relación alguna- viajando en un avión. A medida que se van conociendo, se dan cuenta de que todos participaron en algún momento de sus vidas -y de alguna extraña manera- de la destrucción moral de un joven: la novia que lo deja, el profesor que lo reprueba, el psiquiatra. El avión se sacude y todo da a entender que la venganza será terrible… 

Entrada de la función

Laura percibió que su compañero de la derecha lloraba sin reprimirse. Le apretó la mano a su novio para marcárselo, pero él no comprendió el gesto. Se sintió incomoda. Ella es una chica muy sensible y me imagino el momento tenso que habrá pasado. Pero faltaba más aún; cerca de la mitad de la proyección, alguien comenzó a roncar. Era tan fuerte el ruido que parecía amplificado o parte de una broma de televisión. Debía ser una persona que había concurrido sola porque, en caso de estar acompañada, uno espera que la decencia del despierto regularice la situación del dormido. Pero nada... Empezaron a chistar, que es un acto medio cobarde pero que, al menos, representa la irritación de la mayoría. El dormido no se daba por aludido. Algunos rumores se alzaron para que los chistidos se acabaran, como si ya se hubiesen naturalizado los ronquidos. En pocos segundos, era un griterío infernal entre los que pedían silencio, los que chistaban en respuesta a ellos, los que pedían que la persona que roncaba dejara de hacerlo y los que exigían con chistidos que el silencio volviese a reinar en la sala. En un momento de esa batahola, sonó un celular que sin medir consecuencias una señora mayor atendió: “No, Gastón, todavía no pasó la parte en la que Darín explota el coche”... No acabó de terminar la desafortunada frase porque recibió medio vaso de gaseosa en la cara, por su indiscreción. El líquido salpicó las piernas de un nene que se puso a llorar. La madre, en defensa del niño y sumamente estresada, arrojó la fuente vacía de nachos con queso que había comido impactando contra un señor pelado que nada tenía que ver. El contexto empeoraba a cada minuto y los empleados del cine lo advirtieron: las luces se encendieron y la película se detuvo. Algunos se pararon para pedir calma. El misterioso hombre sentado al lado de Laura reía, “no dejaba de reír”, como si todo fuera obra suya. Gente de seguridad acudió a la sala y bruscamente iluminaron con sus linternas a los más encolerizados, aunque las luces ya estaban encendidas. Luego de algunos minutos y de un implícito pacto de paz flotando en un escenario de frágil tensión, las luces se apagaron y la película continuó.


Ya debía faltar poco para que terminara. Laura había leído que la historia de la actriz Érica Rivas era la última, la del desengaño amoroso. Fuera de lo incidentes mencionados, todo parecía encaminarse de la mejor manera. Pero todo iba a complicarse de nuevo: cada vez que en escena el personaje de la novia increpaba a su marido, la mujer de los pochoclos festejaba, vitoreaba enérgica como una ferviente defensora de los derechos de la mujer o como alguien que vivió en carne propia ese funesto momento. Las expresiones salían de su boca con aire revanchista, como si mental y simbólicamente se estuviera vengando de un pasado doloroso. “Tomá, hijo de puta.” “Tomá.” “¿Y ahora que vas a hacer?” “¿Viste, viste malparido?”. Las frases se repetían y el volumen iba in crescendo. La tormenta se avecinaba. Era inminente. Otra vez algunos chistidos… pero lo más impresionante fue lo que ocurrió a continuación. El bancario aburrido que estaba acompañado, sentado delante de Laura y su novio, se paró violentamente buscando a la mujer que profería esos comentarios fuera de lugar. “¿Podés callarte, que queremos ver la película?”, le dijo casi sin saber a quién se dirigía. Seguro que si sabía lo que le esperaba, el futuro pelado no hubiese hecho el menor comentario. La mujer gorda le contestó: “Jorge, ¿sos vos?...” “¡Y estás con esa puta de Milena!”. Creo que más allá de que el costo de la entrada es muy elevado, la película quedó automáticamente en segundo plano. El aire podía cortarse. Esto era algo mucho más jugoso… y más real. 

“Jorge” se quedó aturdido, como si Mayweather le hubiese lanzado un gancho a la mandíbula. El hombre no contestaba. La mujer gorda lo insultaba a él y a ella. De repente, lo inesperado: “Jorge, que seguía parado, en un inesperado y ágil movimiento se arrojó sobre la obesa, y con un elemento filoso que tenía en la mano (luego se supo que era una pequeña tijerita de mano que siempre llevaba al cine para cortar los paquetitos de papas) le provocó un profundo corte en la garganta. Los ojos de la mujer se abrieron y un chorro de sangre, al estilo Kill Bill, brotó de una humanidad que se desinflaba irremediablemente contra su asiento. El novio de Laura, a quien yo conozco y que es un chico muy impresionable, recibió un gran caudal de sangre sobre él y empezó a vomitar. El cine entero gritaba y muchas personas salieron corriendo. “No sabía qué hacer, imaginate el escenario: yo asistiendo a mi novio, viendo la cara de descolocado del tipo ese de la tijerita lleno de sangre, la gente que gritaba, la película que seguía como si nada”, me contaba Laura con su expresión transfigurada al recordar la situación… 

Fachada del Cinemark donde ocurrió el suceso
Yo no puedo creer cómo nada de esto haya salido en televisión, en las noticias o, al menos, en alguna página web. Me cuesta pensar que ninguno de los presentes haya inmortalizado el suceso con un celular, atiné a decirle a Laura. Ella me frenó con la mano, mientras con la otra me pasaba el tercer té de la tarde; en esta ocasión, de frutos del bosque. 

Mientras le ponía azúcar a su mate, Laura me explicó: “Directivos de la productora de la película se hicieron presentes casi tan pronto como la policía, que se llevó detenido al asesino sin ningún tipo de resistencia. Todos los espectadores que asistimos a esa función fuimos conducidos –uno no podía negarse– a una sala bastante oculta en uno de los tantos pisos del complejo de Cines y convidados con café, té o bebida. Un hombre petiso, de pelo canoso y traje muy elegante, nos habló acerca de las consecuencias funestas que podría ocasionarle comercialmente a la película si lo que había pasado llegaba a salir a la luz. Hubo un murmullo de incertidumbre y confusión. Para hacértela corta, dejamos que revisaran todos los teléfonos y borraran los archivos que tuvieran que ver con el caso, firmamos algo así como un ‘pacto de silencio’, y nos pagaron a cada uno cerca de $5000. No está mal, ¿no?”. 

Revisé mis apuntes y me aseguré de que no me faltara nada. Luego me despedí de mi amiga y me fui a casa. En el colectivo, un pasajero discutió con el chofer porque este casi lo corta en dos pedazos al apresurarse a cerrar la puerta. Un par de cuadras antes de bajar, dos chicos le pegaban a uno tendido en la vereda, en las inmediaciones de un boliche de cumbia. Un poco más alejado, otro dormía, totalmente borracho, sentado en el piso y reclinado contra una pared, mientras dos chicas le revisaban los bolsillos… En todos lados y en todo momento, uno puede pasar de víctima a victimario. Nadie parece salvarse de esta red violenta, de esta cárcel sin puertas que es la sociedad actual. No es el país, no es la inseguridad, no es el momento histórico, no es la falta de tolerancia ni la discriminación, quizás –y por desgracia– sea simplemente el hombre.


CORRECCIÓN, MISS GRAMATICA: SILVIA T.

lunes, 28 de julio de 2014

El GPS de Ramiro

Una imagen de la novia de Ramiro 
Ramiro, primero un vecino de Almagro, luego un ávido visitante de este blog y por último un gran amigo vía mail –ya que nunca nos hemos visto en persona, pero hemos compartido grandes conversaciones por correo electrónico- me contó en una oportunidad que estaba cansado de sentir celos por la conducta de su novia. Al parecer, ella era una chica bastante llamativa que donde fuera generaba dobladuras de cuellos, suspiros, alteraciones sanguíneas y demás desórdenes masculinos. 

¡Ojo!, a Ramiro le gustaba que ella fuera así, pero no podía evitar padecer unos temores tremendos cuando ella salía con sus amigas los sábados a la noche o cuando lo hacía con sus compañeros de oficina (era bancaria), los viernes luego del trabajo. Ella le juraba fidelidad, pero él tenía el corazón bastante quebrado por múltiples decepciones amorosas (en criollo: lo habían cagado siempre) y era incapaz de volver a creer ciega y totalmente en una mujer. En su parcialidad sonreía y hacía de cuenta que estaba todo bien, pero cuando caminaba con ella de la mano por la avenida Rivadavia y los hombres pasaban a su lado y la devoraban con los ojos –a punto tal que le decían piropos o tragaban saliva ante su presencia– se mortificaba de una manera terrible. Entonces, ella detenía su andar porque ya adivinaba la sensación de su novio, y le decía que lo amaba, que no tenía por qué preocuparse, que ella estaba enamorada de él y de nadie más… y cerraba esa micro conversación motivadora con un caluroso beso. Pero si a ella le calentaba alguien más, ¿cómo podía saberlo?

Los amigos de Ramiro siempre le decían que su novia estaba más buena que comer pollo con la mano (a él eso le parecía sumamente desagradable y no encontraba el sentido de la metáfora), pero cuando cambiaba el semblante, lo abrazaban en conjunto y le decían que era una broma, que no se preocupara, pero que mantuviese una actitud alerta…porque la chica, pulposa, desafiante en su andar y provocativa en su vestir, parecía una actriz porno.

Ramiro, que padecía un tremendo problema de autoestima y era sumamente inseguro, en parte por los sistemáticos abandonos de sus anteriores novias, vivía intranquilo y amargado. Él tenía tan en carne viva el asunto que lo desarrollaba o al menos mencionaba en cuanta conversación lo tuviera presente. En los mails siempre le dedicaba uno o dos párrafos para el asunto (“No sabes lo que me pasó el otro día, fuimos a comprar pomelos y el verdulero…” o “Ella me lo hace a propósito, me insiste diciendo que no, pero le encanta jugar a ser una diva a pesar de que me hace muy mal…”). Es loco, pensaba yo, todo lo que uno soporta por “amor”. Luego lo pone en una balanza y termina perdiendo por goleada en el partido de los sentimientos.

Nunca me dijo bien de qué trabajaba o nunca lo entendí, creo que en un laboratorio… pero en dos o tres ocasiones, cuando le dije de ir a tomar un café –porque fuera del tema de su chica, Ramiro era, por lo que deducía de sus correos, sumamente interesante, gran lector, apasionado del arte, dueño de puntos de vista agudos sobre las cosas, crítico de la política– siempre me decía que estaba ocupado, que ya encontraríamos la ocasión (debía hallarla él, puesto que yo era el que sugería el encuentro). Tal vez, pensaba yo, se había expuesto tanto con el tema de su novia que sentía una honda turbación porque yo lo conociera y pudiese hacerlo sentir humillado.

Me dijo que había llegado a mi blog por casualidad y que entraba siempre porque le gustaba el punto de vista border (esa palabra dijo) desde donde encaraba las cosas. Me sentí contento. Nunca pensé que Ramiro pudiera ser materia de este blog, pero hace una semana recibí un mail suyo cuyo asunto era: “Resolví el problema de los celos”. Más por curiosidad que por otra cosa, abrí al instante su correo viajando en el 132, mientras iba a buscar a mi hermana al colegio, en Paraguay y Callao.

Yo no sé si será una broma o qué, pero no puedo menos que relatar lo que me contaba. Hay casos, donde la realidad supera –a veces ampliamente– a la ficción, y este era uno de esos, por lo que mi sentido literario entró en alerta y como siempre, no supe si me enfrentaba a una genialidad o a una tremenda y completa estupidez.

Un prototipo aproximado del GPS 
Ramiro, que desde el primer momento se declaraba un obsesionado por los celos, había encontrado la solución a su tara. No había consultado a un psicólogo o a un terapeuta. Tampoco había ingerido drogas (a ciencia cierta, esto no lo sé) o sustancias para 'limpiar' esas ideas de su cabeza. Tampoco la chica había cambiado sus maneras felinas para pacificar el alma torturada de su novio. No, Ramiro había inventado un GPS (Global Positioning System), es decir un dispositivo que permite determinar la ubicación precisa de algo… o de alguien. “Este loco va a perseguir a la chica”, pensé.  

Pero esto no era lo más sorprendente. Ramiro había creado un GPS algo peculiar, primero porque se ubicaba discretamente en la bombacha de la novia. Decía que era fino como una hoja, que era descartable y que no solo le indicaba a él con exactitud el lugar donde ella se encontraba, sino que además le había agregado un sensor de temperatura y humedad para descubrir si ella llegaba a experimentar algún… calor con alguien que no fuera él. El GPS además podía distinguir los flujos naturales, así como la sangre en los días que le venía de otras sustancias, propias… o ajenas.

"El microchip desmontable"
Este aparatito, que yo imaginaba como una feta fina de queso mientras viajaba con hambre hacia Recoleta y hacía esfuerzos locos para no caerme en un colectivo lleno de gente, tenía por si fuera poco un microchip desmontable que podía enchufarse al puerto USB de la computadora. Una vez hecho esto, un programa diseñado especialmente para identificar los datos del GPS se abría, daba un detallado informe de la actividad del día: horarios en que el estado de temperatura había cambiado, lugares recorridos, cantidad de minutos en cada lugar, alteraciones sanguíneas, detección de elementos extraños...y la lista seguía. 

La falta de información me hizo pensar que todo era un bolazo de cuarta, una fantasía absurda, pero el tono era seguro y convincente, como el de un loco. Estaba encantado con su invento y temía que su novia se diera cuenta y terminara dejándolo; situación adversa a la planeada (¿o era una sutil y lenta venganza?). Ramiro, que tenía una sed de gloria tremenda (recordemos que tenía baja autoestima), sospechaba vagamente que esta era la creación más importante de los últimos años en el mundo y que terminaría por hacerse rico y famoso. Él amaba a su gatúbela compañera, pero en la posdata del mail decía exactamente esto: “¿Te imaginas la cantidad de minuchas que puedo “pegar” con esto?”. Todo era un poco raro y más leyéndolo en un colectivo y pensando en cualquier otra cosa… que es lo que pasa cuando uno lo hace mientras se encuentra en una actividad determinada. ¿Qué podía pensar de lo que me planteaba?

No le contesté el mail y él no me escribió de nuevo. No sabía si felicitarlo o mandarlo a… ¿Acaso me estaba tomando el pelo? ¿Y si no?, ¿y si el tipo era un genio que creaba cosas geniales o inútiles? Quizás había mentido todo para “limpiar” su nombre, pero ¿con qué necesidad? O quizás quería competir con la verosimilitud exacerbada de mis escritos (pero en ese caso, ¿por qué no se hacía un blog y hablaba de sus inventos?). Cinco preguntas en casi cinco renglones era demasiado.

Me bajé del colectivo pensando que este GPS, de existir, le generaría muchísima más paranoia y dependencia. No sé si era una idea tan buena, al final de todo… Mi hermana, a lo lejos, me saludaba con la mano y mientras llegaba en ese mediodía soleado pero ventoso, yo ya estaba pensando en cómo iba a relatar esto...

CORRECIÓN Y CONFIANZA CONTRA VIENTO Y MAREA: SILVIA T.

martes, 6 de mayo de 2014

Camelot (un cuento de desamor)

Fachada del local ubicado -hace años-
en Corrientes, casi Uruguay (Q.E.P.D)
La chica que le gustaba trabajaba en el local de comics ubicado al lado del edificio donde él tenía su oficina. No sabía nada de ella, pero amaba la extravagancia de su vestimenta,su actitud despojada frente a la vida, siempre apoyada en los codos sobre el mostrador leyendo alguna 
cosa, masticando chicles, como si el tiempo fuera un invento de Dalí. Le gustaba la imagen que proyectaba, una imagen completamente ajena a la suya y a la de las mujeres que solía conocer en los cócteles. 

Él se sentía un adinerado aburrido atrapado en un tiempo y en un lugar que no le correspondían. Le gustaba verse con el traje, pero no dejaba de verse como un disfrazado tratando de encajar todo el tiempo con el target pedido. Pero lo que más le gustaba de ella era la imagen de libertad que transmitía. Su pelo fucsia enrulado parecía no ser realmente consciente del mundo espantosamente normativo y prejuicioso que giraba afuera. El mundo que él encarnaba.

Francisco era abogado. Su padre era abogado. Su abuelo era abogado. Su inclinación por el Derecho fue prácticamente decidida desde la cuna, porque el Estudio de la familia era el más importante de la ciudad y era inconcebible que se malograra. “Pensalo bien Paco, ya tenemos un nombre, una clientela prestigiosa, una trayectoria, y vos podrías continuar el sueño de tu abuelo y el mío. ¿Para qué arriesgarse con otras carreras poco solventes?”, le dijo el padre –palabras más, palabras menos– en varios momentos a lo largo de su vida.

El abogado de las "personas
importantes" de Los Simpsons
 
Francisco quería ser dibujante y si bien era un profesional excepcional (no había perdido un solo juicio), estaba aburrido de las leyes, de los magistrados, de Tribunales y de la complacencia de todos cuando lo escuchaban hablar. 

Cuando un local de historietas se instaló justo al lado de su oficina sintió que el destino lo estaba provocando, que lo estaba llamando cobarde: acá está tu lugar y no allá. Tardó meses antes de frenarse en la vidriera y quedarse enamorado de todas esas tapas, de esos personajes tan fantasiosos como necesarios. También había muñecos de todo tipo, algunos sumamente realistas con detalles imperceptibles y otros de diversas publicaciones o de algunas películas. Se quedó pasmado, soñaba con ver su nombre en alguna de esas tapas, así no fuera más que un fanzine de cuatro páginas. Era un niño frente a una juguetería, un niño enfrentando su deseo primario. Todo en esa vidriera lo miraba también con nostalgia, con la sospecha de haber perdido a un creador nato, un apasionado de verdad, no un dibujante que trabaja por encargo.

Pero había algo que le gustaba más que los comics, a pesar de no saber nada de ellos, y eran las mujeres. No fue extraño que se enamorara de la vendedora del local, la figura visible y humana de ese lugar. Proyectaba toda esa necesidad artística que arrastraba a lo largo de su vida en una chica que ni siquiera sabía que él existía pero que, solo por estar allí sentada, ya tenía una gran dosis de importancia. El sueldo no tendría punto de comparación, es verdad, pero estar rodeado de ese mundo mágico y en los ratos libres elaborar bocetos no para que lo contratara una empresa norteamericana y vender su talento a cambio de billetes, sino para estar a gusto consigo mismo... eso no tendría precio. Dibujar un hechicero porque este le pide que le dé realidad, no porque haya una finalidad. Francisco no podía abandonar el estilo de vida al que estaba acostumbrado y recostarse sobre el césped en Plaza Francia a dibujar mariposas, tan hippie no era. Pero desde que ese local estaba allí, el sentido de su vida –lo que era, lo que representaba– empezó a hacerle ruido.

La chica de la tienda tenía el pelo de este color
Una noche pensó en ella casi hasta quedarse dormido y al día siguiente decidió entrar al local y hablar con ella. Pero se frenó al verse tan burgués, tan ajeno a ese ámbito y a ella. Al menos, tenía que tener una vaga idea de historietas, dibujantes, series y personajes, y era algo que desconocía completamente. Francisco disfrutaba haciendo dibujos en su agenda como un amateur, pero nunca había ido a una exposición de comics. Tampoco se le hubiese ocurrido, por ser un evento tan ajeno a sus corbatas, a su estructura. Nunca se propuso investigar, ni siquiera por Internet. Pero esta empezó siendo la solución. Se propuso obtener un bagaje general para poder tener una conversación fluida con aquella chica de pelo fucsia y lograr que fuera verdad, porque atrás de ese traje, él era un dibujante, un artista. Hasta pensó que podía llevarle algunos dibujos y pedirle su opinión, pero eso era mejor dejarlo para una segunda instancia. El vértigo de tener algo con ella lo estimulaba. Su familia no podría entenderlo, pero él debía de algún modo reunir en una sola persona algo parecido a lo que siempre había querido. Las mujeres de su oficina eran hermosas, pero también aburridas chicas materialistas, tal como él se consideraba; vestían trajes impecables, peinados súper cuidados, zapatos de taco, y perfumes como para hacer una orgía olfativa. En cambio, la chica de los comics usaba remeras superpuestas, jeans o pantalones de colores, zapatillas y todo tipo de bijouterie en las muñecas y en el cuello, colgantes con muñequitos, símbolos chinos y otros. Francisco envidiaba su comodidad y no podía creer que la ropa de trabajo que ella usaba era como su ropa de un sábado a la tarde.

Una mañana pasó y la chica estaba acomodando unos peluches feos de un solo ojo. Francisco se quedó quieto mirando la escena. Nunca la había visto tan de cerca. Era todavía más linda de lo que creía. Su rostro era fresco y descansado, no conocía las arrugas que nacen de las preocupaciones, de los juicios, de los debates; ella solo acomodaba muñecos en un estante. Sus uñas estaban pintadas de todos los colores llenando de alegría el mundo, mientras que el traje de Francisco, de color gris topo, intentaba aplacarla. Pudo vislumbrar una bombacha minúscula con dibujos de fantasmitas. De repente, la chica se dio vuelta y se miraron a los ojos. Fue un momento demasiado fuerte e inesperado para el abogado que solo atinó a mostrar una pequeña sonrisa y huir. Ella en cambio devolvió una gran sonrisa mostrándole todos los dientes, como si le hubiese dado gracia que alguien estuviera ahí espiándola. Le pareció un sujeto muy interesante.

Francisco derretía jurados porque su oratoria era laberíntica y aduladora. Todos caían a sus pies. No había mujer en el Estudio que no se le hubiera insinuado, y no por ser el hijo de, sino por sus propios méritos, su porte, su talento, su belleza, su poder para encarar auditorios y salas repletas de personas sin mostrar debilidad. Pero nada de eso servía; la única chica con la que quería tener una conversación inocente era la de la tienda de comics... y estaba aterrado. Sentía bronca contra sí mismo. No podía sufrir tanto pánico escénico. La huida de la otra vez había sido un acto estúpido, y eso le jugaba en contra. Pero prefería seguir leyendo, buscando, estar más seguro y seguir esperando.

Adictiva serie de manga oriental
Francisco solo la veía dos veces por día, cuando llegaba a la oficina y cuando se iba. En esos cuatro segundos pensaba que tenía que lograr que ella lo mirara y coincidir con esa mirada y sonreírle. Pero era casi imposible. Casi siempre estaba leyendo algo y rara vez levantaba la vista. Una vez pasó, y ella llevaba una remera blanca con unas inscripciones en algún idioma extraño y el hombre estuvo una semana tratando de descifrarlas o encontrar a qué podían pertenecer. Pero no hubo caso. Él se había quedado en la época de Batman, Superman, de los clásicos, si es correcto llamarlos así. Ahora había tanto que estaba azorado, ni en un millón de años iba a poder conocer y consultar todas estas historietas. Empezó a ver una serie por Internet cuyo título lo había leído en uno de los costados de la vidriera: se llamaba Death Note; y al principio los dibujos orientales no le agradaban, pero tiempo después se familiarizó tanto con ellos que llegó a dibujar a todos los personajes en un anotador. Se compró unas tintas que pidió a Japón y en los descansos incursionaba en técnicas novedosas, al menos comparadas con aquellas a las que él estaba acostumbrado. Compró por poco dinero un lote de historietas diversas que alguien se quería sacar de encima y las leyó con verdadera fruición, reparando en los detalles no solo gráficos o que hacen a los dibujos, sino también a los datos del dibujante, el guionista, el traductor. Todo lo que podía hacer a su entendimiento cabal sobre un comic. Paralelamente su enamoramiento, al menos platónico, por la vendedora aumentaba, porque cada vez se sentía más cercano a ella.

El trabajo se empezó a poner cada vez más tedioso hasta el punto de olvidar citas, descuidar clientes de toda la vida y desestimar consejos paternos. Tenía ahorros para poder sobrevivir varios años sin siquiera trabajar. Podría cambiar su estilo de vida, mudarse a un departamento más pequeño (¿para qué quería tener cinco habitaciones?), cambiar el BMW por un coche más económico. No quería dejar de trabajar, pero los comics se convirtieron en la prioridad, y esto lo llevó a desear un trabajo menos demandante, donde le quedara una neurona al final del día y no para ahogar con whisky en un pub de Retiro, sino para poder dibujar hasta quedarse dormido.

El día que se sintió realmente seguro acerca de sus conocimientos en materia de historietas, le comentó a su padre la decisión de abandonar el Estudio. Para su sorpresa, a su padre no le llamó la atención para nada. Le dijo que hacía tiempo que lo veía disgustado y perdido en las “revistitas”. Agregó que, si bien su anhelo era que él continuara con todo, no podía obligarlo a quedarse. Francisco se sorprendió de la apertura mental de su padre... nunca había sido tan flexible. Pero, por mucho que le doliera al padre la elección de su hijo, sabía que trabajar en un lugar en el que no se encontrara bien podría representar un daño potencial para toda la firma. De hecho, el padre de Francisco ya se había adelantado y hacía algunos meses estaba entrevistando postulantes. Eso no se lo dijo para no herirlo. Insistió en que siempre tendría las puertas abiertas para cuando quisiera regresar, que nadie podría reemplazarlo.

Mafalda, feliz e inmortal
Francisco salió radiante, con una sensación indescriptible de libertad física, mental y social. En la puerta, se sacó la corbata y la tiró a la basura. No sabía qué le iba a deparar la vida, no estaba muy seguro de los caminos que iba a tomar y en esa incertidumbre radicaba todo su bienestar. Hay veces en la vida en las que hay que arriesgarse, sin importar qué puede pasar. Es mejor apostar la ficha y ganarle a la banca o perder todo, que volver a la casa con la ficha sin saber qué hubiese pasado si hubiéramos jugado. La vida es para los que se animan, tal como Francisco, los que se tiran de cabeza a una pileta de sueños sin tener siquiera flotadores. 

El germen de este nuevo estado había sido la casa de los comics y la chica de pelo fucsia. Para que todo terminara de cerrar o –mejor dicho– para que todo empezara a suceder de una vez, tenía que hablar con ella. Estuvo meses incursionando en la materia y sentía que no solo debía aprobar, sino también llevarse a la profesora. Estaba excitadísimo, sentía que flotaba, que podía comerse el mundo, pero ahora con el sabor que él quería. Sin pensar mucho más, entró al local. Cuando la vio, quedó sorprendido. Había teñido su pelo a un tono castaño, estaba elegantemente arreglada, vestía un traje azul, zapatos… Ella fue la primera que habló:

- ¿Vos trabajas acá al lado, no?
- Sí…
- Hoy tengo una entrevista en el Estudio de abogados y la verdad (dejó escapar una risita) estoy algo nerviosa. ¿Sabés si son muy exigentes? Yo estoy por recibirme y…

Francisco no respondía. Se quedó atónito. La realidad le dio una cachetada tremenda. Además la chica no dejaba de hablar, era insoportable. Como si no hubiese escuchado nada de lo que ella había dicho la interrumpió:

- ¿No vas a trabajar más en este lugar?
- Si me contratan ahí, no… la verdad es que odio este lugar. Está lleno de revistas para gente rara, infantil. ¿Podés creer que hay gente grande que compra estos muñecos horribles? Viene gente reloca que le hace culto a series japonesas de dibujitos ¡jaja!. Yo no entiendo nada...

El corazón de Francisco se rompió en mil partes. No podía culparla, quizás había puesto demasiadas expectativas en alguien que resultó ser distinta a lo que él pensaba, muy distinta, exactamente igual a las mujeres de la oficina. La chica sintió alivio al haber encontrado a un abogado con quien poder descargarse, alguien de traje, elegante, serio, maduro y seguro, con sus mismas ideas.

- Lo peor de todo fue que el dueño me pidió que me tiñera el pelo, que usara un estilo de ropa de vagabunda –¡qué denigrante!–, todo para dar una imagen “adecuada”. Menos mal que la ropa me la daba él, porque ¿quién puede usar esos disfraces patéticos? ¡Qué estupidez! ¡Lo que uno hace por un sueldo! Cuando tenga realmente mucho poder, voy a reventar a este miserable, le voy a sacar toda la guita y le voy hacer quemar toda esta basura. Quizá le haga un juicio en concepto de daño psicológico por todo lo que me tuve que bancar acá, jaja…

Francisco representaba un papel en su trabajo, ella también representaba un papel en el suyo. No había mucha vuelta que darle. Francisco tiró de un hilo muy fino esperando descubrir la esencia ultrajada de su vida, pero solo se encontró con una pared fría. Ese local y esa mujer habían cobrado un peso simbólico muy fuerte en su vida y se resistía a abandonar el objetivo al que lo habían conducido. Ahora se daba perfecta cuenta de que se había embarcado en un viaje arriesgado y que había apostado al casillero equivocado. Sin embargo, algo en su interior le daba la certeza de que estaba en el sendero correcto... Se daba cuenta de que aquella chica que él había imaginado como el estandarte de la libertad tan anhelada no lo era. Estaba seguro de que la verdadera libertad era otra cosa... exactamente lo que había hecho al sincerarse con su padre y librarse del mandato familiar. Dio media vuelta y la dejó hablando sola; sentía la urgente necesidad de despertar de ese mal sueño y de emprender su verdadero camino.

La chica miró la hora, se sentó (todavía faltaba una hora para la entrevista), siguió leyendo su libro de Derecho Tributario y pensó que Francisco era otro loco.
Logo de la extinta tienda

Corrección y modificaciones del final: Silvia. T