Música para flotar

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miércoles, 21 de enero de 2015

Despedidas S.A

Una despedida muy "emotiva"
La escena era conmovedora: casi una docena de personas despedían a Agustín en la Terminal de Ómnibus de Retiro. Prácticamente uno podía reconocer a sus padres, abrazados con dulzura y cierto brillo en los ojos; a sus hermanos, algo molestos y haciéndole gestos obscenos; a su novia, que le tiraba besos y con la mano le pedía que la llamara al llegar; a algunos amigos, algo indiferentes, hablando entre sí; y a la abuela, que completaba la escena hablándole a través del vidrio, como si Agustín pudiera entenderla letra por letra. 

El micro salía ya de la Terminal cuando me presenté y felicité a mi eventual compañero de viaje por su familia y sus afectos. Rara vez había presenciado una despedida tan emotiva y numerosa. En general, a mí nadie iba a despedirme, y esa situación –debo admitirlo- me generaba cierta desazón. Él respondió a mi saludo con cara de pocos amigos -ahí supe que se llamaba Agustín-, me agradeció con un gesto cortés pero algo antipático (distante, para ser más exacto) y se colocó prontamente unos auriculares rojos marca Sony en los oídos. Quedé algo perplejo por su frialdad, saqué de mi mochila la novela que llevaba y me enfrasqué en su lectura. Tenía varias horas de viaje por delante y ‘2666’, de Roberto Bolaño, tiene más de mil páginas.

Llegamos a destino según la hora prevista. Bajamos todos los pasajeros, con esa ansiedad tan propia de quienes han estado sentados demasiado tiempo. Luego de recoger mi equipaje, “Agustín” me entregó una tarjeta y se fue caminando bastante apurado. La guardé en un bolsillo, como un acto reflejo, y me dispuse a encontrar un taxi que me llevara al hotel donde debía dar esa serie de conferencias. 

Mientras el coche zigzagueaba por las calles del pueblo, me acordé de la tarjeta y la saqué. Era blanca, de un papel elegante, algo brilloso, y en el centro se leía “Despedidas S.A.” y abajo, un teléfono. A simple vista me pareció una estupidez, una cargada. En aquel momento, no relacioné para nada ese pedacito de cartulina con la despedida que había presenciado antes de comenzar el viaje. 

Una semana más tarde, cuando volví a casa en una noche de domingo, ya bastante aburrido de leer las conferencias digitalizadas del congreso en el que había participado, recordé la tarjeta. Llamé. 

– Si conoce cómo funciona la empresa, marque 1; si quiere hacer un reclamo, marque 2; si es la primera vez que llama, marque 3; para otras consultas, marque 4. 

Marqué el tres y una música algo pretenciosa entretuvo mi impaciencia, creo que era Wagner. Al cabo de unos segundos me atendió un ser humano.

– Bienvenido a Despedidas Sociedad Anónima, mi nombre es Juan Carlos, ¿con quién tengo el gusto de hablar?
Empleados de la empresa en pleno trabajo
Algo impresionado por escuchar toda esa presentación sin que el operador tomara un poco de aire, le dije mi nombre y prácticamente nada más. Entonces, Juan Carlos tomó la posta y se explayó contándome que la Compañía se encargaba de “armar” despedidas. 

– ¿Cómo armar despedidas?, le pregunté algo brusco. 

– Sí, señor. Por ejemplo, usted se siente solo o triste o no tiene a nadie que lo vaya a despedir antes de efectuar un viaje... bueno, nosotros ofrecemos un momento único, ponemos a su disposición una persona o las que quiera para que esa ocasión sea conmovedora y para que la gente a su alrededor compruebe lo popular y estimado que es. 

– Me parece aberrante el servicio que brindan, le chanté con toda crudeza. Pensé en “Agustín” y recién ahí entendí toda esa maravillosa, pero ficticia, ceremonia del adiós. Claro, era joven y, como todo joven, padecía inseguridades que tranquilamente podrían haberlo llevado a contratar este tipo de asistencia. 

– Con todo respeto, señor, esta empresa tiene una función social positiva que busca superar un momento que es, muchas veces, incómodo o insoportable para personas que no tienen afectos reales o no cuentan con nadie que los acompañe... 

– Como una prostituta, lo corté en tono irónico. Mi comentario no le agradó ni un poquito porque me contestó: 

– ¿Le gustaría contratar un servicio o desea que le aclare alguna otra duda? 

Claramente me quiso sacar de encima.

– Disculpe Juan Carlos, pero reconozca que es raro lo que proponen. Era evidente que él no podía mostrarse de acuerdo conmigo, en contra de los intereses de la empresa a la que representaba. Entonces, bajé la guardia y le dije que quería contratar un servicio. Suelo realizar varios viajes por mes y, más allá de toda frivolidad, me sentía algo curioso de ver cómo funcionaba. 

– Aguarde en línea, por favor.

Esperé. Me quería burlar un poco más de ellos. Otra vez la musiquita… Parecía pop prefabricado para adolescentes. Una jovencita con tonada colombiana interrumpió, por fin, la insoportable melodía. 

– Buenas tardes señor, mi nombre es Paula y mi compañero transfirió la llamada porque usted quiere contratar una despedida. ¡Enhorabuena! 

De inmediato, reflexioné: ¿quién dice “enhorabuena” en pleno siglo XXI? El “buenas tardes” había quedado tan lejos de todo lo que dijo después, que corresponder al saludo ya me parecía irrelevante. Más aún, considerando que eran cerca de las ocho de la noche y me había dicho “Buenas tardes”… ¿Quizá prueba de que la chica con acento colombiano estaba tercerizando la llamada, dado que su país tiene dos horas menos en relación a la hora argentina? Le dije que era correcto, que estaba interesado y que me gustaría conocer las opciones. 

– ¿Qué anda buscando? me preguntó maquinalmente. 

Yo no sabía qué responderle... Entonces, para ganar unos segundos, contesté con otra pregunta (pregunta que seguro estaba harta de escuchar): 

– ¿Qué es lo más pedido... en general?

 "Abuela" del catálogo de Despedidas S.A.
Sin denotar apuro alguno me contó, casi como una infidencia, que las despedidas más solicitadas incluyen una «novia» y habitualmente una «abuela», porque mucha gente nunca conoció a la suya o porque el recuerdo que tiene de ella la convierte en un «personaje insustituible». 

– Ah, personajes… Entonces, tal como me imaginé, ustedes son una especie de actores... 

– Somos profesionales en despedidas y nos adaptamos a los pedidos de cada uno, según sus preferencias. 

Inquirí por ellas y su pacientes explicaciones mantuvieron cierta cohesión, considerando lo extensas que eran. 

– Por ejemplo, si usted quiere contratar la despedida con «pareja», puede no solo elegir el aspecto de la persona (su edad, color de pelo, vestimenta, etc.), sino también agregar besos y abrazos, por un costo adicional. Una vez que las pautas han sido establecidas, designamos los candidatos que seleccionamos de nuestra base de profesionales, priorizando siempre las predilecciones del cliente y aplicando un criterio detallista y meticuloso para su satisfacción. Contamos con gente de variadas etnias para cubrir todas las eventualidades. 

Yo estaba asombrado por lo que escuchaba, todo parecía tan irreal… y, sin embargo, me sentía a la vez inmerso en cada potencial situación, como en una dimensión paralela pero posible. Sin duda, estaban preparados para persuadir a los escépticos. La chica continuó: 

– Cada rol tiene su precio, y la despedida empieza cuando usted lo desea: pueden acompañarlo desde su casa u hotel al aeropuerto o desde el lugar del que usted salga, para que la gente no lo vea llegar solo; pueden encontrarse en una confitería o directamente pueden aparecer a pocos minutos de la hora de la partida, simulando una involuntaria llegada tarde. 

Me quedé pensando en el “pueden aparecer”, como si pudieran aparecer por ósmosis o como si fueran robots programables. Era muy probable que gente incrédula como yo llamara a diario y, por eso, estaban bien aleccionados para enfrentarse con un amplísimo espectro de “consultas difíciles”. Me explicó que en caso de solicitar “familiares”, debía mandar algunas fotografías mías para que ellos pudieran buscar “profesionales adecuados que pudieran compartir rasgos genéticos conmigo”. Ya un poco cansada, me preguntó si tenía una idea de lo que quería encargar. Usó esa palabra, “encargar”, como si fuera una pizza a domicilio. Era todo bastante escalofriante. En caso de que estuviera decidido, ella me derivaría con el Departamento de Cobros para informarme de los valores. 

– Le recomiendo el full pack, me dijo, como si fuera una amiga alertándome sobre una oferta imperdible. Está constituido por diez personas e incluye: padre, madre, abuela o abuelo, novia, dos hermanos o hermanas o uno y uno, un tío o tía, y tres amigos o amigas. 

La soledad desespera a mucha gente
Era claramente lo que Agustín había contratado. Me dio pena todo este asunto. Me dio pena que existiera una empresa que se dedicara a esto. Me dio mucha más pena la gente que se siente tan sola que llega al punto de contratar esto... Yo era un hombre solitario, pero jamás creí necesario suplir con actores mi vacío eterno para sentirme por un rato querido, admirado, acompañado. A veces, la soledad es desesperante y uno trata de paliarla como sea. ¿Adónde hemos llegado? ¿Tanta necesidad de cariño tenemos?... 

Seis meses después estaba a punto de partir para Necochea, ciudad balnearia que, por razones familiares, me deprime hasta la médula. Pero me habían invitado con tanta insistencia durante los últimos años, que ya no sabía cómo negarme. Hasta me habían organizado una firma de libros en una librería céntrica. Sentí que como iba a hacer un viaje a un lugar tan poco placentero, debía regalarme algo... hacerme un mimo... para hacer más soportable todo. Bastante castigo era visitar la hermana no querida de la Costa Atlántica y encima, en invierno; hasta sentía escalofríos al recordar el viento helado cortándome la cara. 

En esas cavilaciones estaba, felicitándome al mismo tiempo por la decisión de haber contratado el servicio de Despedidas S.A., cuando de pronto apareció un hombre de contextura grandota como la mía, de pelo castaño tirando a colorado como el mío, y de rasgos extrañamente parecidos a los míos, que me dio un fuerte abrazo al grito de: “¡Hijo querido, que tengas buen viaje!” Me sentí casi asfixiado entre sus brazos, ya que la intensidad de su cariño, de su impostado cariño, era de temer. No sé cómo habían dado con alguien tan parecido a mí. Yo no sabía qué decir. Supuse entonces que había que seguirle el juego. Se separó medio metro de mí y me dijo con un tono en extremo elevado, para que lo escuchara la ciudad entera: 

– ¡Mira quién vino a despedirte y pidió el día en la oficina! 

Desde atrás de él –claro, era tan alto y ancho como un ropero, por lo que no podría haberla visto antes–, apareció una preciosa muchacha oriental que caminó hacia mí, me tendió los brazos y empezó a besarme por toda la cara. Si la hacía, la hacía bien, había pensando cuando hice el encargo. Su perfume era delicioso. Vestía un kimono rojo con dragones negros, lo que me pareció algo demasiado estereotipado… Pero quizás era yo el que miraba todo como un actor circunstancial, más pendiente de cómo sería recibida la pantomima por el accidental público que de mi propio papel en esa representación “confeccionada a pedido”. En ese instante, se anunció la partida del ómnibus de la empresa Plusmar y ellos dos, desde abajo, me saludaron con una emotividad muy honesta. ¡Eran realmente buenos en lo que hacían!, pensé. Ni siquiera habíamos bajado la rampa que bordea la estación de Retiro y la Villa 31, cuando una señora de unos sesenta años, sentada a mi lado, me preguntó: 
El micro parte a lo desconocido 

– Era su novia esa japonesita, ¿no? Lo felicito, muchacho. Y parece que se lleva a la perfección con su padre... 

Tuve la imagen de mi rostro cuando el color abandonaba mi semblante. Traté de disimularlo comportándome lo más cordial posible… y luego me di vuelta para intentar dormir unas horas. 


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Este relato es ficción hoy... pero ¿mañana?
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Editora general: Silvia T.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Relato Salvaje - La continuación real

Afiche promocional del film
Esta historia, de naturaleza feroz pero que no puede tildarse de irracional, me fue referida por una amiga que asistió al cine con su novio a ver la última película de Damián Szifrón: Relatos salvajes. El film, que contó con un aparato publicitario desmesurado, ya fue visto por más de 3.000.000 de espectadores desde su estreno. Presenta seis historias, independientes una de otra, donde sus protagonistas –personas comunes– terminan explotando por alguna situación en particular. Un ingeniero al que la grúa le levanta el auto injustamente, una mujer que se entera de la infidelidad de su pareja el día de la boda, una mesera que debe atender al hombre que provocó la ruina de su padre y su posterior suicidio, un conductor arrogante que debe pagar caro sus bravuconadas, etc. 

Yo asistí a verla seducido por la casi escandalosa publicidad y por la fiebre generalizada. La película me gustó, aunque no al punto de deslumbrarme. Pero no quiero dedicar este espacio para hablar de mis apreciaciones sobre ella o su trama, ni siquiera de las actuaciones. Solamente voy a dar a conocer algo que sucedió en un cine de zona sur (mi amiga me pidió que no diera muchos detalles, así que voy a respetar su deseo) durante la proyección de la película. 

Sala del cine vacía 

Laura (el nombre es de fantasía) y su pareja entraron a la sala y buscaron, ayudándose con la luz del celular, la fila 5, luego la butaca 1 y 3, respectivamente. Laura se sentó en esta última por cortesía de su novio, para que estuviera más centrada con respecto a la pantalla, mientras que él no vio con malos ojos la butaca pegada a la pared acolchonada que le permitía recostarse contra ella, tras un largo día de trabajo en la fábrica. A la derecha de Laura se sentó un hombre solo. “Respiraba con dificultad”, me dijo Laura. “¿Cómo con dificultad?”, quise saber yo. “Tomaba mucho aire como si se estuviera muriendo y luego lo largaba con bronca, con enojo. Se aclaraba la garganta cada dos minutos, como si tuviera un problema, como si le costara digerir algo”. A la derecha del espectador se ubicaron dos muchachos de no más de treinta años, claramente amigos. Hablaban sobre un compañero de la oficina a quien se le había muerto la mujer en un accidente. Detrás de Laura se sentó una mujer obesa con un balde de pochoclo realmente enorme. “De hecho –me comentó Laura–, ni sabía que los vendían de ese tamaño”. La mujer tenía proporciones tan grandes que, cuando llegó y se acomodó al sentarse, hizo saltar algunos pochoclos que fueron a parar a la cabeza del novio de Laura (“uno se le metió por la espalda lo que le generó un fastidio muy divertido”). Delante de la pareja se sentó otra pareja algo despareja. Él, 45 años, con aspecto de bancario aburrido, lucía una camisa escocesa, pantalón pinzado, lentes con aumento, y una calvicie incipiente. Ella era bastante menor y su vestimenta era ideal para un boliche: top oscuro con lentejuelas, calzas negras, un angosto cinturón dorado que le rodeaba su generosa cadera , y zapatos de taco. 

Es increíble lo poco en común que uno tiene con otras personas y, sin embargo, el cine es un evento social donde confluyen todas, donde lo único que une a un grupo de extraños es la película que van a ver. Antes y después de la proyección que compartirán serán extraños, y es muy posible que nunca en la vida vuelvan a verse. 

Lo mismo pasa con la magia del fútbol. Un gerente argentino de una multinacional, que trabaja en Japón, sigue los partidos de su cuadro todos los domingos por Internet y sufre y ama una camiseta, igual que un barrabrava de Sarandí que está metido en negocios de trata y tráfico de sustancias ilegales. El abismo entre ellos no existe cuando la pelota rueda. Sus ocupaciones, su cultura y su visión del mundo quedan reducidos a una pelota. Y ambos pueden gritar un gol abrazados, sin saber nada el uno del otro. Con el cine pasa algo parecido: una masa de gente va a ser partícipe de una experiencia colectiva donde necesariamente y sin meditar en ello, el comportamiento de una sola persona puede modificar y alterar el de otra o la de todos; la proximidad es un riesgo. 


La película comenzó. Laura abrió sus Sugus confitados y su novio abrió un alfajor Milka mousse (golosina rara para ir al cine, quizás por la brevedad que supone). El hombre sentado a la derecha de Laura empezó a temblar. Ella lo miró de reojo y lo vio comerse las uñas con desesperación. Daba sacudidas como cuando uno sueña que se cae. Intempestivamente, él la miró con los ojos tan grandes que ella tuvo que tragar saliva y prometerse mentalmente no desviar la atención de la pantalla. 

La primera historia de la película pone a un grupo de gente –que en apariencia no tiene relación alguna- viajando en un avión. A medida que se van conociendo, se dan cuenta de que todos participaron en algún momento de sus vidas -y de alguna extraña manera- de la destrucción moral de un joven: la novia que lo deja, el profesor que lo reprueba, el psiquiatra. El avión se sacude y todo da a entender que la venganza será terrible… 

Entrada de la función

Laura percibió que su compañero de la derecha lloraba sin reprimirse. Le apretó la mano a su novio para marcárselo, pero él no comprendió el gesto. Se sintió incomoda. Ella es una chica muy sensible y me imagino el momento tenso que habrá pasado. Pero faltaba más aún; cerca de la mitad de la proyección, alguien comenzó a roncar. Era tan fuerte el ruido que parecía amplificado o parte de una broma de televisión. Debía ser una persona que había concurrido sola porque, en caso de estar acompañada, uno espera que la decencia del despierto regularice la situación del dormido. Pero nada... Empezaron a chistar, que es un acto medio cobarde pero que, al menos, representa la irritación de la mayoría. El dormido no se daba por aludido. Algunos rumores se alzaron para que los chistidos se acabaran, como si ya se hubiesen naturalizado los ronquidos. En pocos segundos, era un griterío infernal entre los que pedían silencio, los que chistaban en respuesta a ellos, los que pedían que la persona que roncaba dejara de hacerlo y los que exigían con chistidos que el silencio volviese a reinar en la sala. En un momento de esa batahola, sonó un celular que sin medir consecuencias una señora mayor atendió: “No, Gastón, todavía no pasó la parte en la que Darín explota el coche”... No acabó de terminar la desafortunada frase porque recibió medio vaso de gaseosa en la cara, por su indiscreción. El líquido salpicó las piernas de un nene que se puso a llorar. La madre, en defensa del niño y sumamente estresada, arrojó la fuente vacía de nachos con queso que había comido impactando contra un señor pelado que nada tenía que ver. El contexto empeoraba a cada minuto y los empleados del cine lo advirtieron: las luces se encendieron y la película se detuvo. Algunos se pararon para pedir calma. El misterioso hombre sentado al lado de Laura reía, “no dejaba de reír”, como si todo fuera obra suya. Gente de seguridad acudió a la sala y bruscamente iluminaron con sus linternas a los más encolerizados, aunque las luces ya estaban encendidas. Luego de algunos minutos y de un implícito pacto de paz flotando en un escenario de frágil tensión, las luces se apagaron y la película continuó.


Ya debía faltar poco para que terminara. Laura había leído que la historia de la actriz Érica Rivas era la última, la del desengaño amoroso. Fuera de lo incidentes mencionados, todo parecía encaminarse de la mejor manera. Pero todo iba a complicarse de nuevo: cada vez que en escena el personaje de la novia increpaba a su marido, la mujer de los pochoclos festejaba, vitoreaba enérgica como una ferviente defensora de los derechos de la mujer o como alguien que vivió en carne propia ese funesto momento. Las expresiones salían de su boca con aire revanchista, como si mental y simbólicamente se estuviera vengando de un pasado doloroso. “Tomá, hijo de puta.” “Tomá.” “¿Y ahora que vas a hacer?” “¿Viste, viste malparido?”. Las frases se repetían y el volumen iba in crescendo. La tormenta se avecinaba. Era inminente. Otra vez algunos chistidos… pero lo más impresionante fue lo que ocurrió a continuación. El bancario aburrido que estaba acompañado, sentado delante de Laura y su novio, se paró violentamente buscando a la mujer que profería esos comentarios fuera de lugar. “¿Podés callarte, que queremos ver la película?”, le dijo casi sin saber a quién se dirigía. Seguro que si sabía lo que le esperaba, el futuro pelado no hubiese hecho el menor comentario. La mujer gorda le contestó: “Jorge, ¿sos vos?...” “¡Y estás con esa puta de Milena!”. Creo que más allá de que el costo de la entrada es muy elevado, la película quedó automáticamente en segundo plano. El aire podía cortarse. Esto era algo mucho más jugoso… y más real. 

“Jorge” se quedó aturdido, como si Mayweather le hubiese lanzado un gancho a la mandíbula. El hombre no contestaba. La mujer gorda lo insultaba a él y a ella. De repente, lo inesperado: “Jorge, que seguía parado, en un inesperado y ágil movimiento se arrojó sobre la obesa, y con un elemento filoso que tenía en la mano (luego se supo que era una pequeña tijerita de mano que siempre llevaba al cine para cortar los paquetitos de papas) le provocó un profundo corte en la garganta. Los ojos de la mujer se abrieron y un chorro de sangre, al estilo Kill Bill, brotó de una humanidad que se desinflaba irremediablemente contra su asiento. El novio de Laura, a quien yo conozco y que es un chico muy impresionable, recibió un gran caudal de sangre sobre él y empezó a vomitar. El cine entero gritaba y muchas personas salieron corriendo. “No sabía qué hacer, imaginate el escenario: yo asistiendo a mi novio, viendo la cara de descolocado del tipo ese de la tijerita lleno de sangre, la gente que gritaba, la película que seguía como si nada”, me contaba Laura con su expresión transfigurada al recordar la situación… 

Fachada del Cinemark donde ocurrió el suceso
Yo no puedo creer cómo nada de esto haya salido en televisión, en las noticias o, al menos, en alguna página web. Me cuesta pensar que ninguno de los presentes haya inmortalizado el suceso con un celular, atiné a decirle a Laura. Ella me frenó con la mano, mientras con la otra me pasaba el tercer té de la tarde; en esta ocasión, de frutos del bosque. 

Mientras le ponía azúcar a su mate, Laura me explicó: “Directivos de la productora de la película se hicieron presentes casi tan pronto como la policía, que se llevó detenido al asesino sin ningún tipo de resistencia. Todos los espectadores que asistimos a esa función fuimos conducidos –uno no podía negarse– a una sala bastante oculta en uno de los tantos pisos del complejo de Cines y convidados con café, té o bebida. Un hombre petiso, de pelo canoso y traje muy elegante, nos habló acerca de las consecuencias funestas que podría ocasionarle comercialmente a la película si lo que había pasado llegaba a salir a la luz. Hubo un murmullo de incertidumbre y confusión. Para hacértela corta, dejamos que revisaran todos los teléfonos y borraran los archivos que tuvieran que ver con el caso, firmamos algo así como un ‘pacto de silencio’, y nos pagaron a cada uno cerca de $5000. No está mal, ¿no?”. 

Revisé mis apuntes y me aseguré de que no me faltara nada. Luego me despedí de mi amiga y me fui a casa. En el colectivo, un pasajero discutió con el chofer porque este casi lo corta en dos pedazos al apresurarse a cerrar la puerta. Un par de cuadras antes de bajar, dos chicos le pegaban a uno tendido en la vereda, en las inmediaciones de un boliche de cumbia. Un poco más alejado, otro dormía, totalmente borracho, sentado en el piso y reclinado contra una pared, mientras dos chicas le revisaban los bolsillos… En todos lados y en todo momento, uno puede pasar de víctima a victimario. Nadie parece salvarse de esta red violenta, de esta cárcel sin puertas que es la sociedad actual. No es el país, no es la inseguridad, no es el momento histórico, no es la falta de tolerancia ni la discriminación, quizás –y por desgracia– sea simplemente el hombre.


CORRECCIÓN, MISS GRAMATICA: SILVIA T.

viernes, 27 de junio de 2014

Miss Flor

Una postal desde el 132
La semana pasada viajaba sentado en un colectivo de la línea 132, absorto en la lectura de un libro de César Aira y escuchando música, cuando una persona se paró a mi lado y se agarró del pasamanos del asiento de adelante. Mi reacción inmediata fue mirarla, por un inevitable instinto de curiosidad y porque su altura había tapado bruscamente la luz que daba sobre mi libro. Era una mujer madura, de tez trigueña, con algunas pecas que manchaban dulcemente sus mejillas, labios finitos que delineaban una boca grande, larga mejor dicho, cabello castaño lacio y un mechón que le caía juvenilmente por la cara tapándole parcialmente el ojo izquierdo. Su nariz era fina y puntiaguda y sus ojos eran enormes y hermosos, casi que se podía nadar en ellos. Sus pestañas parecían capaces de acariciarte debido a la longitud que tenían. Tenía rubor en la cara y llevaba los ojos delineados sutilmente. No usaba rouge y sus labios se veían un poco descuidados. Vestía ropa de trabajo, pero no llegaba a ser formal: camisa color crema con las mangas semiarremangadas, pantalón pinzado escocés, zapatos de un tono oscuro que combinaban con una cartera un poco grande para su contextura; alta, pero muy delgada. En la mano libre cargaba una bolsa blanca con el nombre de una conocida cadena de librerías, en la que parecía llevar exámenes. Volví a retomar la atención en la novela pero algo en mí se encendió cuando recordé quién era…
Cuando yo cursaba la escuela primaria, no recuerdo con exactitud mi edad, pero habrá sido entre mis 10 y 13 años, tuve como profesora de Inglés a una chica muy joven llamada Florencia, o “Miss Flor.” Los amores de un niño son muchos y frecuentes, pero en cualquier caso son intensos y yo me había enamorado perdidamente de ella.                                                                                          Por supuesto que cuando uno recuerda desde la adultez las cosas se desvirtúan inevitablemente y la nostalgia solo sirve para matizar una situación que se justificaba en un anhelo tanto platónico como inverosímil; pero en ese momento, cuando ya se empieza a dejar de ser un niño, todo lo que sucede es puro realismo, porque no existe otra verdad posible, y no hay noción de nada más allá de lo que vivimos.                                              
Yo de "negrito" abrazando a mi tío y abuelo
En el acto de fin de año, actué de "negrito" y tuve que entonar una canción junto a un grupo de compañeritos cuyos rostros también habían pasado por el corcho quemado. Miss Flor nos coordinaba y yo le pedí encarecidamente a mi papá que la filmara solo a ella, que durante la interpretación se olvidara de mí y  se focalizara exclusivamente en su figura. Era chico, pero tuve una noción evidente de que la perdería, de que esa circunstancia era nuestro último momento juntos en la vida y pensaba que posiblemente una cámara lograra la ilusión de poder quedarme con un poquito de ella, al menos con su imagen. Por suerte, por amor a mí o porque papá es papá –con todo lo que eso implica–, siguió al pie de la letra mis anhelos y la figura de Miss Flor (ubicada de espalda a los padres, de frente a nosotros), ocupó gran parte de la filmación para enojo considerable de mamá que no lo podía creer cuando nos juntamos alrededor de la televisión, y vimos como el zoom se acercaba y se alejaba de esa estrecha figura. Yo era el único que no podía culparlo por su enorme gesto, ¿acaso alguien podía resistirse a la belleza de mi maestra de Inglés? En absoluto. Sentirse tentado por ella era casi un principio básico, una verdad absoluta. Además, ella era dulce, amable y, de alguna manera, simétrica, sensual y maternal al mismo tiempo.                                                                  El año lectivo terminó, pasé de grado y Miss Flor quedó algo olvidada y relegada seguramente por una nueva profesora de cualquier otra materia, aunque a decir verdad nunca tuve profesoras lindas de Matemática, Ciencias Naturales o Química (mi colegio primario no era mixto y casi no conocí chicas, fuera de mi prima y la hermanita menor de mi compañero Juan Pablo). Yo la seguía viendo por los pasillos pero ya no era lo mismo. Me habré enamorado muchas veces más, pero ninguna maestra me generó tanta adrenalina y entusiasmo; y a pesar del tiempo vivido, no recuerdo la cara de ninguna otra  profesora ni otro nombre que el de Florencia, Flor, Miss Flor, mi maestra de Inglés del colegio. 
Mi promoción y destacada, mi cara de payaso

Cuando volví a alzar la mirada –sin dudas era ella–, comprobé que el tiempo la había castigado levemente al costado de los ojos donde se vislumbraban los años transcurridos, su cuello presentaba arrugas indisimulables que intentaban pasar desapercibidas con una chalina, y parecía algo cansada. Sin embargo, el paso del tiempo no había podido con su belleza, aunque para mi decepción, no la vi tan hermosa como la recordaba. La contradicción me desconcertaba, la veía tan parecida a la que recordaba y a la vez tan distinta a la que había sido... ¿Pero la estaba asimilando tal como se me presentaba ante los ojos o la encontraba como me hubiese gustado verla? No podía determinar lo que había cambiado. A pesar del tiempo, que suele ser una variable algo caprichosa para considerar, no lograba darme cuenta. Finalmente lo entendí: ¡ya está!, me dije. Descubrí que el que había cambiado más era yo mismo. La idealización que alguna vez supe construir de ella se había terminado, ya no encarnaba a esa mujer-ángel-profesora-madre ni ocupaba más ese pedestal donde alguna vez la había colocado; ahora solo era una mujer terrenal aún bonita, pero avejentada, que viajaba en un colectivo. Su juventud pertenecía al pasado, pero cómo no habría de serlo, ¡si mi propia juventud acaso estaba terminando! Los años me quitaron la inocencia y si antes ella simbolizaba una Eva de pizarrón, ahora no significaba para mí más que una mujer como cualquier otra. El tiempo, siempre tirano, nos había emparejado socialmente de alguna manera: antes fue mi maestra, ahora yo soy Licenciado en Letras.  Había un abismo entre nosotros. ¿Se pondría contenta al saber que me había dedicado a dar clases? En un segundo pensé en todo lo que había pasado luego de ella y ¡uff!, resultaba imposible recordarlo en tan poco tiempo. Tantos cambios, tanto crecimiento, tantas mujeres, ¿por qué no?… (¿Por qué será que con el paso del tiempo uno se vuelve más exquisito con la elección de las chicas? Será porque antes uno era chico y no tenía ni experiencia, ni margen de comparación ni posibilidad de elegir: lo que se daba estaba perfecto). Posiblemente ahora, si no la conociera de antes, no hubiese logrado cautivarme.
 
El "negrito" se licencia años más tarde
Sentí deseos de hablarle pero, a la vez, creí que naturalmente no iba a recordarme, (los profesores desconocen lo mucho que pueden marcar a alguien, y sé que en el futuro me sucederá; me encontraré con alguien que me diga con mucho entusiasmo que mis clases o la vez que hablé del Quijote influyeron en él o lo llevaron a estudiar Letras; aunque, con que me diga que me recuerda como una buena persona estoy hecho). Y si hubiese tenido que trabajar su memoria en un colectivo, no me iba a sentir cómodo. Por el contrario, se me ocurrió que la iba a hacer sentir vieja, y no quería eso. Miré su mano y advertí un anillo de casada, no recordaba haberlo registrado antes. ¿Qué importaba ese detalle en todo caso? Seguro tendría hijos un poco más chicos que yo. ¿Qué le podía decir?: “Fui alumno tuyo de 4º o 5º grado y ¿estuve enamorado de vos?”. Me sentí tonto. Tonto pero chiquito, volví a ser su alumno, volví a ser el negrito de aquella obra. Seguía sentado en ese asiento, pero tuve la sensación de haberme empequeñecido: sentí que todo mi cuerpo tomaba dimensiones de pigmeo. Me convencí de que era mejor dejar las cosas como estaban, porque a veces tienen que seguir su rumbo sin que hagamos el más mínimo esfuerzo para modificarlas. Quizá, si le hablaba, ella podía mirarme como a un loco y dejarme irremediablemente desconcertado. En cambio, si dejaba prevalecer el misterio  forjando un pacto silencioso, eso nos permitiría a ambos bajar de ese colectivo en paz. Prefería tenerla en mi memoria por todo lo que recordaba de ella y no iniciar una nueva y absurda página de un libro que ya hacía rato no tenía hojas o que nunca las había tenido.                                                              Levanté la cabeza y la volví a mirar justo cuando enfiló hacia la puerta trasera. Se bajaba del colectivo. Quedé muy impresionado. Quise verla caminar, reconstruir aun más ese rompecabezas y me estiré por sobre el pasajero de mi derecha pero se fue hacia el lado contrario, donde mi vista ya no pudo alcanzarla. Alguna vez yo dejé su vida, no obstante solo fui un alumno más, pero ahora era ella la que dejaba la mía; y estaba bien que así fuera: muchos negritos aguardaban seguir enamorándose de Miss Flor. 
Un asiento vacío, toda una metáfora
CORRECCIÓN, EDICIÓN, PULIDO Y TANTAS OTRAS TAREAS: SILVIA T.

martes, 6 de mayo de 2014

Camelot (un cuento de desamor)

Fachada del local ubicado -hace años-
en Corrientes, casi Uruguay (Q.E.P.D)
La chica que le gustaba trabajaba en el local de comics ubicado al lado del edificio donde él tenía su oficina. No sabía nada de ella, pero amaba la extravagancia de su vestimenta,su actitud despojada frente a la vida, siempre apoyada en los codos sobre el mostrador leyendo alguna 
cosa, masticando chicles, como si el tiempo fuera un invento de Dalí. Le gustaba la imagen que proyectaba, una imagen completamente ajena a la suya y a la de las mujeres que solía conocer en los cócteles. 

Él se sentía un adinerado aburrido atrapado en un tiempo y en un lugar que no le correspondían. Le gustaba verse con el traje, pero no dejaba de verse como un disfrazado tratando de encajar todo el tiempo con el target pedido. Pero lo que más le gustaba de ella era la imagen de libertad que transmitía. Su pelo fucsia enrulado parecía no ser realmente consciente del mundo espantosamente normativo y prejuicioso que giraba afuera. El mundo que él encarnaba.

Francisco era abogado. Su padre era abogado. Su abuelo era abogado. Su inclinación por el Derecho fue prácticamente decidida desde la cuna, porque el Estudio de la familia era el más importante de la ciudad y era inconcebible que se malograra. “Pensalo bien Paco, ya tenemos un nombre, una clientela prestigiosa, una trayectoria, y vos podrías continuar el sueño de tu abuelo y el mío. ¿Para qué arriesgarse con otras carreras poco solventes?”, le dijo el padre –palabras más, palabras menos– en varios momentos a lo largo de su vida.

El abogado de las "personas
importantes" de Los Simpsons
 
Francisco quería ser dibujante y si bien era un profesional excepcional (no había perdido un solo juicio), estaba aburrido de las leyes, de los magistrados, de Tribunales y de la complacencia de todos cuando lo escuchaban hablar. 

Cuando un local de historietas se instaló justo al lado de su oficina sintió que el destino lo estaba provocando, que lo estaba llamando cobarde: acá está tu lugar y no allá. Tardó meses antes de frenarse en la vidriera y quedarse enamorado de todas esas tapas, de esos personajes tan fantasiosos como necesarios. También había muñecos de todo tipo, algunos sumamente realistas con detalles imperceptibles y otros de diversas publicaciones o de algunas películas. Se quedó pasmado, soñaba con ver su nombre en alguna de esas tapas, así no fuera más que un fanzine de cuatro páginas. Era un niño frente a una juguetería, un niño enfrentando su deseo primario. Todo en esa vidriera lo miraba también con nostalgia, con la sospecha de haber perdido a un creador nato, un apasionado de verdad, no un dibujante que trabaja por encargo.

Pero había algo que le gustaba más que los comics, a pesar de no saber nada de ellos, y eran las mujeres. No fue extraño que se enamorara de la vendedora del local, la figura visible y humana de ese lugar. Proyectaba toda esa necesidad artística que arrastraba a lo largo de su vida en una chica que ni siquiera sabía que él existía pero que, solo por estar allí sentada, ya tenía una gran dosis de importancia. El sueldo no tendría punto de comparación, es verdad, pero estar rodeado de ese mundo mágico y en los ratos libres elaborar bocetos no para que lo contratara una empresa norteamericana y vender su talento a cambio de billetes, sino para estar a gusto consigo mismo... eso no tendría precio. Dibujar un hechicero porque este le pide que le dé realidad, no porque haya una finalidad. Francisco no podía abandonar el estilo de vida al que estaba acostumbrado y recostarse sobre el césped en Plaza Francia a dibujar mariposas, tan hippie no era. Pero desde que ese local estaba allí, el sentido de su vida –lo que era, lo que representaba– empezó a hacerle ruido.

La chica de la tienda tenía el pelo de este color
Una noche pensó en ella casi hasta quedarse dormido y al día siguiente decidió entrar al local y hablar con ella. Pero se frenó al verse tan burgués, tan ajeno a ese ámbito y a ella. Al menos, tenía que tener una vaga idea de historietas, dibujantes, series y personajes, y era algo que desconocía completamente. Francisco disfrutaba haciendo dibujos en su agenda como un amateur, pero nunca había ido a una exposición de comics. Tampoco se le hubiese ocurrido, por ser un evento tan ajeno a sus corbatas, a su estructura. Nunca se propuso investigar, ni siquiera por Internet. Pero esta empezó siendo la solución. Se propuso obtener un bagaje general para poder tener una conversación fluida con aquella chica de pelo fucsia y lograr que fuera verdad, porque atrás de ese traje, él era un dibujante, un artista. Hasta pensó que podía llevarle algunos dibujos y pedirle su opinión, pero eso era mejor dejarlo para una segunda instancia. El vértigo de tener algo con ella lo estimulaba. Su familia no podría entenderlo, pero él debía de algún modo reunir en una sola persona algo parecido a lo que siempre había querido. Las mujeres de su oficina eran hermosas, pero también aburridas chicas materialistas, tal como él se consideraba; vestían trajes impecables, peinados súper cuidados, zapatos de taco, y perfumes como para hacer una orgía olfativa. En cambio, la chica de los comics usaba remeras superpuestas, jeans o pantalones de colores, zapatillas y todo tipo de bijouterie en las muñecas y en el cuello, colgantes con muñequitos, símbolos chinos y otros. Francisco envidiaba su comodidad y no podía creer que la ropa de trabajo que ella usaba era como su ropa de un sábado a la tarde.

Una mañana pasó y la chica estaba acomodando unos peluches feos de un solo ojo. Francisco se quedó quieto mirando la escena. Nunca la había visto tan de cerca. Era todavía más linda de lo que creía. Su rostro era fresco y descansado, no conocía las arrugas que nacen de las preocupaciones, de los juicios, de los debates; ella solo acomodaba muñecos en un estante. Sus uñas estaban pintadas de todos los colores llenando de alegría el mundo, mientras que el traje de Francisco, de color gris topo, intentaba aplacarla. Pudo vislumbrar una bombacha minúscula con dibujos de fantasmitas. De repente, la chica se dio vuelta y se miraron a los ojos. Fue un momento demasiado fuerte e inesperado para el abogado que solo atinó a mostrar una pequeña sonrisa y huir. Ella en cambio devolvió una gran sonrisa mostrándole todos los dientes, como si le hubiese dado gracia que alguien estuviera ahí espiándola. Le pareció un sujeto muy interesante.

Francisco derretía jurados porque su oratoria era laberíntica y aduladora. Todos caían a sus pies. No había mujer en el Estudio que no se le hubiera insinuado, y no por ser el hijo de, sino por sus propios méritos, su porte, su talento, su belleza, su poder para encarar auditorios y salas repletas de personas sin mostrar debilidad. Pero nada de eso servía; la única chica con la que quería tener una conversación inocente era la de la tienda de comics... y estaba aterrado. Sentía bronca contra sí mismo. No podía sufrir tanto pánico escénico. La huida de la otra vez había sido un acto estúpido, y eso le jugaba en contra. Pero prefería seguir leyendo, buscando, estar más seguro y seguir esperando.

Adictiva serie de manga oriental
Francisco solo la veía dos veces por día, cuando llegaba a la oficina y cuando se iba. En esos cuatro segundos pensaba que tenía que lograr que ella lo mirara y coincidir con esa mirada y sonreírle. Pero era casi imposible. Casi siempre estaba leyendo algo y rara vez levantaba la vista. Una vez pasó, y ella llevaba una remera blanca con unas inscripciones en algún idioma extraño y el hombre estuvo una semana tratando de descifrarlas o encontrar a qué podían pertenecer. Pero no hubo caso. Él se había quedado en la época de Batman, Superman, de los clásicos, si es correcto llamarlos así. Ahora había tanto que estaba azorado, ni en un millón de años iba a poder conocer y consultar todas estas historietas. Empezó a ver una serie por Internet cuyo título lo había leído en uno de los costados de la vidriera: se llamaba Death Note; y al principio los dibujos orientales no le agradaban, pero tiempo después se familiarizó tanto con ellos que llegó a dibujar a todos los personajes en un anotador. Se compró unas tintas que pidió a Japón y en los descansos incursionaba en técnicas novedosas, al menos comparadas con aquellas a las que él estaba acostumbrado. Compró por poco dinero un lote de historietas diversas que alguien se quería sacar de encima y las leyó con verdadera fruición, reparando en los detalles no solo gráficos o que hacen a los dibujos, sino también a los datos del dibujante, el guionista, el traductor. Todo lo que podía hacer a su entendimiento cabal sobre un comic. Paralelamente su enamoramiento, al menos platónico, por la vendedora aumentaba, porque cada vez se sentía más cercano a ella.

El trabajo se empezó a poner cada vez más tedioso hasta el punto de olvidar citas, descuidar clientes de toda la vida y desestimar consejos paternos. Tenía ahorros para poder sobrevivir varios años sin siquiera trabajar. Podría cambiar su estilo de vida, mudarse a un departamento más pequeño (¿para qué quería tener cinco habitaciones?), cambiar el BMW por un coche más económico. No quería dejar de trabajar, pero los comics se convirtieron en la prioridad, y esto lo llevó a desear un trabajo menos demandante, donde le quedara una neurona al final del día y no para ahogar con whisky en un pub de Retiro, sino para poder dibujar hasta quedarse dormido.

El día que se sintió realmente seguro acerca de sus conocimientos en materia de historietas, le comentó a su padre la decisión de abandonar el Estudio. Para su sorpresa, a su padre no le llamó la atención para nada. Le dijo que hacía tiempo que lo veía disgustado y perdido en las “revistitas”. Agregó que, si bien su anhelo era que él continuara con todo, no podía obligarlo a quedarse. Francisco se sorprendió de la apertura mental de su padre... nunca había sido tan flexible. Pero, por mucho que le doliera al padre la elección de su hijo, sabía que trabajar en un lugar en el que no se encontrara bien podría representar un daño potencial para toda la firma. De hecho, el padre de Francisco ya se había adelantado y hacía algunos meses estaba entrevistando postulantes. Eso no se lo dijo para no herirlo. Insistió en que siempre tendría las puertas abiertas para cuando quisiera regresar, que nadie podría reemplazarlo.

Mafalda, feliz e inmortal
Francisco salió radiante, con una sensación indescriptible de libertad física, mental y social. En la puerta, se sacó la corbata y la tiró a la basura. No sabía qué le iba a deparar la vida, no estaba muy seguro de los caminos que iba a tomar y en esa incertidumbre radicaba todo su bienestar. Hay veces en la vida en las que hay que arriesgarse, sin importar qué puede pasar. Es mejor apostar la ficha y ganarle a la banca o perder todo, que volver a la casa con la ficha sin saber qué hubiese pasado si hubiéramos jugado. La vida es para los que se animan, tal como Francisco, los que se tiran de cabeza a una pileta de sueños sin tener siquiera flotadores. 

El germen de este nuevo estado había sido la casa de los comics y la chica de pelo fucsia. Para que todo terminara de cerrar o –mejor dicho– para que todo empezara a suceder de una vez, tenía que hablar con ella. Estuvo meses incursionando en la materia y sentía que no solo debía aprobar, sino también llevarse a la profesora. Estaba excitadísimo, sentía que flotaba, que podía comerse el mundo, pero ahora con el sabor que él quería. Sin pensar mucho más, entró al local. Cuando la vio, quedó sorprendido. Había teñido su pelo a un tono castaño, estaba elegantemente arreglada, vestía un traje azul, zapatos… Ella fue la primera que habló:

- ¿Vos trabajas acá al lado, no?
- Sí…
- Hoy tengo una entrevista en el Estudio de abogados y la verdad (dejó escapar una risita) estoy algo nerviosa. ¿Sabés si son muy exigentes? Yo estoy por recibirme y…

Francisco no respondía. Se quedó atónito. La realidad le dio una cachetada tremenda. Además la chica no dejaba de hablar, era insoportable. Como si no hubiese escuchado nada de lo que ella había dicho la interrumpió:

- ¿No vas a trabajar más en este lugar?
- Si me contratan ahí, no… la verdad es que odio este lugar. Está lleno de revistas para gente rara, infantil. ¿Podés creer que hay gente grande que compra estos muñecos horribles? Viene gente reloca que le hace culto a series japonesas de dibujitos ¡jaja!. Yo no entiendo nada...

El corazón de Francisco se rompió en mil partes. No podía culparla, quizás había puesto demasiadas expectativas en alguien que resultó ser distinta a lo que él pensaba, muy distinta, exactamente igual a las mujeres de la oficina. La chica sintió alivio al haber encontrado a un abogado con quien poder descargarse, alguien de traje, elegante, serio, maduro y seguro, con sus mismas ideas.

- Lo peor de todo fue que el dueño me pidió que me tiñera el pelo, que usara un estilo de ropa de vagabunda –¡qué denigrante!–, todo para dar una imagen “adecuada”. Menos mal que la ropa me la daba él, porque ¿quién puede usar esos disfraces patéticos? ¡Qué estupidez! ¡Lo que uno hace por un sueldo! Cuando tenga realmente mucho poder, voy a reventar a este miserable, le voy a sacar toda la guita y le voy hacer quemar toda esta basura. Quizá le haga un juicio en concepto de daño psicológico por todo lo que me tuve que bancar acá, jaja…

Francisco representaba un papel en su trabajo, ella también representaba un papel en el suyo. No había mucha vuelta que darle. Francisco tiró de un hilo muy fino esperando descubrir la esencia ultrajada de su vida, pero solo se encontró con una pared fría. Ese local y esa mujer habían cobrado un peso simbólico muy fuerte en su vida y se resistía a abandonar el objetivo al que lo habían conducido. Ahora se daba perfecta cuenta de que se había embarcado en un viaje arriesgado y que había apostado al casillero equivocado. Sin embargo, algo en su interior le daba la certeza de que estaba en el sendero correcto... Se daba cuenta de que aquella chica que él había imaginado como el estandarte de la libertad tan anhelada no lo era. Estaba seguro de que la verdadera libertad era otra cosa... exactamente lo que había hecho al sincerarse con su padre y librarse del mandato familiar. Dio media vuelta y la dejó hablando sola; sentía la urgente necesidad de despertar de ese mal sueño y de emprender su verdadero camino.

La chica miró la hora, se sentó (todavía faltaba una hora para la entrevista), siguió leyendo su libro de Derecho Tributario y pensó que Francisco era otro loco.
Logo de la extinta tienda

Corrección y modificaciones del final: Silvia. T

lunes, 13 de enero de 2014

Av. Córdoba y Reconquista

Una esquina para enamorarse...y sufrir
     En un rato, Nicolás y Carla se encontrarán en la esquina de Reconquista y Córdoba. La expectativa es inmensa y cada uno, desde su naturaleza, fantasea con el encuentro, con lo que pasará, con las cosas que se dirán. Son cazadores y viven la vida con intensidad, y por eso no les preocupa el nivel de juego del encuentro. Ellos no pierden. De cualquier forma van a sacar los dientes porque así son, ya sea para amar o para matar. 
     Él ronda la zona con más de media hora de anticipación y se advierte algo nervioso. El calor y las horas en la calle lo han convertido en una persona de aspecto deplorable: transpirado, con el pelo revuelto, la chomba arrugada. Nicolás tiene novia pero no puede meditar sobre eso ahora, solo piensa en los ojos de Carla, en su acento, en su figura, en todo el torbellino que le provoca cuando baila en su cabeza. Ella transita momentos difíciles en la oficina, trata de guardar una compostura ejecutiva y profesional, pero en el fondo piensa en que en un ratito volverá a ver a Nicolás, su viejo compañero de la facultad que por esas obras del destino o por mera casualidad o causalidad, fue a presentarse en su trabajo buscando información para realizar un viaje al destino del que Carla es oriunda y representa a través de la embajada. 
     Les sacude el pecho recordar el final del primer encuentro, del primero luego de los diez años, donde el escuchar el nombre del otro detonó un viaje introspectivo en cada uno. Ese día despertaron con la sensación familiar de que sería una jornada normal. Hasta mitad de la tarde no parecía que fuera a suceder cosa alguna, pero sus destinos ya estaban escritos o sus libertades consumadas.
12 de junio

El día del encuentro, Nico no quiso llegar con las manos vacías y entró a un kiosco a comprarle a Carla una golosina, alguna cosita dulce.Nunca trámite tan trivial significó tanta complejidad. Los productos, más allá de ser puros dulces, guardaban secretamente una connotación. No era lo mismo regalar un Dos corazones que un incómodo paquete de pochoclos. El fastidio del vendedor y el apuro de otro comprador lo llevó a elegir un bocadito Tita, una pequeña galleta recubierta de chocolate que a su entender cumplía decentemente con la intención de presentarse con algo y sorprenderla. 
Cruzó avenida Córdoba y tras un pequeño rodeo, decidió esperarla parado arriba de uno de los escalones de una puerta secundaria del hotel de la esquina. En su cabeza la recordaba alta, incluso más que él y se acomplejaba ante esta imprevisibilidad. Debía pararse derecho y no jorobarse. 
Ella se miró al espejo del baño de su oficina, la hora se acercaba. Estaba segura, como solía estarlo, y se veía preciosa, despampanante. Se perfumó el cuello, las manos y el pecho. Haciendo uso de su hora de almuerzo, bajó en un ascensor destartalado, saludó al portero y salió al encuentro de Nicolás. Su respiración estaba agitada, tenía maripositas en la panza. La incertidumbre era protagonista…

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La misma rosa el 12 de diciembre
     Entre las cervezas que tomaron esa tarde y terminar con las vidas deshechas, casi nueve meses después, hay un abismo de tiempo, de intensidad, de sueños y decepciones que es imposible evaluar. Así como no se puede entender el amor que una persona puede sentir cuando mira a otra a los ojos, menos se puede entender una relación que floreció rápidamente como la rosa más roja del jardín de la vida y se marchitó a fuerza de tanta promesa rota. ¿Cómo no va a perder los colores si se la empieza a ver en blanco y negro? Es imposible que una flor resista si son dos las personas que soplan para voltearla. 
Sentados allí en ese bar, padeciendo una feliz ignorancia, desconocían que faltaban meses para que viajaran juntos. Sin embargo, faltaba muy poco para que se enamoraran y empezaran una relación, al menos una relación de escorpiones y asesinos. Faltaban poquitos días para que él la invitara a cenar a su casa y un abrazo diera vuelta el tablero de sus seguridades. Todavía no estaba en los planes lastimarse ni los engaños y las mentiras. Esa esquina que circunstancialmente los reunió allí, fue el comienzo de algo maravilloso, y a la vez el principio del fin. 

   Hace unos días, el viernes diez de enero, dos personas se encontraron finalmente alrededor de las seis de la tarde tras conocerse una semana antes, pero en la nochecita, en el after de un pub de Retiro. Se pasaron los celulares y estuvieron toda la semana escribiéndose, hablando por horas, ilusionándose. Tenían que verse, no podían esperar más. Se sonríen, se miden y se gustan. Ella se siente gustada, él se ilusiona. La esquina de Reconquista y Córdoba, la esquina del amor y del desamor, la del punto céntrico que de lunes a viernes exuda vida y movimiento y los fines de semana propone muerte y soledad, es testigo silencioso de algo que está naciendo otra vez y que lamentablemente morirá.