Música para flotar

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miércoles, 21 de enero de 2015

Despedidas S.A

Una despedida muy "emotiva"
La escena era conmovedora: casi una docena de personas despedían a Agustín en la Terminal de Ómnibus de Retiro. Prácticamente uno podía reconocer a sus padres, abrazados con dulzura y cierto brillo en los ojos; a sus hermanos, algo molestos y haciéndole gestos obscenos; a su novia, que le tiraba besos y con la mano le pedía que la llamara al llegar; a algunos amigos, algo indiferentes, hablando entre sí; y a la abuela, que completaba la escena hablándole a través del vidrio, como si Agustín pudiera entenderla letra por letra. 

El micro salía ya de la Terminal cuando me presenté y felicité a mi eventual compañero de viaje por su familia y sus afectos. Rara vez había presenciado una despedida tan emotiva y numerosa. En general, a mí nadie iba a despedirme, y esa situación –debo admitirlo- me generaba cierta desazón. Él respondió a mi saludo con cara de pocos amigos -ahí supe que se llamaba Agustín-, me agradeció con un gesto cortés pero algo antipático (distante, para ser más exacto) y se colocó prontamente unos auriculares rojos marca Sony en los oídos. Quedé algo perplejo por su frialdad, saqué de mi mochila la novela que llevaba y me enfrasqué en su lectura. Tenía varias horas de viaje por delante y ‘2666’, de Roberto Bolaño, tiene más de mil páginas.

Llegamos a destino según la hora prevista. Bajamos todos los pasajeros, con esa ansiedad tan propia de quienes han estado sentados demasiado tiempo. Luego de recoger mi equipaje, “Agustín” me entregó una tarjeta y se fue caminando bastante apurado. La guardé en un bolsillo, como un acto reflejo, y me dispuse a encontrar un taxi que me llevara al hotel donde debía dar esa serie de conferencias. 

Mientras el coche zigzagueaba por las calles del pueblo, me acordé de la tarjeta y la saqué. Era blanca, de un papel elegante, algo brilloso, y en el centro se leía “Despedidas S.A.” y abajo, un teléfono. A simple vista me pareció una estupidez, una cargada. En aquel momento, no relacioné para nada ese pedacito de cartulina con la despedida que había presenciado antes de comenzar el viaje. 

Una semana más tarde, cuando volví a casa en una noche de domingo, ya bastante aburrido de leer las conferencias digitalizadas del congreso en el que había participado, recordé la tarjeta. Llamé. 

– Si conoce cómo funciona la empresa, marque 1; si quiere hacer un reclamo, marque 2; si es la primera vez que llama, marque 3; para otras consultas, marque 4. 

Marqué el tres y una música algo pretenciosa entretuvo mi impaciencia, creo que era Wagner. Al cabo de unos segundos me atendió un ser humano.

– Bienvenido a Despedidas Sociedad Anónima, mi nombre es Juan Carlos, ¿con quién tengo el gusto de hablar?
Empleados de la empresa en pleno trabajo
Algo impresionado por escuchar toda esa presentación sin que el operador tomara un poco de aire, le dije mi nombre y prácticamente nada más. Entonces, Juan Carlos tomó la posta y se explayó contándome que la Compañía se encargaba de “armar” despedidas. 

– ¿Cómo armar despedidas?, le pregunté algo brusco. 

– Sí, señor. Por ejemplo, usted se siente solo o triste o no tiene a nadie que lo vaya a despedir antes de efectuar un viaje... bueno, nosotros ofrecemos un momento único, ponemos a su disposición una persona o las que quiera para que esa ocasión sea conmovedora y para que la gente a su alrededor compruebe lo popular y estimado que es. 

– Me parece aberrante el servicio que brindan, le chanté con toda crudeza. Pensé en “Agustín” y recién ahí entendí toda esa maravillosa, pero ficticia, ceremonia del adiós. Claro, era joven y, como todo joven, padecía inseguridades que tranquilamente podrían haberlo llevado a contratar este tipo de asistencia. 

– Con todo respeto, señor, esta empresa tiene una función social positiva que busca superar un momento que es, muchas veces, incómodo o insoportable para personas que no tienen afectos reales o no cuentan con nadie que los acompañe... 

– Como una prostituta, lo corté en tono irónico. Mi comentario no le agradó ni un poquito porque me contestó: 

– ¿Le gustaría contratar un servicio o desea que le aclare alguna otra duda? 

Claramente me quiso sacar de encima.

– Disculpe Juan Carlos, pero reconozca que es raro lo que proponen. Era evidente que él no podía mostrarse de acuerdo conmigo, en contra de los intereses de la empresa a la que representaba. Entonces, bajé la guardia y le dije que quería contratar un servicio. Suelo realizar varios viajes por mes y, más allá de toda frivolidad, me sentía algo curioso de ver cómo funcionaba. 

– Aguarde en línea, por favor.

Esperé. Me quería burlar un poco más de ellos. Otra vez la musiquita… Parecía pop prefabricado para adolescentes. Una jovencita con tonada colombiana interrumpió, por fin, la insoportable melodía. 

– Buenas tardes señor, mi nombre es Paula y mi compañero transfirió la llamada porque usted quiere contratar una despedida. ¡Enhorabuena! 

De inmediato, reflexioné: ¿quién dice “enhorabuena” en pleno siglo XXI? El “buenas tardes” había quedado tan lejos de todo lo que dijo después, que corresponder al saludo ya me parecía irrelevante. Más aún, considerando que eran cerca de las ocho de la noche y me había dicho “Buenas tardes”… ¿Quizá prueba de que la chica con acento colombiano estaba tercerizando la llamada, dado que su país tiene dos horas menos en relación a la hora argentina? Le dije que era correcto, que estaba interesado y que me gustaría conocer las opciones. 

– ¿Qué anda buscando? me preguntó maquinalmente. 

Yo no sabía qué responderle... Entonces, para ganar unos segundos, contesté con otra pregunta (pregunta que seguro estaba harta de escuchar): 

– ¿Qué es lo más pedido... en general?

 "Abuela" del catálogo de Despedidas S.A.
Sin denotar apuro alguno me contó, casi como una infidencia, que las despedidas más solicitadas incluyen una «novia» y habitualmente una «abuela», porque mucha gente nunca conoció a la suya o porque el recuerdo que tiene de ella la convierte en un «personaje insustituible». 

– Ah, personajes… Entonces, tal como me imaginé, ustedes son una especie de actores... 

– Somos profesionales en despedidas y nos adaptamos a los pedidos de cada uno, según sus preferencias. 

Inquirí por ellas y su pacientes explicaciones mantuvieron cierta cohesión, considerando lo extensas que eran. 

– Por ejemplo, si usted quiere contratar la despedida con «pareja», puede no solo elegir el aspecto de la persona (su edad, color de pelo, vestimenta, etc.), sino también agregar besos y abrazos, por un costo adicional. Una vez que las pautas han sido establecidas, designamos los candidatos que seleccionamos de nuestra base de profesionales, priorizando siempre las predilecciones del cliente y aplicando un criterio detallista y meticuloso para su satisfacción. Contamos con gente de variadas etnias para cubrir todas las eventualidades. 

Yo estaba asombrado por lo que escuchaba, todo parecía tan irreal… y, sin embargo, me sentía a la vez inmerso en cada potencial situación, como en una dimensión paralela pero posible. Sin duda, estaban preparados para persuadir a los escépticos. La chica continuó: 

– Cada rol tiene su precio, y la despedida empieza cuando usted lo desea: pueden acompañarlo desde su casa u hotel al aeropuerto o desde el lugar del que usted salga, para que la gente no lo vea llegar solo; pueden encontrarse en una confitería o directamente pueden aparecer a pocos minutos de la hora de la partida, simulando una involuntaria llegada tarde. 

Me quedé pensando en el “pueden aparecer”, como si pudieran aparecer por ósmosis o como si fueran robots programables. Era muy probable que gente incrédula como yo llamara a diario y, por eso, estaban bien aleccionados para enfrentarse con un amplísimo espectro de “consultas difíciles”. Me explicó que en caso de solicitar “familiares”, debía mandar algunas fotografías mías para que ellos pudieran buscar “profesionales adecuados que pudieran compartir rasgos genéticos conmigo”. Ya un poco cansada, me preguntó si tenía una idea de lo que quería encargar. Usó esa palabra, “encargar”, como si fuera una pizza a domicilio. Era todo bastante escalofriante. En caso de que estuviera decidido, ella me derivaría con el Departamento de Cobros para informarme de los valores. 

– Le recomiendo el full pack, me dijo, como si fuera una amiga alertándome sobre una oferta imperdible. Está constituido por diez personas e incluye: padre, madre, abuela o abuelo, novia, dos hermanos o hermanas o uno y uno, un tío o tía, y tres amigos o amigas. 

La soledad desespera a mucha gente
Era claramente lo que Agustín había contratado. Me dio pena todo este asunto. Me dio pena que existiera una empresa que se dedicara a esto. Me dio mucha más pena la gente que se siente tan sola que llega al punto de contratar esto... Yo era un hombre solitario, pero jamás creí necesario suplir con actores mi vacío eterno para sentirme por un rato querido, admirado, acompañado. A veces, la soledad es desesperante y uno trata de paliarla como sea. ¿Adónde hemos llegado? ¿Tanta necesidad de cariño tenemos?... 

Seis meses después estaba a punto de partir para Necochea, ciudad balnearia que, por razones familiares, me deprime hasta la médula. Pero me habían invitado con tanta insistencia durante los últimos años, que ya no sabía cómo negarme. Hasta me habían organizado una firma de libros en una librería céntrica. Sentí que como iba a hacer un viaje a un lugar tan poco placentero, debía regalarme algo... hacerme un mimo... para hacer más soportable todo. Bastante castigo era visitar la hermana no querida de la Costa Atlántica y encima, en invierno; hasta sentía escalofríos al recordar el viento helado cortándome la cara. 

En esas cavilaciones estaba, felicitándome al mismo tiempo por la decisión de haber contratado el servicio de Despedidas S.A., cuando de pronto apareció un hombre de contextura grandota como la mía, de pelo castaño tirando a colorado como el mío, y de rasgos extrañamente parecidos a los míos, que me dio un fuerte abrazo al grito de: “¡Hijo querido, que tengas buen viaje!” Me sentí casi asfixiado entre sus brazos, ya que la intensidad de su cariño, de su impostado cariño, era de temer. No sé cómo habían dado con alguien tan parecido a mí. Yo no sabía qué decir. Supuse entonces que había que seguirle el juego. Se separó medio metro de mí y me dijo con un tono en extremo elevado, para que lo escuchara la ciudad entera: 

– ¡Mira quién vino a despedirte y pidió el día en la oficina! 

Desde atrás de él –claro, era tan alto y ancho como un ropero, por lo que no podría haberla visto antes–, apareció una preciosa muchacha oriental que caminó hacia mí, me tendió los brazos y empezó a besarme por toda la cara. Si la hacía, la hacía bien, había pensando cuando hice el encargo. Su perfume era delicioso. Vestía un kimono rojo con dragones negros, lo que me pareció algo demasiado estereotipado… Pero quizás era yo el que miraba todo como un actor circunstancial, más pendiente de cómo sería recibida la pantomima por el accidental público que de mi propio papel en esa representación “confeccionada a pedido”. En ese instante, se anunció la partida del ómnibus de la empresa Plusmar y ellos dos, desde abajo, me saludaron con una emotividad muy honesta. ¡Eran realmente buenos en lo que hacían!, pensé. Ni siquiera habíamos bajado la rampa que bordea la estación de Retiro y la Villa 31, cuando una señora de unos sesenta años, sentada a mi lado, me preguntó: 
El micro parte a lo desconocido 

– Era su novia esa japonesita, ¿no? Lo felicito, muchacho. Y parece que se lleva a la perfección con su padre... 

Tuve la imagen de mi rostro cuando el color abandonaba mi semblante. Traté de disimularlo comportándome lo más cordial posible… y luego me di vuelta para intentar dormir unas horas. 


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Este relato es ficción hoy... pero ¿mañana?
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Editora general: Silvia T.

lunes, 28 de julio de 2014

El GPS de Ramiro

Una imagen de la novia de Ramiro 
Ramiro, primero un vecino de Almagro, luego un ávido visitante de este blog y por último un gran amigo vía mail –ya que nunca nos hemos visto en persona, pero hemos compartido grandes conversaciones por correo electrónico- me contó en una oportunidad que estaba cansado de sentir celos por la conducta de su novia. Al parecer, ella era una chica bastante llamativa que donde fuera generaba dobladuras de cuellos, suspiros, alteraciones sanguíneas y demás desórdenes masculinos. 

¡Ojo!, a Ramiro le gustaba que ella fuera así, pero no podía evitar padecer unos temores tremendos cuando ella salía con sus amigas los sábados a la noche o cuando lo hacía con sus compañeros de oficina (era bancaria), los viernes luego del trabajo. Ella le juraba fidelidad, pero él tenía el corazón bastante quebrado por múltiples decepciones amorosas (en criollo: lo habían cagado siempre) y era incapaz de volver a creer ciega y totalmente en una mujer. En su parcialidad sonreía y hacía de cuenta que estaba todo bien, pero cuando caminaba con ella de la mano por la avenida Rivadavia y los hombres pasaban a su lado y la devoraban con los ojos –a punto tal que le decían piropos o tragaban saliva ante su presencia– se mortificaba de una manera terrible. Entonces, ella detenía su andar porque ya adivinaba la sensación de su novio, y le decía que lo amaba, que no tenía por qué preocuparse, que ella estaba enamorada de él y de nadie más… y cerraba esa micro conversación motivadora con un caluroso beso. Pero si a ella le calentaba alguien más, ¿cómo podía saberlo?

Los amigos de Ramiro siempre le decían que su novia estaba más buena que comer pollo con la mano (a él eso le parecía sumamente desagradable y no encontraba el sentido de la metáfora), pero cuando cambiaba el semblante, lo abrazaban en conjunto y le decían que era una broma, que no se preocupara, pero que mantuviese una actitud alerta…porque la chica, pulposa, desafiante en su andar y provocativa en su vestir, parecía una actriz porno.

Ramiro, que padecía un tremendo problema de autoestima y era sumamente inseguro, en parte por los sistemáticos abandonos de sus anteriores novias, vivía intranquilo y amargado. Él tenía tan en carne viva el asunto que lo desarrollaba o al menos mencionaba en cuanta conversación lo tuviera presente. En los mails siempre le dedicaba uno o dos párrafos para el asunto (“No sabes lo que me pasó el otro día, fuimos a comprar pomelos y el verdulero…” o “Ella me lo hace a propósito, me insiste diciendo que no, pero le encanta jugar a ser una diva a pesar de que me hace muy mal…”). Es loco, pensaba yo, todo lo que uno soporta por “amor”. Luego lo pone en una balanza y termina perdiendo por goleada en el partido de los sentimientos.

Nunca me dijo bien de qué trabajaba o nunca lo entendí, creo que en un laboratorio… pero en dos o tres ocasiones, cuando le dije de ir a tomar un café –porque fuera del tema de su chica, Ramiro era, por lo que deducía de sus correos, sumamente interesante, gran lector, apasionado del arte, dueño de puntos de vista agudos sobre las cosas, crítico de la política– siempre me decía que estaba ocupado, que ya encontraríamos la ocasión (debía hallarla él, puesto que yo era el que sugería el encuentro). Tal vez, pensaba yo, se había expuesto tanto con el tema de su novia que sentía una honda turbación porque yo lo conociera y pudiese hacerlo sentir humillado.

Me dijo que había llegado a mi blog por casualidad y que entraba siempre porque le gustaba el punto de vista border (esa palabra dijo) desde donde encaraba las cosas. Me sentí contento. Nunca pensé que Ramiro pudiera ser materia de este blog, pero hace una semana recibí un mail suyo cuyo asunto era: “Resolví el problema de los celos”. Más por curiosidad que por otra cosa, abrí al instante su correo viajando en el 132, mientras iba a buscar a mi hermana al colegio, en Paraguay y Callao.

Yo no sé si será una broma o qué, pero no puedo menos que relatar lo que me contaba. Hay casos, donde la realidad supera –a veces ampliamente– a la ficción, y este era uno de esos, por lo que mi sentido literario entró en alerta y como siempre, no supe si me enfrentaba a una genialidad o a una tremenda y completa estupidez.

Un prototipo aproximado del GPS 
Ramiro, que desde el primer momento se declaraba un obsesionado por los celos, había encontrado la solución a su tara. No había consultado a un psicólogo o a un terapeuta. Tampoco había ingerido drogas (a ciencia cierta, esto no lo sé) o sustancias para 'limpiar' esas ideas de su cabeza. Tampoco la chica había cambiado sus maneras felinas para pacificar el alma torturada de su novio. No, Ramiro había inventado un GPS (Global Positioning System), es decir un dispositivo que permite determinar la ubicación precisa de algo… o de alguien. “Este loco va a perseguir a la chica”, pensé.  

Pero esto no era lo más sorprendente. Ramiro había creado un GPS algo peculiar, primero porque se ubicaba discretamente en la bombacha de la novia. Decía que era fino como una hoja, que era descartable y que no solo le indicaba a él con exactitud el lugar donde ella se encontraba, sino que además le había agregado un sensor de temperatura y humedad para descubrir si ella llegaba a experimentar algún… calor con alguien que no fuera él. El GPS además podía distinguir los flujos naturales, así como la sangre en los días que le venía de otras sustancias, propias… o ajenas.

"El microchip desmontable"
Este aparatito, que yo imaginaba como una feta fina de queso mientras viajaba con hambre hacia Recoleta y hacía esfuerzos locos para no caerme en un colectivo lleno de gente, tenía por si fuera poco un microchip desmontable que podía enchufarse al puerto USB de la computadora. Una vez hecho esto, un programa diseñado especialmente para identificar los datos del GPS se abría, daba un detallado informe de la actividad del día: horarios en que el estado de temperatura había cambiado, lugares recorridos, cantidad de minutos en cada lugar, alteraciones sanguíneas, detección de elementos extraños...y la lista seguía. 

La falta de información me hizo pensar que todo era un bolazo de cuarta, una fantasía absurda, pero el tono era seguro y convincente, como el de un loco. Estaba encantado con su invento y temía que su novia se diera cuenta y terminara dejándolo; situación adversa a la planeada (¿o era una sutil y lenta venganza?). Ramiro, que tenía una sed de gloria tremenda (recordemos que tenía baja autoestima), sospechaba vagamente que esta era la creación más importante de los últimos años en el mundo y que terminaría por hacerse rico y famoso. Él amaba a su gatúbela compañera, pero en la posdata del mail decía exactamente esto: “¿Te imaginas la cantidad de minuchas que puedo “pegar” con esto?”. Todo era un poco raro y más leyéndolo en un colectivo y pensando en cualquier otra cosa… que es lo que pasa cuando uno lo hace mientras se encuentra en una actividad determinada. ¿Qué podía pensar de lo que me planteaba?

No le contesté el mail y él no me escribió de nuevo. No sabía si felicitarlo o mandarlo a… ¿Acaso me estaba tomando el pelo? ¿Y si no?, ¿y si el tipo era un genio que creaba cosas geniales o inútiles? Quizás había mentido todo para “limpiar” su nombre, pero ¿con qué necesidad? O quizás quería competir con la verosimilitud exacerbada de mis escritos (pero en ese caso, ¿por qué no se hacía un blog y hablaba de sus inventos?). Cinco preguntas en casi cinco renglones era demasiado.

Me bajé del colectivo pensando que este GPS, de existir, le generaría muchísima más paranoia y dependencia. No sé si era una idea tan buena, al final de todo… Mi hermana, a lo lejos, me saludaba con la mano y mientras llegaba en ese mediodía soleado pero ventoso, yo ya estaba pensando en cómo iba a relatar esto...

CORRECIÓN Y CONFIANZA CONTRA VIENTO Y MAREA: SILVIA T.

viernes, 27 de junio de 2014

Miss Flor

Una postal desde el 132
La semana pasada viajaba sentado en un colectivo de la línea 132, absorto en la lectura de un libro de César Aira y escuchando música, cuando una persona se paró a mi lado y se agarró del pasamanos del asiento de adelante. Mi reacción inmediata fue mirarla, por un inevitable instinto de curiosidad y porque su altura había tapado bruscamente la luz que daba sobre mi libro. Era una mujer madura, de tez trigueña, con algunas pecas que manchaban dulcemente sus mejillas, labios finitos que delineaban una boca grande, larga mejor dicho, cabello castaño lacio y un mechón que le caía juvenilmente por la cara tapándole parcialmente el ojo izquierdo. Su nariz era fina y puntiaguda y sus ojos eran enormes y hermosos, casi que se podía nadar en ellos. Sus pestañas parecían capaces de acariciarte debido a la longitud que tenían. Tenía rubor en la cara y llevaba los ojos delineados sutilmente. No usaba rouge y sus labios se veían un poco descuidados. Vestía ropa de trabajo, pero no llegaba a ser formal: camisa color crema con las mangas semiarremangadas, pantalón pinzado escocés, zapatos de un tono oscuro que combinaban con una cartera un poco grande para su contextura; alta, pero muy delgada. En la mano libre cargaba una bolsa blanca con el nombre de una conocida cadena de librerías, en la que parecía llevar exámenes. Volví a retomar la atención en la novela pero algo en mí se encendió cuando recordé quién era…
Cuando yo cursaba la escuela primaria, no recuerdo con exactitud mi edad, pero habrá sido entre mis 10 y 13 años, tuve como profesora de Inglés a una chica muy joven llamada Florencia, o “Miss Flor.” Los amores de un niño son muchos y frecuentes, pero en cualquier caso son intensos y yo me había enamorado perdidamente de ella.                                                                                          Por supuesto que cuando uno recuerda desde la adultez las cosas se desvirtúan inevitablemente y la nostalgia solo sirve para matizar una situación que se justificaba en un anhelo tanto platónico como inverosímil; pero en ese momento, cuando ya se empieza a dejar de ser un niño, todo lo que sucede es puro realismo, porque no existe otra verdad posible, y no hay noción de nada más allá de lo que vivimos.                                              
Yo de "negrito" abrazando a mi tío y abuelo
En el acto de fin de año, actué de "negrito" y tuve que entonar una canción junto a un grupo de compañeritos cuyos rostros también habían pasado por el corcho quemado. Miss Flor nos coordinaba y yo le pedí encarecidamente a mi papá que la filmara solo a ella, que durante la interpretación se olvidara de mí y  se focalizara exclusivamente en su figura. Era chico, pero tuve una noción evidente de que la perdería, de que esa circunstancia era nuestro último momento juntos en la vida y pensaba que posiblemente una cámara lograra la ilusión de poder quedarme con un poquito de ella, al menos con su imagen. Por suerte, por amor a mí o porque papá es papá –con todo lo que eso implica–, siguió al pie de la letra mis anhelos y la figura de Miss Flor (ubicada de espalda a los padres, de frente a nosotros), ocupó gran parte de la filmación para enojo considerable de mamá que no lo podía creer cuando nos juntamos alrededor de la televisión, y vimos como el zoom se acercaba y se alejaba de esa estrecha figura. Yo era el único que no podía culparlo por su enorme gesto, ¿acaso alguien podía resistirse a la belleza de mi maestra de Inglés? En absoluto. Sentirse tentado por ella era casi un principio básico, una verdad absoluta. Además, ella era dulce, amable y, de alguna manera, simétrica, sensual y maternal al mismo tiempo.                                                                  El año lectivo terminó, pasé de grado y Miss Flor quedó algo olvidada y relegada seguramente por una nueva profesora de cualquier otra materia, aunque a decir verdad nunca tuve profesoras lindas de Matemática, Ciencias Naturales o Química (mi colegio primario no era mixto y casi no conocí chicas, fuera de mi prima y la hermanita menor de mi compañero Juan Pablo). Yo la seguía viendo por los pasillos pero ya no era lo mismo. Me habré enamorado muchas veces más, pero ninguna maestra me generó tanta adrenalina y entusiasmo; y a pesar del tiempo vivido, no recuerdo la cara de ninguna otra  profesora ni otro nombre que el de Florencia, Flor, Miss Flor, mi maestra de Inglés del colegio. 
Mi promoción y destacada, mi cara de payaso

Cuando volví a alzar la mirada –sin dudas era ella–, comprobé que el tiempo la había castigado levemente al costado de los ojos donde se vislumbraban los años transcurridos, su cuello presentaba arrugas indisimulables que intentaban pasar desapercibidas con una chalina, y parecía algo cansada. Sin embargo, el paso del tiempo no había podido con su belleza, aunque para mi decepción, no la vi tan hermosa como la recordaba. La contradicción me desconcertaba, la veía tan parecida a la que recordaba y a la vez tan distinta a la que había sido... ¿Pero la estaba asimilando tal como se me presentaba ante los ojos o la encontraba como me hubiese gustado verla? No podía determinar lo que había cambiado. A pesar del tiempo, que suele ser una variable algo caprichosa para considerar, no lograba darme cuenta. Finalmente lo entendí: ¡ya está!, me dije. Descubrí que el que había cambiado más era yo mismo. La idealización que alguna vez supe construir de ella se había terminado, ya no encarnaba a esa mujer-ángel-profesora-madre ni ocupaba más ese pedestal donde alguna vez la había colocado; ahora solo era una mujer terrenal aún bonita, pero avejentada, que viajaba en un colectivo. Su juventud pertenecía al pasado, pero cómo no habría de serlo, ¡si mi propia juventud acaso estaba terminando! Los años me quitaron la inocencia y si antes ella simbolizaba una Eva de pizarrón, ahora no significaba para mí más que una mujer como cualquier otra. El tiempo, siempre tirano, nos había emparejado socialmente de alguna manera: antes fue mi maestra, ahora yo soy Licenciado en Letras.  Había un abismo entre nosotros. ¿Se pondría contenta al saber que me había dedicado a dar clases? En un segundo pensé en todo lo que había pasado luego de ella y ¡uff!, resultaba imposible recordarlo en tan poco tiempo. Tantos cambios, tanto crecimiento, tantas mujeres, ¿por qué no?… (¿Por qué será que con el paso del tiempo uno se vuelve más exquisito con la elección de las chicas? Será porque antes uno era chico y no tenía ni experiencia, ni margen de comparación ni posibilidad de elegir: lo que se daba estaba perfecto). Posiblemente ahora, si no la conociera de antes, no hubiese logrado cautivarme.
 
El "negrito" se licencia años más tarde
Sentí deseos de hablarle pero, a la vez, creí que naturalmente no iba a recordarme, (los profesores desconocen lo mucho que pueden marcar a alguien, y sé que en el futuro me sucederá; me encontraré con alguien que me diga con mucho entusiasmo que mis clases o la vez que hablé del Quijote influyeron en él o lo llevaron a estudiar Letras; aunque, con que me diga que me recuerda como una buena persona estoy hecho). Y si hubiese tenido que trabajar su memoria en un colectivo, no me iba a sentir cómodo. Por el contrario, se me ocurrió que la iba a hacer sentir vieja, y no quería eso. Miré su mano y advertí un anillo de casada, no recordaba haberlo registrado antes. ¿Qué importaba ese detalle en todo caso? Seguro tendría hijos un poco más chicos que yo. ¿Qué le podía decir?: “Fui alumno tuyo de 4º o 5º grado y ¿estuve enamorado de vos?”. Me sentí tonto. Tonto pero chiquito, volví a ser su alumno, volví a ser el negrito de aquella obra. Seguía sentado en ese asiento, pero tuve la sensación de haberme empequeñecido: sentí que todo mi cuerpo tomaba dimensiones de pigmeo. Me convencí de que era mejor dejar las cosas como estaban, porque a veces tienen que seguir su rumbo sin que hagamos el más mínimo esfuerzo para modificarlas. Quizá, si le hablaba, ella podía mirarme como a un loco y dejarme irremediablemente desconcertado. En cambio, si dejaba prevalecer el misterio  forjando un pacto silencioso, eso nos permitiría a ambos bajar de ese colectivo en paz. Prefería tenerla en mi memoria por todo lo que recordaba de ella y no iniciar una nueva y absurda página de un libro que ya hacía rato no tenía hojas o que nunca las había tenido.                                                              Levanté la cabeza y la volví a mirar justo cuando enfiló hacia la puerta trasera. Se bajaba del colectivo. Quedé muy impresionado. Quise verla caminar, reconstruir aun más ese rompecabezas y me estiré por sobre el pasajero de mi derecha pero se fue hacia el lado contrario, donde mi vista ya no pudo alcanzarla. Alguna vez yo dejé su vida, no obstante solo fui un alumno más, pero ahora era ella la que dejaba la mía; y estaba bien que así fuera: muchos negritos aguardaban seguir enamorándose de Miss Flor. 
Un asiento vacío, toda una metáfora
CORRECCIÓN, EDICIÓN, PULIDO Y TANTAS OTRAS TAREAS: SILVIA T.

jueves, 5 de junio de 2014

Las amigas de mi abuela - # 3 Berna Pherson

Berna: la insospechada madre
de "El cuidador de la cripta"
Todos recordarán la famosa serie norteamericana “Tales from the Crypt”, o “Cuentos de la cripta” en su versión traducida, donde el cuidador de una cripta tenebrosa desempolvaba cada noche un antiguo libro y nos introducía en un relato de terror. Al terminar la historia, el ser esquelético cerraba la emisión con una conclusión pertinente sobre lo que acabábamos de ver. La serie fue emitida entre 1989 y 1996 con gran éxito y el presentador de los cuentos quedó inmortalizado como la cara del programa y su imagen fue usada infinitas veces como merchandising de todo tipo. Pero hay algo que nadie supo nunca y los productores mantuvieron en secreto para siempre: el cuidador de la cripta no era un muñeco, sino una persona real de carne y hueso. 

La historia se remonta al año 1890, cuando la familia Pherson dejó su Escandinavia natal para asentarse en lo que ya se llamaba Estados Unidos. Paranoicos por la peste que los asolaba, decidieron fundar la primera casa funeraria de la costa oeste. El gran éxito que tuvieron los obligó a expandir el negocio: crearon una inmensa cripta en un terreno medio abandonado, entraron en el negocio de la venta de ataúdes, coronas y adornos florales y hasta un servicio especial de maquillaje para los difuntos. El negocio fue pasando de generación en generación hasta que sucedió un hecho desafortunado y algo difícil de explicar: Berna, la menor de los Pherson que solo tenía 16 años y era la tataranieta de esos primeros habitantes escandinavos, juraba haber sido violada por un fantasma, un espíritu perteneciente a un soldado que había muerto de hambre en la guerra. Ya sé, ya sé que el caso es imposible de concebir; pero lo cierto es que nueve meses más tarde Berna dio a luz. 
Mapa de Escandinavia
El bebé no parecía ser humano, o sí, pero era como un esqueleto, casi carente de órganos y piel, solo poseía huesos que estaban unidos de una manera misteriosa. La sociedad no iba a aceptarlo bajo ninguna circunstancia. La familia quiso deshacerse de ese engendro de la naturaleza, pero Berna se negó: al fin y al cabo eso que acababa de parir era su hijo, suyo y de ese fantasma. Entonces la familia permitió que viviera en una de las criptas que poseían, como su cuidador. Durante los primeros años Berna lo visitaba casi a diario. Pero él no necesitaba nada, su estructura lo volvía ajeno a la comida o a la bebida. No necesitaba dormir ni ir al baño. No tenía frío ni calor. Era casi un fantasma, como su padre. Poseía un largo cabello gris, como si ya fuera un anciano. Ella, en tanto quería cumplir un rol materno, le leía cuentos de princesas y dragones, pero al poco tiempo, cuando su hijo empezó a hablar (no se explica como lo logró, ya que no tenía lengua), prefirió historias truculentas y escabrosas que según decía “tenían más que ver con él”. Su madre no entendía por qué, pero cumplía su capricho –que acaso era el único que tenía- sin chistar. Ninguno de los dos advertía la importancia del evento, jamás podían imaginarse que años más tarde, toda una nación esperaría atenta atrás de la pantalla estas historias. 
El adorable y simpático hijo de Berna 
Cuando su hijo llegó a la adolescencia, Berna murió en un accidente también inexplicable como casi todo en esta historia: unos amigos de ellos la habían envuelto en una gran alfombra y literalmente, se la habían fumado. El joven nunca supo por qué su madre no había bajado más a conversar con él ni a leerle historias. Pero le había dejado el legado más importante: su libro de cuentos. La familia se fue del país asediada por las deudas, la empresa quebró y la cripta fue abandonada. “El cuidador” quedó solo y librado a su suerte. 

Muchos años más tarde, un grupo de cineastas estaba buscando un escenario ideal para filmar una película de terror y se toparon con la cripta. A pesar del miedo que les generó, decidieron entrar. La sorpresa fue colosal cuando encontraron a un ser viviendo en las profundidades. Se presentó como el dueño de la cripta Pherson y les contó la historia de su vida. Los hombres del espectáculo quedaron fascinados ante el relato y vieron una veta económica en los cuentos que este pequeño ser huesudo parecía saber a la perfección. Decidieron abandonar la película que tenían en carpeta y filmar las locas narraciones del libro. Les pareció que él mismo debía presentarlas para homenajearlo y rescatarlo de ese inmerecido olvido al que había sido sometido. Lo demás es historia conocida… Lo más curioso de todo el asunto fue que su encanto natural (al parecer era muy buen conversador y, sobre todo, muy gracioso) –solo conocido por la compañía que llevaba a cabo la serie porque para el resto del mundo es y será un muñeco- enamoró a una de las productoras del ciclo. El fruto de ese romance fue “Bernita” -llamada así en honor a su abuela- que, por esas cosas de la vida, se convirtió en jugadora profesional de burako y participó de varias competiciones realizadas en Buenos Aires. En uno de esos encuentros trabó una muy buena relación con mi abuela, acaso otra jugadora formidable.
La tenebrosa cripta
Correctora y amiga de la vida: Silvia  T.

domingo, 13 de abril de 2014

De excelente actor mafioso inglés a destacado otorrinolaringólogo argentino

Una postal del film autografiada
Abrumado por el repentino e inesperado éxito que le significó la memorable interpretación de “Harry, el hacha Lonsdale” en la primera película del director Guy Ritchie -estamos hablando de Juegos, trampas y dos armas humeantes (Lock, Stock and Two Smoking Barrels), de 1998-, P. H. Moriarty abandonó la actuación por completo. Su historia y los caminos que causaron que este médico inglés terminara trabajando como otorrinolaringólogo en la Clínica San Camilo, en el barrio porteño de Caballito, tiene ribetes bastante curiosos. 
Nacido en 1939 con el nombre de Peter Harry Moriarty, en la ciudad británica de Manchester,  desde niño, decían sus padres, podía advertirse fácilmente que la medicina sería su destino, que simplemente lo llevaba en su ADN. Su madre, Carol Rotten, según algunas anotaciones que pudimos tomar de su diario íntimo, escribió alguna vez que su pequeño, regordete y único hijo, “destrozaba las muñecas que pedía como obsequio, para luego volver a coserlas y <<curarlas y sanarlas>>; y entonces la satisfacción brillaba en sus ojitos”.                                                                   
El Dr. Moriarty en su consultorio en Buenos Aires
Carol era maestra en una Escuela Normal y Peter, desde que tuvo uso de razón, admiró el compromiso que Carol tenía con sus alumnos: caminaba 30 yardas (esa es la medida en Inglaterra) por un camino de tierra que se inundaba con facilidad, para llegar a un precario embarcadero; luego era conducida por un barquero en un bote destartalado lleno de cucarachas. Cuando llegaba al otro extremo debía subir y bajar ineludiblemente tres montañas y ahí aparecía la diminuta institución educativa. Esta rutina la repetía seis veces por semana por absoluta vocación, ya que amaba su trabajo; curiosamente era una de esas extrañas docentes a las que les gusta educar. El padre de Peter era argentino, tucumano para más datos,  y había huido de su país en circunstancias muy poco claras y en un clima político algo enrarecido. Sin una educación formal ni un trabajo estable, se dedicaba a prestar su bello rostro para publicidades y comerciales; sin embargo, al contrario de lo que uno pudiera pensar, esta actividad lo frustraba enormemente puesto que él se consideraba  por naturaleza un actor serio capaz de interpretar a Shakespeare o a Chejov. Pero los años pasaban y esa posibilidad le era cada vez más esquiva. Conoció a Carol una vez que, sin saber muy bien por qué, terminó haciendo una obra de teatro infantil con unos amigos en la escuela donde ella trabajaba… La maestra se enamoró de él perdidamente y sin remedio.
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Dejemos esta historia acá y adelantémonos algunos años… cuando por pedido explícito del abuelo argentino, Peter, ya padre y meritorio doctor en medicina, llevó a su pequeño hijo Noel para un casting de un postre helado. El nene era demasiado bonito y si bien a Peter todo ese mundo le parecía muy frívolo (más considerando las angustias existenciales que Peter le había sospechado a su padre desde siempre), no quería que Noel se decepcionara  si no llegaba a ser el elegido. Pero a la vez pensó que estaba haciendo muy feliz a su padre, que tomaba esto como una revancha personal, porque si él no había podido lograrlo y su hijo había desdeñado la actuación, cifrar todas las esperanzas en el nieto le parecía lo más lógico. Esto debía ser solo el puntapié inicial. Alguien lo descubriría y sería un actor renombrado y famoso, importante, e interpretaría a los clásicos… El abuelo amaba a su familia, a su país y a su equipo de fútbol, el Manchester City, pero por sobre todo amaba a su nieto que, desprovisto aun de voto y de razón, podía ser conducido de a poco a las tablas y luego a la Televisión hasta llevarlo finalmente al Cine. Su hijo Peter, médico  y hombre de ciencia, era demasiado sensato y práctico desdeñando secretamente sus esmerados intentos por convertir a su pequeño Noel en una estrella mundial. No había podido alejarlo de la Medicina a pesar de todos sus esfuerzos…
El día del casting, el abuelo se preparó como si la prueba la tuviera que dar él. Siempre que podía, este hombre algo calvo, de piel rojiza y bigotes blancos como la nieve,  alardeaba de sus pequeños éxitos televisivos, que eran pocos y mediocres, pero él los hacía relucir de manera asombrosa, al punto que la gente pensaba que tenía ante sí  a un actor imprescindible a quien los medios de comunicación habían maltratado. Peter también quiso acompañar a su hijo en este, su primer casting, esperando que fuera el último. Los tres, abuelo, padre e hijo estaban sentados en un pasillo repleto de niños que corrían incansables de un lado para otro. En las paredes había dibujos de Popeye y sonaba una música infantil, como con tambores y cambios grotescos de voces (¿Sería Flavia Palmiero y la Ola Verde?).
Uno de los niños en el casting
 El abuelo estaba ansioso, soñaba con ver su apellido en una marquesina; su hijo estaba algo nervioso, tenía una operación programada en un par de horas en el hospital que quedaba del otro lado de la ciudad; y su hijo Noel no entendía mucho qué estaba haciendo ahí –aunque secretamente su intuición le indicaba que entre su padre y su abuelo había una contienda misteriosa que se le escapaba, que no estaba en condiciones de comprender–. El griterío era espantoso y el calor empezaba a hacer brotar los nervios de los cientos de madres, padres, tíos, abuelos o tutores que se encontraban en el estudio de la calle John McDowell. Pero una voz resonó tan fuerte, nítida y grave que el lugar enmudeció y los chicos guardaron por primera vez un silencio sepulcral, y lo más curioso: sincronizado. “¡Lo encontramos!” “¡Lo encontramos!”. El sonido anticipó a la persona que apareció tras la cuarta repetición de la frase. Un hombre vestido algo excéntrico con un saco a cuadros verdes y pantalones con lunares amarillos, calzado con zapatos de cuero de víbora caminaba lentamente por el pasillo. Los adultos tragaban saliva, esperanzados en que su retoño fuera el destinatario de esas palabras tan celestiales. Pero uno solo sería el elegido…se detuvo frente a los Moriarty. El abuelo masculló “Yo sabía que Noel la iba a pegar”(por supuesto, lo dijo con palabras inglesas y más refinadas)... pero el hombre del grito extendió su largo brazo y apoyó la mano en el hombro de Peter quien abrió los ojos demudado, quizás algo exageradamente. El dueño de esa mano, lo miró a los ojos y le dijo: “Usted es el actor que estábamos buscando”…
Resulta que el casting para niños era toda una farsa. El verdadero propósito del Estudio era convocar a “gente común”, para extraer de ella los personajes para la ópera prima de un director hasta el momento ignoto que no contaba con los recursos necesarios para contratar actores profesionales, ni siquiera amateurs. La negativa de Peter fue firme; argumentó que tenía un trabajo serio, que sus pacientes confiaban en él, que su prestigio… pero en eso miró de reojo al padre y comprobó que cada una de sus palabras eran un cuchillo que le clavaba y que le había provocado caprichosas lágrimas en su arrugado rostro por no poder disimular tanta decepción. Entonces interrumpió su argumento, se mojó los labios con la lengua, tomó aire y le dijo al de ropa estrambótica que lo haría. El padre seguía llorando, pero ahora de alegría. En medio de los dos, Noel leía una caricatura bastante abstraído del asunto. No supo bien qué pasó, pero de alguna forma su pequeño cerebro le comunicó que una deuda que databa de años, había sido saldada. En el interín, que fue solo un breve momento, la gente se había marchado (insultando, furiosa por la estafa, decepcionada… y con sus niños dejando ríos de llanto).
Trailer de la película de Guy Ritchie

Muchos castings de esta misma naturaleza se llevaron a cabo para formar el elenco estable de la película. Una forma muy atípica de seleccionar los actores que la compondrían, pero viendo los resultados posteriores, el método tuvo un éxito fenomenal. Quizás la crítica  no le haya prestado oportunamente demasiada atención, pero la trama, escindida y laberíntica, las actuaciones, los personajes, el guión y la música hicieron de esta una película excelente. Habría sido genial estar en la casa de Peter al momento en que leía por primera vez sus líneas… porque estaba aterrorizado con su personaje. Era un mafioso violento y psicópata (que hasta llega a matar a alguien a golpes con un pene de goma) que amasa una fortuna, gracias al juego clandestino, las drogas y la prostitución. Peter, cuya ambición secreta era ganar el Nobel de la Paz, estaba martirizado con la idea de interpretar a alguien tan ajeno a él, a sus maneras, a su bondad infinita y a su amor por el prójimo. Pero se confortaba cada día al ensayar el guión con su padre: lo estaba haciendo profundamente feliz.
Luego de la “vorágine” de la película (entrevistas, presentaciones, estrenos, etc.), Peter quiso retomar su trabajo en la clínica... pero cuando volvió, se encontró con otro nombre grabado en el vidrio de su consultorio. Tardó largo rato en entender lo que había pasado y cuando lo supo, el mundo se le vino abajo: lo habían echado. Un poco de la furia y el cinismo de su personaje le volvieron al cuerpo y fue a hablar con el Director General para pedirle explicaciones. Damon Cocker, que era el nombre del responsable máximo, empezó diciéndole que la película le había encantado… (¡qué le importaba eso a Peter!), que su actuación había sido soberbia y sumamente convincente… y que de tan convincente… los pacientes –e incluso algunos otros colegas- le tenían cierto… temor. Peter, el buen vecino, buen esposo, buen padre, buen hijo, buen ciudadano, excelente profesional y finalmente – al parecer–  excelentísimo actor, había sido demonizado y resistido por la gente… Al contrario de lo que suponía que pasaría. Su papel lo había devorado; la ficción, una vez más, se imponía a la realidad. 
¿Es la persona o el personaje? 
Esa noche llovía a cantaros y fue a hablar con sus padres de lo que le había sucedido… necesitaba desahogarse. Tuvo que dejar el coche a dos cuadras porque no encontró lugar y no llevaba paraguas así que cuando tocó el timbre estaba totalmente empapado. Al momento que su madre abrió la puerta, un trueno retumbó bruscamente y la imagen de su hijo todo mojado le hizo dar un fuerte alarido. Peter entendió que su madre también estaba sugestionada y que ya no había vuelta atrás. El diariero de la esquina que siempre le daba charla y lo demoraba aburridamente en su camino a la clínica preguntándole estupideces, modificó completamente su actitud y le empezó a entregar el diario como con temor y lo despedía apresuradamente… El papel en esa película lo había arruinado para siempre.
Así como  indirectamente el problema tuvo su origen en el padre, la solución, parcial pero solución al fin, también provino de la misma persona. El abuelo de Noel le dijo que en Argentina, más específicamente en Buenos Aires, tenía un conocido que trabajaba en una clínica privada y podía acomodarlo allí. Peter dudó, pero cargaba con un estigma tan fuerte que el exilio se volvía una exigencia necesaria para volver a empezar. Algunos sueñan toda la vida con llegar a la fama, como su padre; él había llegado y eso solo le había acarreado dolor, pérdida y rechazo. La fama no era lo prometido, lo que la gente pensaba. Quería retomar su vida normal y en su país nadie parecía entender que él no era eso, que era una mera actuación como tantas otras en la historia del Cine. ¡Qué ridiculez! Era como pensar que si uno se cruzara con Anthony Hopkins iba a comerte un brazo por su rol de Hannibal Lecter… Quizás la sociedad inglesa era mentalmente muy cerrada… o tal vez él era –esta posibilidad lo dejaba estupefacto– un actor por naturaleza y debía amigarse con esta faceta que nunca supuso.
La Clínica San Camilo en el barrio porteño de Caballito
Años más tarde, “Pepe”, y ya no más “Peter”, se convirtió en uno de los médicos más queridos y estimados de la Clínica San Camilo (Av. Ángel Gallardo 899). Algunos pacientes, en general los más jóvenes, lo reconocían por su papel, pero lo felicitaban por su performance y ninguno le mostraba síntomas de resquemor o recelo, solo de narices tapadas. El médico inglés encontró en este pueblo una calidez que en su vida había sentido y una apertura intelectual que su país estaba lejos, lejísimos de lograr. Algunas pacientes adultas le traían dulces, las enfermeras lo miraban con cierto deseo, que para su edad era un mimo impresionante al ego, sus colegas lo invitaban a los asados y la amistad con Daniel, el oculista del tercer piso, le valió ser elegido el padrino de bautismo de su hijo. Carol y su nieto Noel se adaptaron rápidamente a la ciudad y no extrañaron tanto como pensaban el clima frio y lluvioso, la comida frita y los chistes del abuelo Moriarty,  quien desvariaba en los últimos días antes de que partieran rumbo a Buenos Aires. 

Este soy yo operado y un amigo
que reía de mis incoherencias

(mucha anestesia)
Yo fui uno de sus pacientes y él mismo me operó en dos oportunidades de la nariz (por una desviación del tabique y porque los cornetes me impedían un correcto pasaje de aire). Rescato su tono amable y divertido, su paciencia y su amor para explicarme las causas y las consecuencias de la intervención. No obstante, cuando hablaba tan seriamente, podía percibir, tras esa cara inocente, los rasgos que tan bien le imprimió a su personaje de “Harry, el Hacha”. Por ejemplo: cuando enarcaba las cejas, sentía que estaba en presencia de aquel peligroso rufián. 
Espero haber esbozado un perfil acabado o, al menos, haber dado una idea de los pasos que convirtieron a este buen actor inglés, en un excelente médico argentino.

[Dr. Miranda, si alguna vez llegara a leer este escrito, le quiero agradecer la inspiración que me aportaron sus cejas y su gesto adusto. La foto la saqué a escondidas una vez en su consultorio]         


Silvia.T., colaboradora , correctora y figura imprescindible en esta nueva locura literaria

lunes, 31 de marzo de 2014

Maradona, su clon y la mafia de la FIFA - Parte II

Logo de la Iglesia Maradoniana
La persona que me tuvo cautivo en el patio de comidas del Village Caballito y embobado por más de media hora (nunca son cinco minutos cuando se dice que algo durará “cinco minutos”), pongámosle por nombre “Pablo”, porque nunca se lo pregunté, era uno de los miembros fundadores de la Iglesia Maradoniana. Esta sí que no es una invención mía, esta sola, lo aclaro para los descreídos. Acá está la página:
https://eses.facebook.com/iglesia.maradoniana‎ (buscando este vínculo encontré un blog de otra iglesia maradoniana en Barcelona (¿se esparcirán como los Clubs de la Pelea?): iglesiamaradonianabarcelona.blogspot.com/). Uno de los actos solidarios que la Iglesia Maradoniana organiza todos los años, el día del natalicio de su eterno homenajeado, es decir el 30 de octubre, es repartir entre los pobres y humildes de la calle, no medicamentos ni alimentos, sino camisetas de la Selección argentina con el número 10 en la espalda. Les llena de orgullo semejante acto sin fines de lucro y repleto de patriotismo, y poder ver a todo un aluvión de indigentes y homeless caminando por la ciudad, portando la camiseta de la persona que más cerca está de ser Dios -para ellos, claro-. 

En una ocasión, un hombre se acercó arrastrándose. Era gordo, de pelo negro azabache, lucía una barba rala y, a juzgar por su aspecto, hacía mucho tiempo que no tenía contacto con el jabón. Al parecer era mudo y sus brazos parecían bastante inútiles, por lo que se movía con demasiada dificultad, arrastrándose como de costado. “Pablo” se agachó con la camiseta en la mano rogando que el talle le quedara bien. Entonces sus miradas se cruzaron y algo pasó…

- ¿Qué pasó?, pregunté casi al borde del paroxismo. 
- Me di cuenta de que era él… no me preguntes cómo lo supe, simplemente lo sentí. En toda mi vida no he tenido una sola certeza: cambié varias veces de carrera, de pareja, de vivienda…Siempre estuve muy desorientado… pero de eso estaba seguro: ese tipo no podía ser otro que Diego Armando Maradona. El discapacitado pestañeó como asintiendo, como diciéndome algo…
- ¿Y qué hiciste?, interrogué desconcertado. Me contestó con una pregunta:
¿Qué iba a hacer…? Lo llevé a vivir a mi casa.
- ¿Al hombre de la calle? 
- Te digo que era el Diego, posta... El que le metió el gol a los ingleses, el único tipo que amé en mi vida.
Day Lewis en una notable interpretación
que le valió el Oscar e inspiró a Pablo

Pablo, dueño de una convicción asombrosa y de un alma sumamente caritativa y altruista, llevó a vivir al “supuesto” Maradona a su casa, lo que le valió el divorcio; separación esperable dada la serie interminable de pendejadas que había llevado a cabo (a pesar de que parecía buen tipo) y que culminaron con este hecho tan extraño… Pablo investigó todo tipo de sistema para poder comunicarse con el hombre sin piernas y fue a dar con unas películas como Mi pie izquierdo, donde los protagonistas, incapaces de expresarse a través de una vía oral o escrita, configuran un lenguaje mediante alguna parte de su anatomía, como un simple pestañeo. Finalmente lo logró…pero no ahondó al respecto (¿y si lo había inventado todo?).

Años y más años estuvo Pablo transcribiendo la que con los dedos pronunció como “La Historia Oficial”, la verdadera historia de Maradona. El exjugador le contó qué fue de su vida desde aquella fiesta, sus penurias para sobrevivir y el tiempo que le llevó volver a Argentina arrastrándose desde Guatemala y escondiéndose de la ley (hecho casi imposible que -pienso- coquetea más con el Realismo Mágico que con la razón). Le dijo que durante sus viajes había sido asistido por un exempleado de la FIFA, quien, culpable por la suerte que había corrido el número uno, se propuso dar con él y ayudarlo. El que hasta hacía no mucho tiempo trabajaba codo a codo con Havelange, había sido despedido por negociar con el presidente de la Asociación de Fútbol Argentina (AFA) el descenso de uno de los clubes más importantes y legendarios de la historia: el Club Atlético Independiente.

La persona expulsada por el mal desempeño de sus funciones, le contó que un impostor se había adueñado de su vida (como en la película El quinto elemento con Arnold Schwarzenegger cuya trama confunde astutamente al espectador, a punto tal que, en un momento determinado, uno no sabe si el que disfruta de la familia es el protagonista o su clon). Y también le aseguró que ya no tendría manera de recuperarla, que tendría que aceptar las cosas como eran. Juntos llegaron a la Argentina en un barco filipino y Diego tuvo que dedicarse a lo único que una persona en sus condiciones podía hacer: mendigar. Encima se quedó solo, porque su único compañero había muerto de cáncer de mama. 

- ¿Entonces era una mujer?, le dije con tono de reproche, como mostrando que se había equivocado. 
- Es difícil de explicar… era una especie de “empleadatrón”
- ¿Qué cornos es eso?
- Una especie de trabajador robótico y humano que a la vez comprende ambos sexos… o sea, tiene la inteligencia y velocidad de una máquina pero padece indistintamente de enfermedades masculinas o femeninas… Otro intento fallido de la FIFA por conquistar el mundo… Entonces comenté: 
- ¡Qué raro todo esto que me estás contando, che...!

Tiempo después, Maradona, que guardaba en algún lugar de su memoria la existencia de la Iglesia Maradoniana y de las donaciones de camisetas en las plazas céntricas, logró llegar a una y aguardar que esa noche de su cumpleaños (ya ni sabía en qué día vivía) pudiera “conectar” con alguien, que alguien de la organización se fijara en él y se preguntara o viera algo distintivo en su persona… o en lo que quedaba de él. Y eso fue exactamente lo que pasó. Realmente parece una novela. Maradona vivió varios años en la casa de Pablo, cómodo y bien atendido, pero como recompensa por todo la confianza que este muchacho había depositado en él, mendigaba por la zona de Recoleta (Pablo lo llevaba en su coche y de ahí se iba a trabajar). 
- Esta es la última foto que tengo de él… murió hace unos años (una lágrima rodó por su mejilla). Me la extendió y quedé helado… ¿Era Maradona realmente o alguien muy parecido? Tenía la camiseta nacional y su cara redonda era inconfundible… Estaba tirado en el piso y le faltaban las piernas, tal cual me dijo. Las manos habían sido reparadas mediante cirugía, pero ¿era?… 
El lamentable estado de Maradona, años antes de morir
¿Cómo podía dudar de alguien que había dedicado tantos minutos de su vida a un extraño, o sea yo, solamente para contarle esta historia, y con verdadera fruición? El relato fue sin dudas elaborado, repleto de detalles y casi no tenía huecos… En todo caso, ¿era la verdad? Le pregunté cortésmente si podía tomarle una foto con mi celular a la imagen y luego de titubear unos segundos aceptó. Me dijo: “Te dejo hacerlo solamente porque es necesario que esto se sepa.” Apenas lo hice, arrebató la foto de la mesa con gesto firme y me dijo que tenía que irse. La simpatía parecía haberse acabado. Le pregunté si no le daba bronca que existiera un ser falso haciéndose pasar por el original. Me dijo que en cierta ocasión lo rastreó y habló con él y estaba tan bien programado -hasta por encima de su conciencia e inconsciencia-, que ese doble creía firmemente ser el auténtico. No había nada que hacer con él… En definitiva, no era su culpa.
Me pidió que investigara y difundiera su versión que, según él, los fraudulentos manejos de la FIFA se encargaban de silenciar. Yo quedé solo en la mesa del Village, como agotado. La gente pasaba indiferente por delante de mi mesa con sus bandejas de Burger King repletas de comida, mientras yo meditaba que por más que fuera cierta o falsa, había una nueva historia que el mundo tenía que conocer. Y es esta.

CORRECCIÓN SILVIA T