Música para flotar

Mostrando entradas con la etiqueta Teatro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Teatro. Mostrar todas las entradas

domingo, 17 de agosto de 2014

Un día, en la BAN! 2014

Logotipo del evento
El lunes 4 de agosto asistí al Centro Cultural San Martín, lugar donde se estaba llevando a cabo Buenos Aires Negra (BAN!), es decir, el Festival Internacional de Novela Policial de Buenos Aires. Si bien su nombre suena muy rimbombante y quizá pretencioso, el espacio destinado a dicho Festival (un salón anticuado del primer piso,  con luces de oficina, como si fuera de los años setenta), el escaso público que asistió hoy y los días previos y la dudosa trayectoria de muchos de los expositores, daban a pensar que esta era una de otras tantas argentinadas, una fantochada literaria organizada por unos cuantos snobs para llenarse la boca hablando de ellos, como es el caso del insoportable moderador cuyo nombre todavía desconozco. Apoyo la idea y la moción de celebrar un Festival así, pero hace falta mucha cultura para poder llenar la sala, así como en su momento hizo falta concientización sobre la importancia de la bicicleta antes de trazar las incómodas y peligrosas bicisendas. Este Festival es una buena idea, lamentablemente mal realizada. Extraña la calidad de los auspiciantes (Tusquets Editores, Random House Mondadori, Fundación El Libro, entre otros) y el poco provecho obtenido de ellos. 

Este es el cuarto día del evento y aunque no haya ido las dos veces anteriores, ya que no se publicitó lo suficiente, puedo inferir que por el modo en que se lleva a cabo, BAN! no representa más que un intento desesperado por aparentar multiculturalismo, cultura e intelectualismo popular... es decir, espejitos de colores. 

El eslogan del Festival es: “Donde el crimen real se mezcla con el crimen de ficción”. Y en el folleto oficial disponible para todos los asistentes, en una especie de nota editorial, Hernán Lombardi, Ministro de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, dice que “esta innovación sentó escuela, que otros festivales recogieron el guante e incorporaron a sus eventos personas relacionadas con el crimen real”. Listo, entonces ya no nos falta nada: Papa argentino, reina holandesa, invención de la birome, creación del dulce de leche… y ahora esto, como para no quedar siempre tan arrogantes frente al mundo. 

La entrada para ingresar a la BAN!
Pero lo que quiero contar es algo específico que pasó ese día en cuestión. Algo que los medios no van a difundir y que quedará guardado en la memoria de cada uno de los presentes. Algo que nos pidieron no revelar, pero yo me debo a la verdad aunque genere malestar, como ha pasado otras veces...

Esa tarde concurrí motivado por la charla del autor mexicano Paco Haghenbeck, quien disertaría sobre la Narcoliteratura Mexicana. Él era el expositor que cerraba el día pero, como empezaba a las 21, decidí ir más temprano a escuchar a un tal Rodolfo Palacios cuya propuesta era interesante: Los Walter White Criollos era el título de su exposición y se proponía indagar sobre los aspectos que convierten a un hombre común en un criminal, basándose en la figura ficcional del protagonista de la serie Breaking Bad. Para los que no la siguen, la serie norteamericana se centra en un gris profesor de química de una escuela secundaria, quien se entera de que padece una enfermedad terminal. Ante la angustia de pensar que su familia va a quedar sin sus ingresos como docente, hace uso de sus conocimientos y empieza a fabricar efedrina, convirtiéndose en pocos capítulos en un temible delincuente y narcotraficante. Debo confesar que la serie no me atrapó personalmente y no continué mirándola luego de la primera temporada. 

El orador, Rodolfo Palacios, quien dijo que había hablado muchas veces con los más peligrosos malhechores argentinos, como Robledo Puch, Barreda y muchos ladrones de bancos como la Garza Sosa o los responsables del memorable atraco al Banco Río, de Acassuso, dejó una serie muy interesante de reflexiones. No las voy a enumerar aquí porque estaría nuevamente desviándome de lo más llamativo de todo, pero sí las voy a vincular con los hechos que narraré a continuación. 

Palacios en plena exposición
Entre los pocos concurrentes, había un muchacho de cabello largo y colorado con colita, de tez blanca y algo pecosa, dueño de uno de esos rostros europeos que rara vez se ven por estas pampas. Vestía una campera náutica amarilla, una especie de rompevientos, unos jeans gastados y unos borceguíes de color marrón oscuro. Tenía las piernas cruzadas, la mirada fija en el expositor, y un cuaderno en el que hacía anotaciones compulsivamente. La birome era una clásica Bic azul. 

Palacios, que es un hombre física y estéticamente muy parecido a los personajes de sus historias, contaba anécdotas a partir de las preguntas disparadoras que le hacía un moderador que, por lo que se notaba, poco y nada sabía sobre su obra. 
El disertante dijo en un momento que la persona que comete un crimen queda transformada por ese acto, que ya no vuelve a ser igual. El hombre colorado, que no pasaba de los cuarenta años, resopló pesadamente y se acomodó en la silla. La frase parecía haberle removido algo dentro. Hasta que en otro momento, el expositor dijo algo así como que “el delincuente siempre, de una u otra forma, busca el reconocimiento...” Entonces, el hombre de campera amarilla dijo con un tono neutro y en voz muy baja: “No es cierto”. Yo lo escuché y quizá las personas que estaban sentadas delante de él, pero nadie más. Todo seguía normalmente, pero el hombre volvió a repetirlo ahora aumentado un poco el volumen de voz: “No es cierto”. Algunos asistentes ubicados a los costados giraron en busca de esa frase que creo tuvo que haber llegado donde estaban Palacios y el moderador, pero consideraron que era mejor ignorarlo. Entonces, el hombre se paró dejando caer al piso el cuaderno y la birome, y con los ojos prendidos fuego gritó desaforadamente: “¡¡¡NO ES CIERTO!!!” Luego empezó a respirar agitadamente, como quien se recupera de una extensa maratón. El silencio era palpable y lo único que se escuchaba eran los jadeos del responsable de la interrupción. Yo tragué saliva y bajé instintivamente la cabeza mientras sentía un calor que me subía por el cuello. Espié a las dos personas del escenario: el moderador miraba para los costados, como buscando ayuda o tratando de entender. Palacios tenía cara de nada, como acostumbrado a este tipo de arrebatos inusuales para la mayoría. El hombre colorado seguía parado y la gente posaba la mirada en él o en Palacios, o la alternaba de uno a otro; eran como dos jugadores de tenis disputando una final imperdible. Palacios, con gran altura, tomó una postura recta desde su sillita alta y le preguntó muy canchero: “¿Nos quiere contar, amigo, qué cosa no es cierta?” 

Una imagen de archivo del criminal 
Creo que todos celebramos silenciosamente en nuestros asientos el modo elegante en que el especialista en Breaking Bad salió airoso de tan difícil momento. Pero su tono relajado y su cordial vocativo no lograron tranquilizar al hombre de cabello colorado que parecía temblar en el lugar. Luego de unos segundos que parecieron océanos de tiempo, ya sin tanto jadeo, le retrucó: “¿Vos qué mierda sabes de los chorros? No sabes un carajo, gato.” Palacios se quedó desconcertado, ya que no esperaba tal respuesta, y más considerando que él realmente era un tipo del palo, es decir, que tenía amigos ladrones, asesinos y, a su manera, los entendía. Pero esas palabras fueron como una cachetada, y mientras su mente resolvía qué contestarle, el hombre de tez lechosa, en un movimiento veloz y casi imperceptible, sacó un revólver. 

Es increíble la cantidad de reacciones instintivas que puede producirte el miedo. Reacciones que uno en sus cabales y apelando a la razón no tendría. Casi todas las mujeres presentes gritaron y algunos hombres empezaron a gritarle que guardara el arma. La mayoría, entre la que me incluyo, nos tiramos al piso, como si fuéramos un bloque de hielo macizo y duro, sin conciencia de si adelante había otra silla o la misma nada. Algunos –los más cercanos a la puerta- quisieron escapar, pero el colorado les gritó que nadie podía irse. Le pidió con un tono de voz bastante amable a una chica del evento que cerrara la puerta, porque “de acá no se va nadie”, aclaró. Desde mi posición yo solo podía mirar algunos bultos de las personas en el piso y hacia la derecha los jeans gastados del delincuente. Se escuchaban gemidos, llantos, jadeos de gente que sufría bajo un estado de shock. 

Uno de los extraños concurrentes
de la BAN tomando leche de sachet
Entonces, Palacios fue a la carga: “¿Qué querés, chabón?” El moderador, que desde la aparición del revólver tenía la cabeza escondida entre sus brazos y hubiese deseado ser un avestruz para esconder su cabeza en un profundo hoyo, tenía una visible mancha de orina a la altura de los genitales que se esparcía lentamente haciendo una perpendicular hacia la rodilla. Era una sola gota, pero esa gota trazaba un camino oscuro y delator en sus pantalones color crema. El colorado respondió sin anestesia: “Quiero matarlos a todos.” La euforia y la desesperación aumentaron un mil por ciento. Todos gritaban o gimoteaban esperando que la policía irrumpiera en cualquier momento y le diera su merecido al asaltante que, por la frase que pronunció, se notaba que tenía muy poco tacto con la gente. 

Yo tenía los ojos cerrados y trataba de no pensar en nada, pero los sonidos que me llegaban eran desoladores. Las piernas ya se me estaban entumeciendo así doblado como una víbora en esa selva de patas de sillas metálicas. Palacios, siempre con las manos casi en alto, le pidió que confiara en él... pero el dueño del arma le dijo que no confiaba en la gente decente porque tienen miedo. Me pareció una frase bastante buena, al menos para pensar luego. Sentí una punzada en el estómago y recordé que, como a todos los integrantes de mi familia, los nervios nos atacan a los intestinos y no pude contenerme... Sin entrar en detalles desagradables, mis piernas quedaron completamente cagadas. La cosa parecía no avanzar, como si fuera una escena trabada en un taller de teatro cuyos personajes ya han arrojado todos sus argumentos, sin lograr que el conflicto desaparezca. 

De repente escucho que Palacios dice: “Hasta acá vamos, Juan” y empezó a aplaudir. El ladrón también. Dos o tres personas, que habían llegado con el expositor y estaban acodadas al costado del estrado, los imitaron: todo había sido una maldita representación. El moderador levantó la cabeza en cámara lenta y se puso blanco cuando vio al supuesto delincuente abrazado a la persona a quien él, hacía pocos instantes, le formulaba preguntas. Algunas personas, aún aterrorizadas y desconfiadas, seguían en el piso. El mismo hombre de cabello colorado empezó con un tono amistoso a decirle a la gente que se levantara, que todo había sido una escena pactada. Palacios, mientras tanto, explicaba que quería transmitirle al auditorio la sensación real que se experimenta en una situación extrema, con delincuentes armados. “Por supuesto”, agregó, “esta es una situación muy light.” “Además, ¿qué mejor lugar que este?, una convención de novela policial... ¿No es genial?, insistió, para terminar apelando a su última -única- carta: paradójico el planteo... pero brillantemente vanguardista. 

Algunos apuntes sobre la disertación
de Palacios hasta la interrupción
Algunos empezaron a insultarlo con motivo, otros hasta parecían querer acercarse a pegarle; y el moderador, todavía sorprendido, parecía decirle con las cejas arqueadas “¿Cómo no me avisaron de esto a mí?”. El malestar era tan generalizado que Palacios tuvo que pedir disculpas. Su compañero demostró que el arma era de agua, dijo que él era actor y que una vez había actuado como extra en una obra con Alfredo Alcón... Antes de que la gente se retirara indignada, un representante del Centro Cultural entró y nos pidió a todos que no divulgáramos lo que acababa de pasar, que realmente había sido “bochornoso” y una verdadera “falta de respeto” al público. Palacios y Juan se miraron bastante avergonzados, y en esa mueca de arrepentimiento uno podía advertir lo lejos de sus intenciones que había estado su acting. Sin dudas no lo volverían a repetir, aunque en otros países había funcionado a la perfección y grandes auditorios habían aplaudido de pie... como esperaban que pasara acá, en el Centro Cultural San Martín. ¡Pero no pasó! Con tristeza, el pelirrojo Juan pensó en el fracaso de esta actuación que creía lo iba a catapultar finalmente a la fama, después de una larga carrera signada por la mediocridad. En cambio, no solo su interpretación había sido mal recibida por el público, sino también paradójicamente censurada por los responsables del Festival para impedir su difusión en los medios…

Luego, el mismo representante dijo que para evitar quejas o reclamos o “algo peor” estaban dispuestos a regalarnos entradas para todos los espectáculos que quisiéramos en el año. La gente, codiciosa por naturaleza, pareció olvidarse inmediatamente de lo ocurrido y una sonrisa malévola ya se plasmaba en sus caras. “Con respecto a ustedes... ya conversaremos de lo que acaba de pasar”, amonestándolos como si fuera un preceptor castigando a dos alumnos ante una travesura. Me hubiese encantado ir a la boletería y vaciarla, hacer valer las promesas con las que nos habían sobornado, llevarme cientos de entradas gratis y asistir al teatro todos los días... pero estaba verdaderamente incómodo con todas mis heces entre las piernas. Cada vez que las flexionaba parecía que caían un poco más. Era una sensación en extremo nauseabunda. 

Salí por la puerta de la calle Sarmiento y tomé un taxi. Me senté con cuidado y abrí con cautela la ventanilla para que el olor no se percibiera. El conductor me escudriñó por el espejo y en el primer semáforo me preguntó, algo molesto: “¿Tenés calor, flaco? Hay trece grados...” Cualquier mentira que le hubiera dicho no hubiese bastado para engañarlo, así que simplemente le dije con tono superado: “Soy un pibe caluroso” 

                                               ++++++++++++++++++++++++++++++

La foto cholula con Paco Haghenbeck
luego de su interesante disertación











Epílogo: Como no me quería perder la charla de narcoliteratura porque no había motivos para suspenderla (salvo que siguiendo con la locura de lo que había pasado aparecieran unos cuantos sicarios, rancheros mexicanos locos y nos tomaran de rehenes; pero no, demasiada ficción no podía ser verdad), llegué a casa y me metí en la ducha, con ropa y todo. Me cambié y volví a salir. Para mi sorpresa llegué con tiempo de sobra, ya que Paco Haghenbeck se estaba acomodando para comenzar su disertación. Luego de escuchar y hacer anotaciones sobre su interesantísima exposición, me saqué esta bonita foto con él. Luego, como si la suerte fuera una veleta que virara de repente, hubo un sorteo y me gané un libro de Mankell: “Huesos en el jardín”. Al fin y al cabo, reflexioné, esta no ha sido tan mala noche…




Lectura de lince, corrección y compañera 
en las jornadas de la BAN!: Silvia T.

viernes, 27 de junio de 2014

Miss Flor

Una postal desde el 132
La semana pasada viajaba sentado en un colectivo de la línea 132, absorto en la lectura de un libro de César Aira y escuchando música, cuando una persona se paró a mi lado y se agarró del pasamanos del asiento de adelante. Mi reacción inmediata fue mirarla, por un inevitable instinto de curiosidad y porque su altura había tapado bruscamente la luz que daba sobre mi libro. Era una mujer madura, de tez trigueña, con algunas pecas que manchaban dulcemente sus mejillas, labios finitos que delineaban una boca grande, larga mejor dicho, cabello castaño lacio y un mechón que le caía juvenilmente por la cara tapándole parcialmente el ojo izquierdo. Su nariz era fina y puntiaguda y sus ojos eran enormes y hermosos, casi que se podía nadar en ellos. Sus pestañas parecían capaces de acariciarte debido a la longitud que tenían. Tenía rubor en la cara y llevaba los ojos delineados sutilmente. No usaba rouge y sus labios se veían un poco descuidados. Vestía ropa de trabajo, pero no llegaba a ser formal: camisa color crema con las mangas semiarremangadas, pantalón pinzado escocés, zapatos de un tono oscuro que combinaban con una cartera un poco grande para su contextura; alta, pero muy delgada. En la mano libre cargaba una bolsa blanca con el nombre de una conocida cadena de librerías, en la que parecía llevar exámenes. Volví a retomar la atención en la novela pero algo en mí se encendió cuando recordé quién era…
Cuando yo cursaba la escuela primaria, no recuerdo con exactitud mi edad, pero habrá sido entre mis 10 y 13 años, tuve como profesora de Inglés a una chica muy joven llamada Florencia, o “Miss Flor.” Los amores de un niño son muchos y frecuentes, pero en cualquier caso son intensos y yo me había enamorado perdidamente de ella.                                                                                          Por supuesto que cuando uno recuerda desde la adultez las cosas se desvirtúan inevitablemente y la nostalgia solo sirve para matizar una situación que se justificaba en un anhelo tanto platónico como inverosímil; pero en ese momento, cuando ya se empieza a dejar de ser un niño, todo lo que sucede es puro realismo, porque no existe otra verdad posible, y no hay noción de nada más allá de lo que vivimos.                                              
Yo de "negrito" abrazando a mi tío y abuelo
En el acto de fin de año, actué de "negrito" y tuve que entonar una canción junto a un grupo de compañeritos cuyos rostros también habían pasado por el corcho quemado. Miss Flor nos coordinaba y yo le pedí encarecidamente a mi papá que la filmara solo a ella, que durante la interpretación se olvidara de mí y  se focalizara exclusivamente en su figura. Era chico, pero tuve una noción evidente de que la perdería, de que esa circunstancia era nuestro último momento juntos en la vida y pensaba que posiblemente una cámara lograra la ilusión de poder quedarme con un poquito de ella, al menos con su imagen. Por suerte, por amor a mí o porque papá es papá –con todo lo que eso implica–, siguió al pie de la letra mis anhelos y la figura de Miss Flor (ubicada de espalda a los padres, de frente a nosotros), ocupó gran parte de la filmación para enojo considerable de mamá que no lo podía creer cuando nos juntamos alrededor de la televisión, y vimos como el zoom se acercaba y se alejaba de esa estrecha figura. Yo era el único que no podía culparlo por su enorme gesto, ¿acaso alguien podía resistirse a la belleza de mi maestra de Inglés? En absoluto. Sentirse tentado por ella era casi un principio básico, una verdad absoluta. Además, ella era dulce, amable y, de alguna manera, simétrica, sensual y maternal al mismo tiempo.                                                                  El año lectivo terminó, pasé de grado y Miss Flor quedó algo olvidada y relegada seguramente por una nueva profesora de cualquier otra materia, aunque a decir verdad nunca tuve profesoras lindas de Matemática, Ciencias Naturales o Química (mi colegio primario no era mixto y casi no conocí chicas, fuera de mi prima y la hermanita menor de mi compañero Juan Pablo). Yo la seguía viendo por los pasillos pero ya no era lo mismo. Me habré enamorado muchas veces más, pero ninguna maestra me generó tanta adrenalina y entusiasmo; y a pesar del tiempo vivido, no recuerdo la cara de ninguna otra  profesora ni otro nombre que el de Florencia, Flor, Miss Flor, mi maestra de Inglés del colegio. 
Mi promoción y destacada, mi cara de payaso

Cuando volví a alzar la mirada –sin dudas era ella–, comprobé que el tiempo la había castigado levemente al costado de los ojos donde se vislumbraban los años transcurridos, su cuello presentaba arrugas indisimulables que intentaban pasar desapercibidas con una chalina, y parecía algo cansada. Sin embargo, el paso del tiempo no había podido con su belleza, aunque para mi decepción, no la vi tan hermosa como la recordaba. La contradicción me desconcertaba, la veía tan parecida a la que recordaba y a la vez tan distinta a la que había sido... ¿Pero la estaba asimilando tal como se me presentaba ante los ojos o la encontraba como me hubiese gustado verla? No podía determinar lo que había cambiado. A pesar del tiempo, que suele ser una variable algo caprichosa para considerar, no lograba darme cuenta. Finalmente lo entendí: ¡ya está!, me dije. Descubrí que el que había cambiado más era yo mismo. La idealización que alguna vez supe construir de ella se había terminado, ya no encarnaba a esa mujer-ángel-profesora-madre ni ocupaba más ese pedestal donde alguna vez la había colocado; ahora solo era una mujer terrenal aún bonita, pero avejentada, que viajaba en un colectivo. Su juventud pertenecía al pasado, pero cómo no habría de serlo, ¡si mi propia juventud acaso estaba terminando! Los años me quitaron la inocencia y si antes ella simbolizaba una Eva de pizarrón, ahora no significaba para mí más que una mujer como cualquier otra. El tiempo, siempre tirano, nos había emparejado socialmente de alguna manera: antes fue mi maestra, ahora yo soy Licenciado en Letras.  Había un abismo entre nosotros. ¿Se pondría contenta al saber que me había dedicado a dar clases? En un segundo pensé en todo lo que había pasado luego de ella y ¡uff!, resultaba imposible recordarlo en tan poco tiempo. Tantos cambios, tanto crecimiento, tantas mujeres, ¿por qué no?… (¿Por qué será que con el paso del tiempo uno se vuelve más exquisito con la elección de las chicas? Será porque antes uno era chico y no tenía ni experiencia, ni margen de comparación ni posibilidad de elegir: lo que se daba estaba perfecto). Posiblemente ahora, si no la conociera de antes, no hubiese logrado cautivarme.
 
El "negrito" se licencia años más tarde
Sentí deseos de hablarle pero, a la vez, creí que naturalmente no iba a recordarme, (los profesores desconocen lo mucho que pueden marcar a alguien, y sé que en el futuro me sucederá; me encontraré con alguien que me diga con mucho entusiasmo que mis clases o la vez que hablé del Quijote influyeron en él o lo llevaron a estudiar Letras; aunque, con que me diga que me recuerda como una buena persona estoy hecho). Y si hubiese tenido que trabajar su memoria en un colectivo, no me iba a sentir cómodo. Por el contrario, se me ocurrió que la iba a hacer sentir vieja, y no quería eso. Miré su mano y advertí un anillo de casada, no recordaba haberlo registrado antes. ¿Qué importaba ese detalle en todo caso? Seguro tendría hijos un poco más chicos que yo. ¿Qué le podía decir?: “Fui alumno tuyo de 4º o 5º grado y ¿estuve enamorado de vos?”. Me sentí tonto. Tonto pero chiquito, volví a ser su alumno, volví a ser el negrito de aquella obra. Seguía sentado en ese asiento, pero tuve la sensación de haberme empequeñecido: sentí que todo mi cuerpo tomaba dimensiones de pigmeo. Me convencí de que era mejor dejar las cosas como estaban, porque a veces tienen que seguir su rumbo sin que hagamos el más mínimo esfuerzo para modificarlas. Quizá, si le hablaba, ella podía mirarme como a un loco y dejarme irremediablemente desconcertado. En cambio, si dejaba prevalecer el misterio  forjando un pacto silencioso, eso nos permitiría a ambos bajar de ese colectivo en paz. Prefería tenerla en mi memoria por todo lo que recordaba de ella y no iniciar una nueva y absurda página de un libro que ya hacía rato no tenía hojas o que nunca las había tenido.                                                              Levanté la cabeza y la volví a mirar justo cuando enfiló hacia la puerta trasera. Se bajaba del colectivo. Quedé muy impresionado. Quise verla caminar, reconstruir aun más ese rompecabezas y me estiré por sobre el pasajero de mi derecha pero se fue hacia el lado contrario, donde mi vista ya no pudo alcanzarla. Alguna vez yo dejé su vida, no obstante solo fui un alumno más, pero ahora era ella la que dejaba la mía; y estaba bien que así fuera: muchos negritos aguardaban seguir enamorándose de Miss Flor. 
Un asiento vacío, toda una metáfora
CORRECCIÓN, EDICIÓN, PULIDO Y TANTAS OTRAS TAREAS: SILVIA T.

domingo, 13 de abril de 2014

De excelente actor mafioso inglés a destacado otorrinolaringólogo argentino

Una postal del film autografiada
Abrumado por el repentino e inesperado éxito que le significó la memorable interpretación de “Harry, el hacha Lonsdale” en la primera película del director Guy Ritchie -estamos hablando de Juegos, trampas y dos armas humeantes (Lock, Stock and Two Smoking Barrels), de 1998-, P. H. Moriarty abandonó la actuación por completo. Su historia y los caminos que causaron que este médico inglés terminara trabajando como otorrinolaringólogo en la Clínica San Camilo, en el barrio porteño de Caballito, tiene ribetes bastante curiosos. 
Nacido en 1939 con el nombre de Peter Harry Moriarty, en la ciudad británica de Manchester,  desde niño, decían sus padres, podía advertirse fácilmente que la medicina sería su destino, que simplemente lo llevaba en su ADN. Su madre, Carol Rotten, según algunas anotaciones que pudimos tomar de su diario íntimo, escribió alguna vez que su pequeño, regordete y único hijo, “destrozaba las muñecas que pedía como obsequio, para luego volver a coserlas y <<curarlas y sanarlas>>; y entonces la satisfacción brillaba en sus ojitos”.                                                                   
El Dr. Moriarty en su consultorio en Buenos Aires
Carol era maestra en una Escuela Normal y Peter, desde que tuvo uso de razón, admiró el compromiso que Carol tenía con sus alumnos: caminaba 30 yardas (esa es la medida en Inglaterra) por un camino de tierra que se inundaba con facilidad, para llegar a un precario embarcadero; luego era conducida por un barquero en un bote destartalado lleno de cucarachas. Cuando llegaba al otro extremo debía subir y bajar ineludiblemente tres montañas y ahí aparecía la diminuta institución educativa. Esta rutina la repetía seis veces por semana por absoluta vocación, ya que amaba su trabajo; curiosamente era una de esas extrañas docentes a las que les gusta educar. El padre de Peter era argentino, tucumano para más datos,  y había huido de su país en circunstancias muy poco claras y en un clima político algo enrarecido. Sin una educación formal ni un trabajo estable, se dedicaba a prestar su bello rostro para publicidades y comerciales; sin embargo, al contrario de lo que uno pudiera pensar, esta actividad lo frustraba enormemente puesto que él se consideraba  por naturaleza un actor serio capaz de interpretar a Shakespeare o a Chejov. Pero los años pasaban y esa posibilidad le era cada vez más esquiva. Conoció a Carol una vez que, sin saber muy bien por qué, terminó haciendo una obra de teatro infantil con unos amigos en la escuela donde ella trabajaba… La maestra se enamoró de él perdidamente y sin remedio.
                                             ******************************
Dejemos esta historia acá y adelantémonos algunos años… cuando por pedido explícito del abuelo argentino, Peter, ya padre y meritorio doctor en medicina, llevó a su pequeño hijo Noel para un casting de un postre helado. El nene era demasiado bonito y si bien a Peter todo ese mundo le parecía muy frívolo (más considerando las angustias existenciales que Peter le había sospechado a su padre desde siempre), no quería que Noel se decepcionara  si no llegaba a ser el elegido. Pero a la vez pensó que estaba haciendo muy feliz a su padre, que tomaba esto como una revancha personal, porque si él no había podido lograrlo y su hijo había desdeñado la actuación, cifrar todas las esperanzas en el nieto le parecía lo más lógico. Esto debía ser solo el puntapié inicial. Alguien lo descubriría y sería un actor renombrado y famoso, importante, e interpretaría a los clásicos… El abuelo amaba a su familia, a su país y a su equipo de fútbol, el Manchester City, pero por sobre todo amaba a su nieto que, desprovisto aun de voto y de razón, podía ser conducido de a poco a las tablas y luego a la Televisión hasta llevarlo finalmente al Cine. Su hijo Peter, médico  y hombre de ciencia, era demasiado sensato y práctico desdeñando secretamente sus esmerados intentos por convertir a su pequeño Noel en una estrella mundial. No había podido alejarlo de la Medicina a pesar de todos sus esfuerzos…
El día del casting, el abuelo se preparó como si la prueba la tuviera que dar él. Siempre que podía, este hombre algo calvo, de piel rojiza y bigotes blancos como la nieve,  alardeaba de sus pequeños éxitos televisivos, que eran pocos y mediocres, pero él los hacía relucir de manera asombrosa, al punto que la gente pensaba que tenía ante sí  a un actor imprescindible a quien los medios de comunicación habían maltratado. Peter también quiso acompañar a su hijo en este, su primer casting, esperando que fuera el último. Los tres, abuelo, padre e hijo estaban sentados en un pasillo repleto de niños que corrían incansables de un lado para otro. En las paredes había dibujos de Popeye y sonaba una música infantil, como con tambores y cambios grotescos de voces (¿Sería Flavia Palmiero y la Ola Verde?).
Uno de los niños en el casting
 El abuelo estaba ansioso, soñaba con ver su apellido en una marquesina; su hijo estaba algo nervioso, tenía una operación programada en un par de horas en el hospital que quedaba del otro lado de la ciudad; y su hijo Noel no entendía mucho qué estaba haciendo ahí –aunque secretamente su intuición le indicaba que entre su padre y su abuelo había una contienda misteriosa que se le escapaba, que no estaba en condiciones de comprender–. El griterío era espantoso y el calor empezaba a hacer brotar los nervios de los cientos de madres, padres, tíos, abuelos o tutores que se encontraban en el estudio de la calle John McDowell. Pero una voz resonó tan fuerte, nítida y grave que el lugar enmudeció y los chicos guardaron por primera vez un silencio sepulcral, y lo más curioso: sincronizado. “¡Lo encontramos!” “¡Lo encontramos!”. El sonido anticipó a la persona que apareció tras la cuarta repetición de la frase. Un hombre vestido algo excéntrico con un saco a cuadros verdes y pantalones con lunares amarillos, calzado con zapatos de cuero de víbora caminaba lentamente por el pasillo. Los adultos tragaban saliva, esperanzados en que su retoño fuera el destinatario de esas palabras tan celestiales. Pero uno solo sería el elegido…se detuvo frente a los Moriarty. El abuelo masculló “Yo sabía que Noel la iba a pegar”(por supuesto, lo dijo con palabras inglesas y más refinadas)... pero el hombre del grito extendió su largo brazo y apoyó la mano en el hombro de Peter quien abrió los ojos demudado, quizás algo exageradamente. El dueño de esa mano, lo miró a los ojos y le dijo: “Usted es el actor que estábamos buscando”…
Resulta que el casting para niños era toda una farsa. El verdadero propósito del Estudio era convocar a “gente común”, para extraer de ella los personajes para la ópera prima de un director hasta el momento ignoto que no contaba con los recursos necesarios para contratar actores profesionales, ni siquiera amateurs. La negativa de Peter fue firme; argumentó que tenía un trabajo serio, que sus pacientes confiaban en él, que su prestigio… pero en eso miró de reojo al padre y comprobó que cada una de sus palabras eran un cuchillo que le clavaba y que le había provocado caprichosas lágrimas en su arrugado rostro por no poder disimular tanta decepción. Entonces interrumpió su argumento, se mojó los labios con la lengua, tomó aire y le dijo al de ropa estrambótica que lo haría. El padre seguía llorando, pero ahora de alegría. En medio de los dos, Noel leía una caricatura bastante abstraído del asunto. No supo bien qué pasó, pero de alguna forma su pequeño cerebro le comunicó que una deuda que databa de años, había sido saldada. En el interín, que fue solo un breve momento, la gente se había marchado (insultando, furiosa por la estafa, decepcionada… y con sus niños dejando ríos de llanto).
Trailer de la película de Guy Ritchie

Muchos castings de esta misma naturaleza se llevaron a cabo para formar el elenco estable de la película. Una forma muy atípica de seleccionar los actores que la compondrían, pero viendo los resultados posteriores, el método tuvo un éxito fenomenal. Quizás la crítica  no le haya prestado oportunamente demasiada atención, pero la trama, escindida y laberíntica, las actuaciones, los personajes, el guión y la música hicieron de esta una película excelente. Habría sido genial estar en la casa de Peter al momento en que leía por primera vez sus líneas… porque estaba aterrorizado con su personaje. Era un mafioso violento y psicópata (que hasta llega a matar a alguien a golpes con un pene de goma) que amasa una fortuna, gracias al juego clandestino, las drogas y la prostitución. Peter, cuya ambición secreta era ganar el Nobel de la Paz, estaba martirizado con la idea de interpretar a alguien tan ajeno a él, a sus maneras, a su bondad infinita y a su amor por el prójimo. Pero se confortaba cada día al ensayar el guión con su padre: lo estaba haciendo profundamente feliz.
Luego de la “vorágine” de la película (entrevistas, presentaciones, estrenos, etc.), Peter quiso retomar su trabajo en la clínica... pero cuando volvió, se encontró con otro nombre grabado en el vidrio de su consultorio. Tardó largo rato en entender lo que había pasado y cuando lo supo, el mundo se le vino abajo: lo habían echado. Un poco de la furia y el cinismo de su personaje le volvieron al cuerpo y fue a hablar con el Director General para pedirle explicaciones. Damon Cocker, que era el nombre del responsable máximo, empezó diciéndole que la película le había encantado… (¡qué le importaba eso a Peter!), que su actuación había sido soberbia y sumamente convincente… y que de tan convincente… los pacientes –e incluso algunos otros colegas- le tenían cierto… temor. Peter, el buen vecino, buen esposo, buen padre, buen hijo, buen ciudadano, excelente profesional y finalmente – al parecer–  excelentísimo actor, había sido demonizado y resistido por la gente… Al contrario de lo que suponía que pasaría. Su papel lo había devorado; la ficción, una vez más, se imponía a la realidad. 
¿Es la persona o el personaje? 
Esa noche llovía a cantaros y fue a hablar con sus padres de lo que le había sucedido… necesitaba desahogarse. Tuvo que dejar el coche a dos cuadras porque no encontró lugar y no llevaba paraguas así que cuando tocó el timbre estaba totalmente empapado. Al momento que su madre abrió la puerta, un trueno retumbó bruscamente y la imagen de su hijo todo mojado le hizo dar un fuerte alarido. Peter entendió que su madre también estaba sugestionada y que ya no había vuelta atrás. El diariero de la esquina que siempre le daba charla y lo demoraba aburridamente en su camino a la clínica preguntándole estupideces, modificó completamente su actitud y le empezó a entregar el diario como con temor y lo despedía apresuradamente… El papel en esa película lo había arruinado para siempre.
Así como  indirectamente el problema tuvo su origen en el padre, la solución, parcial pero solución al fin, también provino de la misma persona. El abuelo de Noel le dijo que en Argentina, más específicamente en Buenos Aires, tenía un conocido que trabajaba en una clínica privada y podía acomodarlo allí. Peter dudó, pero cargaba con un estigma tan fuerte que el exilio se volvía una exigencia necesaria para volver a empezar. Algunos sueñan toda la vida con llegar a la fama, como su padre; él había llegado y eso solo le había acarreado dolor, pérdida y rechazo. La fama no era lo prometido, lo que la gente pensaba. Quería retomar su vida normal y en su país nadie parecía entender que él no era eso, que era una mera actuación como tantas otras en la historia del Cine. ¡Qué ridiculez! Era como pensar que si uno se cruzara con Anthony Hopkins iba a comerte un brazo por su rol de Hannibal Lecter… Quizás la sociedad inglesa era mentalmente muy cerrada… o tal vez él era –esta posibilidad lo dejaba estupefacto– un actor por naturaleza y debía amigarse con esta faceta que nunca supuso.
La Clínica San Camilo en el barrio porteño de Caballito
Años más tarde, “Pepe”, y ya no más “Peter”, se convirtió en uno de los médicos más queridos y estimados de la Clínica San Camilo (Av. Ángel Gallardo 899). Algunos pacientes, en general los más jóvenes, lo reconocían por su papel, pero lo felicitaban por su performance y ninguno le mostraba síntomas de resquemor o recelo, solo de narices tapadas. El médico inglés encontró en este pueblo una calidez que en su vida había sentido y una apertura intelectual que su país estaba lejos, lejísimos de lograr. Algunas pacientes adultas le traían dulces, las enfermeras lo miraban con cierto deseo, que para su edad era un mimo impresionante al ego, sus colegas lo invitaban a los asados y la amistad con Daniel, el oculista del tercer piso, le valió ser elegido el padrino de bautismo de su hijo. Carol y su nieto Noel se adaptaron rápidamente a la ciudad y no extrañaron tanto como pensaban el clima frio y lluvioso, la comida frita y los chistes del abuelo Moriarty,  quien desvariaba en los últimos días antes de que partieran rumbo a Buenos Aires. 

Este soy yo operado y un amigo
que reía de mis incoherencias

(mucha anestesia)
Yo fui uno de sus pacientes y él mismo me operó en dos oportunidades de la nariz (por una desviación del tabique y porque los cornetes me impedían un correcto pasaje de aire). Rescato su tono amable y divertido, su paciencia y su amor para explicarme las causas y las consecuencias de la intervención. No obstante, cuando hablaba tan seriamente, podía percibir, tras esa cara inocente, los rasgos que tan bien le imprimió a su personaje de “Harry, el Hacha”. Por ejemplo: cuando enarcaba las cejas, sentía que estaba en presencia de aquel peligroso rufián. 
Espero haber esbozado un perfil acabado o, al menos, haber dado una idea de los pasos que convirtieron a este buen actor inglés, en un excelente médico argentino.

[Dr. Miranda, si alguna vez llegara a leer este escrito, le quiero agradecer la inspiración que me aportaron sus cejas y su gesto adusto. La foto la saqué a escondidas una vez en su consultorio]         


Silvia.T., colaboradora , correctora y figura imprescindible en esta nueva locura literaria