Música para flotar

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domingo, 12 de octubre de 2014

Cacofonía mundial

La situación era insostenible, insoportable, inaguantable: el inodoro llevaba días tapado y nada lograba destaparlo. Probé con la clásica sopapa y solo terminé salpicando mis brazos de mierda y también el piso del baño. De esto me di cuenta cuando volví a la cocina dejando huellas marrones por el living. ¡Un asco! Los productos para destapar cañerías que compré en el supermercado solo me limpiaron el bolsillo y me siguieron ensuciando la economía. Me recomendaron soda cáustica. Entonces, fui y compré en la ferretería de enfrente una bolsa que me costó veinte pesos. El vendedor, que nunca sé si es amable o tiernamente falso, me dijo que no tirara el producto a las cañerías muy seguido porque terminaría dañándolas, ya que es altamente corrosivo. Parecía algo superfuerte… parecía lo que efectivamente necesitaba. 

Volví a mi casa. Subí al ascensor con la señora del “A”, vieja maldita que se queda mirando televisión hasta las dos de la mañana y cuya sordera provoca la subida indiscriminada del volumen y, en consecuencia, mi incapacidad para conciliar el sueño. Es difícil concentrarse en contar ovejitas cuando uno escucha la voz estridente de Tinelli y puede distinguir palabra por palabra lo que dice. Esa señora, de nombre Adela (lo leí en la liquidación de las expensas), nunca va a agradarme. Los vecinos del edificio no son nada simpáticos: ya llevo más de dos años viviendo allí y algunos siguen cruzándose conmigo sin saludarme, a pesar de mi cordialidad. En fin… El ascensor llegó a nuestro piso y en el pasillo ya se sentía un olor hediondo que enturbiaba el aire y hacía picar la nariz. “Ojalá Adela también perdiera el sentido del olfato”, pensé divertido. Me miró desafiante cuando la saludé. Y ella, sin responder, se dirigió a su departamento.


Abrí mi puerta y el vaho casi me derriba. Literalmente se asemejaba a recibir una trompada de excremento en la cara. No sé si la pestilencia ya me estaba volviendo loco, pero me dirigí hacia el baño y creí ver una capa oscura en el aire. Inspeccioné el inodoro… y me temblaron las piernas. Me subió una arcada y tuve que tragar saliva rápidamente. Cerré la tapa y me senté sobre ella, con la bolsa de soda caústica en las manos. Decidido, rompí el envoltorio en un extremo y volví a la cocina a llenar una pava de agua hirviendo, tal como me había dicho el vendedor. Levanté nuevamente la tapa y eché gran cantidad del producto. Nada pasaba mientras yo seguía fantaseando con que esa especie de arroz grande finalmente derretiría todo con eficacia. Pero algunos granitos quedaron flotando, otros encallados entre los soretes, algunos pegados a los costados. Entonces vertí agua hirviendo cuidando de centralizar el chorro en la soda caústica. El inodoro emitió un sonido como si se estuviera quemando: “tzzzzzz” pero era puro humo y poca acción. Los vapores eran tan potentes que tuve que girar la cabeza. En el apuro, derramé un poco de agua hirviendo en mis pantalones, lo que me hizo gritar como un loco y dar un pequeño salto hacia atrás arrojando, sin querer, la pava contra el espejo que se hizo trizas. Uno de esos pedacitos, microscópicos e indistinguibles, entró en uno de mis ojos, lo que me obligó a cubrírmelos instintivamente, y salí trastabillando del baño hasta dar con una silla y desplomar toda mi humanidad allí. 
No podía abrir el ojo, que además me lagrimeaba. Lo tenía que mantener cerrado y haciendo presión, porque en cuanto aflojaba el párpado, el ardor volvía. Tenía dinero en el bolsillo. Me puse la campera, controlé de llevar los documentos y la tarjeta de la Obra Social y tomé un taxi hasta la guardia médica más cercana... A las pocas horas, regresé a casa. Podía haber sido peor, pensé con un frío alivio, pero simplemente me encontraron un pedacito de vidrio incrustado a la derecha del iris, que un oftalmólogo gordo, con cara de Lenin, sacó con una pinza. La hemorragia que me había causado se iría con el paso de las horas, y debía usar un parche de gasa por varios días. La pigmentación podía sufrir algún tipo de cambio, pero no me importaba. Me recomendaron la limpieza del globo ocular con jabón neutro y que “tratara de no moverlo tanto”, como si levantara pesas de metal con el pobre. 

Llegué y, avergonzado, recordé que el problema del baño no estaba resuelto. Me ocuparía de eso en la mañana siguiente. Me acosté descartando la idea de cenar, de tan abatido que estaba. Y en ese preciso momento golpearon a mi puerta. “¡¡¡Puta madre que los re mil parió, vecinos hijos de puta!!!”, dije para mis adentros mientras me incorporaba no sin esfuerzo. ¿Qué podían querer? No recordaba que me hubieran tocado la puerta en todo el tiempo que llevaba en ese edificio, ni por la música ni por los gritos de las chicas... Cuando la abrí, el edificio entero estaba allí: todos con ojos encendidos. Lejos de atemorizarme, les pregunté en qué les podía ser útil. Me dijeron que no aguantaban más la hediondez y que se tornaba difícil, “imposible” gritó alguien, respirar. Una mujer se abrió paso entre sus vecinos por la estrechez del pasillo, con un perro desvanecido en sus brazos. Lo llevaba como si fuera a sacrificarlo en una ceremonia pagana. Parada frente a mí me dijo mascullando rabia: “Puffy está muerto. Vos lo mataste con ese olor a mierda y nos estás matando a todos”. Les expliqué que no existía mala voluntad de mi parte, que había probado destaparlo pero, por mi falta de tiempo y también por algo de negligencia, no lo había logrado hasta entonces. La cosa se ponía tensa, y mi única arma para disuadirlos de permanecer a mi puerta era el olor que salía de mi casa. Uno de los vecinos estuvo a punto de desmayarse. Eso logró descomprimir la situación. Accedí a recibir a primera hora a un plomero enviado por la mujer del 5to A. 

A las siete en punto, el timbre me hizo abrir los ojos o, al menos, el sano. El plomero entró con malas energías, era notorio, pero no era mi culpa. Tal vez temía que su perfume barato y acuoso, que debía persistir en su piel hasta terminar la jornada, se desvaneciera por el fuerte contraste con el de la materia fecal. Lo conduje al baño, le ofrecí algo para tomar. “Un poco de jugo, si tenés”, respondió, y me fui a hacer un té. Al rato apareció bajo el marco de la cocina, con semblante de desgracia. “No tiene arreglo esto, pibe”. Yo me quedé helado, ¿Cómo que no tiene arreglo? ¿Qué haría ahora? Los vecinos me iban a matar...Le dije que se quedara, que me ayudara, pero el plomero se mostró muy firme en su veredicto. El tufillo me hacía temblar un ojo, no podía controlarlo. El hombre empezó a toser mientras agarraba su caja de herramientas y se fue sin que yo bajara con él para abrirle la puerta de calle. 

Preocupado, consternado, decidí irme a trabajar. Lo que sucedió después no tuvo parangón. Es algo raro de explicar, pero todas las personas que pasaban por la puerta del edificio tenían sus rostros cubiertos con barbijos, pañuelos y hasta cascos. Había un pasacalle colgado: “Vecino, hermano, ¡qué soretes caga tu ano!”. Ya era una cuestión barrial. Había trascendido las paredes del baño, las del departamento, se había esparcido por el edificio, y ahora amenazaba con pudrir las calles de la ciudad. La gente, los vendedores y los comerciantes me reconocieron de inmediato: era el único que no llevaba protección contra el nauseabundo olor. Ya lo tenía tan incorporado que no me daba cuenta. Caminé hasta el subte bajo una lluvia de insultos y algunos empujones. Debía acabar con la situación de manera urgente. 

Estuve toda la tarde en la oficina buscando páginas en Internet que ofrecieran productos para destapar cañerías. Pero necesitaba algo superpotente, algo industrial, para grandes problemas, ya que el mío no parecía algo sencillo. Finalmente di con una empresa algo misteriosa que ofrecía una solución que “llegaba directamente a la obstrucción y desde ahí explotaba el nudo”. Cuando salí del trabajo, fui para allá; y en esa extraña casa del barrio de Colegiales, venida a menos, me explicaron que no debía usarse en inodoros particulares porque era demasiado fuerte, que el compuesto era apropiado para destapar turbinas, baños de animales de gran tamaño (elefantes, por ejemplo) y no sé cuantas cosas más, todo a inmensas escalas. Yo le aseguré y le recontra aseguré que debía destapar la cañería de una estancia que tenía cientos de hectáreas. “Va a andar bien, entonces”, me dijo el tipo alcanzándome finalmente el producto. Era un frasquito blanco, de forma redondeada, sin etiqueta y contenía solo 500 cm3. Por lo que costó, debía ser buenísimo. Más le valía. Además, no sé qué tipo de fábrica puede ofrecer sus productos en un garaje, pero no quise preguntar nada más. Solo quería enfrentarme al inodoro… y vencerlo. Era una cuestión personal. Siempre lo había sido. 


Cuando volví al barrio, una gran tela cubría el edificio como si lo hubiesen encapsulado, aislado de los demás. ¿Tanto olor había? ¿Había perdido mi sentido olfativo? Antes de empezar a recibir los insultos (los vecinos estaban furiosos porque el olor ahora se multiplicaba y quedaba todo adentro, sin posibilidad de que el aire de afuera pudiera descontaminar un poco), levanté triunfante el producto como si fuera la imagen de la Virgen María y les imploré que no me atacaran, que tenía la solución definitiva. Era absurdo todo lo que estaba pasando, pero a veces las cosas más irreales suceden en la realidad y uno no las discute, las toma con normalidad. Como esta que estaba pasando en mi casa, específicamente en mi baño, y que intentaba “digerir”. 


Subí corriendo las escaleras hasta el piso siete. Al parecer los ascensores estaban descompuestos: sus mecanismos se habían falseado por la humedad cacónica del ambiente. Abrí la puerta como un poseso, riendo casi, y con grandes zancadas llegué al baño. Destapé el frasquito y volqué todo el contenido. El inodoro empezó literalmente a latir, como si tuviera vida o fuera a salir corriendo o... El que se apresuró a alejarse fui yo, pero fue en vano: la explosión cubrió de mierda toda la ciudad, los parabrisas de los coches, las ventanas de los más altos edificios, las calles, las avenidas, las personas...todas llenas de excremento. La limpieza llevaría días, más bien meses, considerando la premura del Gobierno de la Ciudad por ocuparse de las cosas que realmente importan. Literalmente, yo me había desintegrado con la explosión pero, al menos, Adela se había ido conmigo y el inodoro... está destapado. 
                         

viernes, 27 de junio de 2014

Miss Flor

Una postal desde el 132
La semana pasada viajaba sentado en un colectivo de la línea 132, absorto en la lectura de un libro de César Aira y escuchando música, cuando una persona se paró a mi lado y se agarró del pasamanos del asiento de adelante. Mi reacción inmediata fue mirarla, por un inevitable instinto de curiosidad y porque su altura había tapado bruscamente la luz que daba sobre mi libro. Era una mujer madura, de tez trigueña, con algunas pecas que manchaban dulcemente sus mejillas, labios finitos que delineaban una boca grande, larga mejor dicho, cabello castaño lacio y un mechón que le caía juvenilmente por la cara tapándole parcialmente el ojo izquierdo. Su nariz era fina y puntiaguda y sus ojos eran enormes y hermosos, casi que se podía nadar en ellos. Sus pestañas parecían capaces de acariciarte debido a la longitud que tenían. Tenía rubor en la cara y llevaba los ojos delineados sutilmente. No usaba rouge y sus labios se veían un poco descuidados. Vestía ropa de trabajo, pero no llegaba a ser formal: camisa color crema con las mangas semiarremangadas, pantalón pinzado escocés, zapatos de un tono oscuro que combinaban con una cartera un poco grande para su contextura; alta, pero muy delgada. En la mano libre cargaba una bolsa blanca con el nombre de una conocida cadena de librerías, en la que parecía llevar exámenes. Volví a retomar la atención en la novela pero algo en mí se encendió cuando recordé quién era…
Cuando yo cursaba la escuela primaria, no recuerdo con exactitud mi edad, pero habrá sido entre mis 10 y 13 años, tuve como profesora de Inglés a una chica muy joven llamada Florencia, o “Miss Flor.” Los amores de un niño son muchos y frecuentes, pero en cualquier caso son intensos y yo me había enamorado perdidamente de ella.                                                                                          Por supuesto que cuando uno recuerda desde la adultez las cosas se desvirtúan inevitablemente y la nostalgia solo sirve para matizar una situación que se justificaba en un anhelo tanto platónico como inverosímil; pero en ese momento, cuando ya se empieza a dejar de ser un niño, todo lo que sucede es puro realismo, porque no existe otra verdad posible, y no hay noción de nada más allá de lo que vivimos.                                              
Yo de "negrito" abrazando a mi tío y abuelo
En el acto de fin de año, actué de "negrito" y tuve que entonar una canción junto a un grupo de compañeritos cuyos rostros también habían pasado por el corcho quemado. Miss Flor nos coordinaba y yo le pedí encarecidamente a mi papá que la filmara solo a ella, que durante la interpretación se olvidara de mí y  se focalizara exclusivamente en su figura. Era chico, pero tuve una noción evidente de que la perdería, de que esa circunstancia era nuestro último momento juntos en la vida y pensaba que posiblemente una cámara lograra la ilusión de poder quedarme con un poquito de ella, al menos con su imagen. Por suerte, por amor a mí o porque papá es papá –con todo lo que eso implica–, siguió al pie de la letra mis anhelos y la figura de Miss Flor (ubicada de espalda a los padres, de frente a nosotros), ocupó gran parte de la filmación para enojo considerable de mamá que no lo podía creer cuando nos juntamos alrededor de la televisión, y vimos como el zoom se acercaba y se alejaba de esa estrecha figura. Yo era el único que no podía culparlo por su enorme gesto, ¿acaso alguien podía resistirse a la belleza de mi maestra de Inglés? En absoluto. Sentirse tentado por ella era casi un principio básico, una verdad absoluta. Además, ella era dulce, amable y, de alguna manera, simétrica, sensual y maternal al mismo tiempo.                                                                  El año lectivo terminó, pasé de grado y Miss Flor quedó algo olvidada y relegada seguramente por una nueva profesora de cualquier otra materia, aunque a decir verdad nunca tuve profesoras lindas de Matemática, Ciencias Naturales o Química (mi colegio primario no era mixto y casi no conocí chicas, fuera de mi prima y la hermanita menor de mi compañero Juan Pablo). Yo la seguía viendo por los pasillos pero ya no era lo mismo. Me habré enamorado muchas veces más, pero ninguna maestra me generó tanta adrenalina y entusiasmo; y a pesar del tiempo vivido, no recuerdo la cara de ninguna otra  profesora ni otro nombre que el de Florencia, Flor, Miss Flor, mi maestra de Inglés del colegio. 
Mi promoción y destacada, mi cara de payaso

Cuando volví a alzar la mirada –sin dudas era ella–, comprobé que el tiempo la había castigado levemente al costado de los ojos donde se vislumbraban los años transcurridos, su cuello presentaba arrugas indisimulables que intentaban pasar desapercibidas con una chalina, y parecía algo cansada. Sin embargo, el paso del tiempo no había podido con su belleza, aunque para mi decepción, no la vi tan hermosa como la recordaba. La contradicción me desconcertaba, la veía tan parecida a la que recordaba y a la vez tan distinta a la que había sido... ¿Pero la estaba asimilando tal como se me presentaba ante los ojos o la encontraba como me hubiese gustado verla? No podía determinar lo que había cambiado. A pesar del tiempo, que suele ser una variable algo caprichosa para considerar, no lograba darme cuenta. Finalmente lo entendí: ¡ya está!, me dije. Descubrí que el que había cambiado más era yo mismo. La idealización que alguna vez supe construir de ella se había terminado, ya no encarnaba a esa mujer-ángel-profesora-madre ni ocupaba más ese pedestal donde alguna vez la había colocado; ahora solo era una mujer terrenal aún bonita, pero avejentada, que viajaba en un colectivo. Su juventud pertenecía al pasado, pero cómo no habría de serlo, ¡si mi propia juventud acaso estaba terminando! Los años me quitaron la inocencia y si antes ella simbolizaba una Eva de pizarrón, ahora no significaba para mí más que una mujer como cualquier otra. El tiempo, siempre tirano, nos había emparejado socialmente de alguna manera: antes fue mi maestra, ahora yo soy Licenciado en Letras.  Había un abismo entre nosotros. ¿Se pondría contenta al saber que me había dedicado a dar clases? En un segundo pensé en todo lo que había pasado luego de ella y ¡uff!, resultaba imposible recordarlo en tan poco tiempo. Tantos cambios, tanto crecimiento, tantas mujeres, ¿por qué no?… (¿Por qué será que con el paso del tiempo uno se vuelve más exquisito con la elección de las chicas? Será porque antes uno era chico y no tenía ni experiencia, ni margen de comparación ni posibilidad de elegir: lo que se daba estaba perfecto). Posiblemente ahora, si no la conociera de antes, no hubiese logrado cautivarme.
 
El "negrito" se licencia años más tarde
Sentí deseos de hablarle pero, a la vez, creí que naturalmente no iba a recordarme, (los profesores desconocen lo mucho que pueden marcar a alguien, y sé que en el futuro me sucederá; me encontraré con alguien que me diga con mucho entusiasmo que mis clases o la vez que hablé del Quijote influyeron en él o lo llevaron a estudiar Letras; aunque, con que me diga que me recuerda como una buena persona estoy hecho). Y si hubiese tenido que trabajar su memoria en un colectivo, no me iba a sentir cómodo. Por el contrario, se me ocurrió que la iba a hacer sentir vieja, y no quería eso. Miré su mano y advertí un anillo de casada, no recordaba haberlo registrado antes. ¿Qué importaba ese detalle en todo caso? Seguro tendría hijos un poco más chicos que yo. ¿Qué le podía decir?: “Fui alumno tuyo de 4º o 5º grado y ¿estuve enamorado de vos?”. Me sentí tonto. Tonto pero chiquito, volví a ser su alumno, volví a ser el negrito de aquella obra. Seguía sentado en ese asiento, pero tuve la sensación de haberme empequeñecido: sentí que todo mi cuerpo tomaba dimensiones de pigmeo. Me convencí de que era mejor dejar las cosas como estaban, porque a veces tienen que seguir su rumbo sin que hagamos el más mínimo esfuerzo para modificarlas. Quizá, si le hablaba, ella podía mirarme como a un loco y dejarme irremediablemente desconcertado. En cambio, si dejaba prevalecer el misterio  forjando un pacto silencioso, eso nos permitiría a ambos bajar de ese colectivo en paz. Prefería tenerla en mi memoria por todo lo que recordaba de ella y no iniciar una nueva y absurda página de un libro que ya hacía rato no tenía hojas o que nunca las había tenido.                                                              Levanté la cabeza y la volví a mirar justo cuando enfiló hacia la puerta trasera. Se bajaba del colectivo. Quedé muy impresionado. Quise verla caminar, reconstruir aun más ese rompecabezas y me estiré por sobre el pasajero de mi derecha pero se fue hacia el lado contrario, donde mi vista ya no pudo alcanzarla. Alguna vez yo dejé su vida, no obstante solo fui un alumno más, pero ahora era ella la que dejaba la mía; y estaba bien que así fuera: muchos negritos aguardaban seguir enamorándose de Miss Flor. 
Un asiento vacío, toda una metáfora
CORRECCIÓN, EDICIÓN, PULIDO Y TANTAS OTRAS TAREAS: SILVIA T.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Maradona, su clon y la mafia de la FIFA - Parte I

Una fotocopia del DNI de Maradona
Era una tarde agradable de sábado cualquiera y yo estaba volviendo de San Telmo en el colectivo de la línea 103. Sentado al lado de la ventana, compartiendo el otro asiento con una anciana, el viento me aportaba una sensación muy placentera en la cara. Sumergido en la lectura del libro que llevaba, no me percataba -como siempre- de lo que sucedía a mi alrededor. Pero la frase que escuché a mis espaldas rompió en absoluto mi concentración. Las palabras que sonaron desde el asiento de atrás nublaron mi vista, aflojaron mis manos y sentí algo parecido a la desesperación en la garganta. La frase volvió a sonar de vuelta: “Maradona está muerto”. Cerré el libro y me propuse seguir escuchando lo que un joven le decía a otro.
El autor de semejante sentencia se proponía convencer al otro que, más enojado que incrédulo, no caía. Al parecer, su argumento ya se lo había referido, pero insistía en que hacía muchos años el astro había fallecido y que el que ahora conocemos es un clon, una suerte de autómata configurado a partir del ADN del original. Yo no podía creer lo que estaba escuchando. Estábamos por la calle Moreno a la altura del Hospital Español. El incrédulo, levantándose, le dijo: “Sos un bolacero chabón, nos vemos mañana. Acordate de traerme los botines”.
Yo ardía de curiosidad… No es que fuera fanático de Maradona ni mucho menos, pero me sonó tan irreal que me atraía como un árbol lleno de miel a un oso hambriento. El colectivo tomó por Rivadavia, y mi temor de que ese loco o visionario se bajara me desesperaba. No aguanté más y me di vuelta. “Disculpame… mirá, no quiero ser metido… pero escuché un poco de lo que decías antes… y…”; no llegué a terminar la frase que, para mi grata sorpresa, él continuó muy amigablemente diciendo: “Sí, sí, lo de Maradona”... “Eso…” Me quedé helado, no supe qué más decirle y el joven, que aparentaba unos 45 años y vestía con ropa deportiva de un club europeo (creo que del Manchester City), me dijo lanzado: “Si tenés cinco minutos te cuento algo que no vas a poder creer”. Y resaltó pausadamente la parte de “no vas a poder creer”. Lo primero que sentí fue miedo; me dije: “este me va a robar”. Pero más que el libro y algunos pesos no tenía. Su entusiasmo además valía la pena de afrontar cualquier riesgo. ¿Y si estaba loco? Si estaba loco seguro era un loco inofensivo. Igualmente, como no dejo de ser un porteño desconfiado, propuse el Village (lugar transitado, luminoso y con seguridad). Él aceptó con agrado. Parecía encantado de hallar a alguien no solo dispuesto a escucharlo, sino también interesado en su historia.
La fachada del Village Caballito
Bajamos del colectivo, entramos y subimos por la escalera mecánica. Me preguntó a qué me dedicaba. Le dije escuetamente que era profesor de Literatura. Me contestó “genial, tenés la mente abierta, me vas a creer”. Esta última parte me hizo suponer que su cantinela desbordaría de fantasía… pero siempre me gustaron este tipo de personajes extraños, que rozan lo border. No me arrepentiría en toda mi vida de prestar atención y tiempo a lo que me iba a contar...

Voy a tratar de ser lo más fidedigno a su relato y referirlo tal cual él me lo contó. Por supuesto que voy a recrearlo según mis palabras -prometo reforzar la objetividad-, pero en este caso, como decía Mc Luhan, el medio fue -una vez más- el mensaje. No me demoro ya, ahí va la historia:

En el Mundial llevado a cabo en Estados Unidos en 1994, a Diego Armando Maradona, emblema nacional -guste o no-, el control antidoping le dio positivo dejándolo fuera de la Selección, perjudicando su imagen en el mundo entero y arruinando un futuro brillante como el mejor jugador de todos los tiempos. 
En aquel momento, “El Diegote” brindó una conferencia a un grupo innumerable de periodistas de todos los países negando en toda ocasión los resultados del examen y acusando a la Federación Internacional de Fútbol Asociados (FIFA) de haber cometido un grave error. Es de conocimiento público que, desde el origen, la relación entre el jugador y la Federación fue tirante: Diego atacó siempre y sistemáticamente los manejos fraudulentos de su responsable máximo, Joao Havelange. En la misma conferencia de prensa, Maradona deslizó una de las frases más memorables de todos los tiempos, una de las frases futbolísticas de mayor resonancia mundial que, metafóricamente, delataba la situación adversa que tanto él como persona, la Selección como equipo y el país como hogar estaban sufriendo: “ME CORTARON LAS PIERNAS”.
Lo que el ciudadano común no sabe, aunque lo sospeche, es que la mayoría de los rumores que manchan y desprestigian a la FIFA son ciertos. El organismo a cargo de manejar el deporte más masivo del mundo es una de las organizaciones mafiosas más truculentas de la historia.
El control de antidoping a Maradona en el mundial de USA efectivamente fue adulterado, con el objetivo de destruirlo; los grandes cabecillas tenían un odio personal y sanguinario contra su persona. Sin embargo, las palabras de la conferencia de prensa no pasaron desapercibidas. Cansados de los ataques y las groserías del 10, la noche del famoso examen de orina, luego de una junta que empezó siendo festiva para celebrar el hecho pero que fue tornándose áspera debido a las palabras agresivas del jugador, los oscuros mecanismos de la FIFA se pusieron en marcha. Analizaron cada una de las palabras y la frase “Me cortaron las piernas” era demasiado jugosa como para no aprovecharla… Esa noche, un comando integrado por cuatro personas vestidas íntegramente de negro, comandadas por un tal “Bill”, irrumpieron en la habitación donde el astro del fútbol dormía luego de una noche de excesos. Diego Armando no se dio cuenta de que le inyectaron en el brazo una extraña sustancia azul y que posteriormente fue cargado en los hombros de uno de los misteriosos hombres de negro...

El patacón de Vicky Donda que apareció en su boca
Diego Armando Maradona apareció en una zanja guatemalteca, medio muerto, sin piernas y con el rostro bastante desfigurado. Su lengua había sido arrancada y en el interior de la boca le habían colocado un billete, específicamente un bono patacón. Y esto resultaba curioso, puesto que aún no existían. En un claro, pero siniestramente irónico, acto mafioso. Sus brazos estaban parcialmente quemados y la famosa “mano de dios” carecía de dedos. Le habían tatuado el rostro de Havelange en uno de sus testículos (que con tanto vello púbico, más bien parecía Osama Bin Laden). Este ensañamiento parecía demasiado desaforado… pero compensaría los actos amorales del otro… del clon que habían creado a partir de la sangre del original y que, lamentablemente para ellos, había salido perfectamente idéntico, en mente y cuerpo. La noche en que lo secuestraron, los científicos de la FIFA hicieron una proyección aproximada de la vida de Maradona en sus próximos veinte años, a partir de ciertas células de su cerebro; y la computadora les arrojó datos sumamente desagradables, aunque nada sorprendentes: “tendría más hijos a los que no reconocería, continuaría casi sin pausa su adicción a las drogas y a los excesos, descuidaría a su familia, conduciría la Selección Nacional de fútbol y fracasaría estrepitosamente como otros clubes…” En ese momento lo frené con una duda. Creo que él también necesitaba tomar un poco de aire y lubricar con saliva su garganta reseca. Le dije que no me cerraba el tema de los tiempos… y le pregunté por el verdadero Maradona. El tomó aire, sonrió guiñándome un ojo y prosiguió...

Luego de la conferencia que el verdadero Maradona le brindó a los medios en Estados Unidos luego de que se supo lo de su doping, volvió muy ofuscado a su habitación… Caminando lentamente a su lado lo acompañaba su representante histórico: Guillermo Coppola. Entraron a la habitación 696 y se sentaron en la cama. Diego se tomó la cabeza con las manos y rompió a llorar. “Guillote” lo abrazó como quien abraza a un hijo muy decepcionado. (A lo largo de todo su relato yo me preguntaba cómo este hombre sabía todo esto… La respuesta sería sorprendente). Luego de un rato, el abatido recuperó su compostura y le dijo a su compañero: “esta noche organizame la fiesta más grosa de todas. Minas, chupi, merca, que no falte nada. El Diego paga. Pero antes quiero llamar a la Claudia y a las nenas que deben estar preocupadas”. Coppola sabía que eso lo invitaba a retirarse; así que agarró su agenda para hacer unas cuantas llamadas y lo dejó al jugador en la cama con el teléfono en la mano. 
Solo una postal de la inmensa celebración

La fiesta fue IMPRESIONANTE. Tanto que, por lo que escuché, necesitaba poner todo el adjetivo en mayúscula, cada una de sus letras. La de Peter Sellers parecía una celebración amateur al lado de esta, en donde no faltaron, pole-dancers, espectáculos con enanos, drogas y alcohol por doquier, coreografías con lluvia de espuma y purpurina por parte de una compañía de danza árabe de Brodway y hasta los Rolling Stones, quienes accedieron gustosos a la invitación, e interpretaron temas pedidos por el anfitrión ante más de quinientos invitados. Entre ellos se encontraban: Kim Basinger, Jacobo Winograd, Robert de Niro, el rector del colegio San Marto de Turs, Fidel Castro (nadie sabe cómo entró a EE.UU. y menos aún cómo volvió a Cuba), Arturo Puig, el escritor Chuck Palahniuk, Alcides y un jovencito llamado Ricardo Fort. Para semejante orgía de emociones, medio Sheraton de Miami fue reservado; y los concurrentes, alcoholizados y fuera de sus cabales tuvieron sexo en los corredores, contra las paredes, en las camas y hasta en la inmensa pileta de la terraza, llenada con agua de la delicada agua francesa Evian (cuyo piso estaba pintado, para la ocasión, con los colores del club Boca Juniors). 
Al otro día, a media tarde, Guillote fue a despertar a Diego y el jugador abrió la puerta con cara de dormido. La habitación estaba igual a como la recordaba en la mañana, cuando lo acostó en la cama, en un estado francamente deplorable. Era impensable, desde cualquier punto de vista, que Coppola supiera o al menos sospechara, que quien acababa aparecer ante él ya no era el verdadero Maradona, sino un clon de Maradona. De hecho, al hombre de cabello canoso le llamó la atención verlo tan recuperado a pesar de las lagañas. Diego le había pedido una fiesta y ¡vaya que la había armado como correspondía! Estaba orgulloso de su trabajo y de marcar tanto la vida de alguien. 
A partir de acá empieza la vida o, más bien, continua tal cual la conocemos… o tal cual los medios nos hicieron creer que la conocíamos. Pero lo cierto es que el que vivió esa vida desde el Mundial del ´94 fue un impostor, un autómata confeccionado a imagen y semejanza del más grande…

- ¿Vos cómo sabes todo esto?, le pregunté devorándolo con los ojos, maravillado por su relato. Me miró a los ojos y encontró un brillo que supongo le habrá dado suficiente confianza para la revelación, porque tragó saliva, cerró los ojos, miró en dirección al cielo y me dijo muy suavemente: “Me lo dijo el mismo Maradona…, el real…, El Diegote”.
(CONTINUARÁ)

CORRECCIÓN, PACIENCIA, Y PULIDO: SILVIA. T

viernes, 29 de noviembre de 2013

La mancha de arte

No sé cuando apareció, ni recuerdo bien cuando lo descubrí. Lo cierto es que una vez, estando sentado en el inodoro de la casa de mis abuelos, algo me llamó poderosamente la atención. Apuré mi trámite y sin dejar de mirar eso que me cautivaba, me levanté y me acerqué lentamente. Arriba del botiquín, un pedacito de pared se había descascarado junto a un zócalo, pero advertí en esa pequeñísima forma, una obra de arte, específicamente un boceto de La madre de Whistler, del pintor norteamericano James McNeill Whistler, de 1871. Este boceto de piedrita, invertida en relación al original, muestra a la mujer un poco más inclinada y con una especie de mochila. Algunos a los que les he compartido mi hallazgo, además de tildarme de loco, me han sugerido que la mujer estaba rezando. Entonces se me ocurrió muy atinadamente que antes de que el hijo empezara a retratarla, Anna, que así se llamaba, pudo haber invocado a los santos para que lo ayuden en su labor artística. 
La pregunta lógica es, ¿cómo apareció un boceto tantos años después de conocerse el original y en Caballito? Tengo una explicación. Un amigo de McNeill Whistler, llamado Henry Summers, quien lo frecuentaba tanto a él como a su madre, un día vio en ella a un modelo perfecto para una obra. Su solemnidad y su seriedad le alcanzaron para imaginársela en un lienzo. Sin decirle nada se llevó la imagen en su cabeza. Pero las vueltas del destino lo llevaron a abandonar su patria para instalarse en Argentina, Buenos Aires, y específicamente en Caballito. A falta de materiales y obsesionado aun con la madre de su amigo, empezó a imaginar su obra en la pared del baño, el único lugar donde se sentía inspirado, vaya uno a saber porqué. El pobre murió sin siquiera empezar su obra y al morir su esposa, al no tener hijos, todas sus pertenecías, incluso su diario íntimo, fueron enviados al pintor Whistler, quien al enterarse del deceso, viajó a la casa de su amigo para cerrar tramites y claro, ver los bocetos realizados. De esta forma, tomando las ideas originales de Summers pintó a su madre tratando de emular el objetivo que su amigo se había propuesto. 
El resto es historia…se inmortalizó con esa pintura y recién ahora empiezan a descubrirse la infinidad de bocetos, garabatos y dibujos que su amigo había plasmado en una pared de su baño en Caballito, y que luego, al morir, cuando la casa fue adquirida por un insensible doctor, todo quedó bajo una injusta capa de pintura y material. Pero en el mundo del arte va a suceder una revolución. Es cuestión de tiempo.