Música para flotar

miércoles, 21 de enero de 2015

Despedidas S.A

Una despedida muy "emotiva"
La escena era conmovedora: casi una docena de personas despedían a Agustín en la Terminal de Ómnibus de Retiro. Prácticamente uno podía reconocer a sus padres, abrazados con dulzura y cierto brillo en los ojos; a sus hermanos, algo molestos y haciéndole gestos obscenos; a su novia, que le tiraba besos y con la mano le pedía que la llamara al llegar; a algunos amigos, algo indiferentes, hablando entre sí; y a la abuela, que completaba la escena hablándole a través del vidrio, como si Agustín pudiera entenderla letra por letra. 

El micro salía ya de la Terminal cuando me presenté y felicité a mi eventual compañero de viaje por su familia y sus afectos. Rara vez había presenciado una despedida tan emotiva y numerosa. En general, a mí nadie iba a despedirme, y esa situación –debo admitirlo- me generaba cierta desazón. Él respondió a mi saludo con cara de pocos amigos -ahí supe que se llamaba Agustín-, me agradeció con un gesto cortés pero algo antipático (distante, para ser más exacto) y se colocó prontamente unos auriculares rojos marca Sony en los oídos. Quedé algo perplejo por su frialdad, saqué de mi mochila la novela que llevaba y me enfrasqué en su lectura. Tenía varias horas de viaje por delante y ‘2666’, de Roberto Bolaño, tiene más de mil páginas.

Llegamos a destino según la hora prevista. Bajamos todos los pasajeros, con esa ansiedad tan propia de quienes han estado sentados demasiado tiempo. Luego de recoger mi equipaje, “Agustín” me entregó una tarjeta y se fue caminando bastante apurado. La guardé en un bolsillo, como un acto reflejo, y me dispuse a encontrar un taxi que me llevara al hotel donde debía dar esa serie de conferencias. 

Mientras el coche zigzagueaba por las calles del pueblo, me acordé de la tarjeta y la saqué. Era blanca, de un papel elegante, algo brilloso, y en el centro se leía “Despedidas S.A.” y abajo, un teléfono. A simple vista me pareció una estupidez, una cargada. En aquel momento, no relacioné para nada ese pedacito de cartulina con la despedida que había presenciado antes de comenzar el viaje. 

Una semana más tarde, cuando volví a casa en una noche de domingo, ya bastante aburrido de leer las conferencias digitalizadas del congreso en el que había participado, recordé la tarjeta. Llamé. 

– Si conoce cómo funciona la empresa, marque 1; si quiere hacer un reclamo, marque 2; si es la primera vez que llama, marque 3; para otras consultas, marque 4. 

Marqué el tres y una música algo pretenciosa entretuvo mi impaciencia, creo que era Wagner. Al cabo de unos segundos me atendió un ser humano.

– Bienvenido a Despedidas Sociedad Anónima, mi nombre es Juan Carlos, ¿con quién tengo el gusto de hablar?
Empleados de la empresa en pleno trabajo
Algo impresionado por escuchar toda esa presentación sin que el operador tomara un poco de aire, le dije mi nombre y prácticamente nada más. Entonces, Juan Carlos tomó la posta y se explayó contándome que la Compañía se encargaba de “armar” despedidas. 

– ¿Cómo armar despedidas?, le pregunté algo brusco. 

– Sí, señor. Por ejemplo, usted se siente solo o triste o no tiene a nadie que lo vaya a despedir antes de efectuar un viaje... bueno, nosotros ofrecemos un momento único, ponemos a su disposición una persona o las que quiera para que esa ocasión sea conmovedora y para que la gente a su alrededor compruebe lo popular y estimado que es. 

– Me parece aberrante el servicio que brindan, le chanté con toda crudeza. Pensé en “Agustín” y recién ahí entendí toda esa maravillosa, pero ficticia, ceremonia del adiós. Claro, era joven y, como todo joven, padecía inseguridades que tranquilamente podrían haberlo llevado a contratar este tipo de asistencia. 

– Con todo respeto, señor, esta empresa tiene una función social positiva que busca superar un momento que es, muchas veces, incómodo o insoportable para personas que no tienen afectos reales o no cuentan con nadie que los acompañe... 

– Como una prostituta, lo corté en tono irónico. Mi comentario no le agradó ni un poquito porque me contestó: 

– ¿Le gustaría contratar un servicio o desea que le aclare alguna otra duda? 

Claramente me quiso sacar de encima.

– Disculpe Juan Carlos, pero reconozca que es raro lo que proponen. Era evidente que él no podía mostrarse de acuerdo conmigo, en contra de los intereses de la empresa a la que representaba. Entonces, bajé la guardia y le dije que quería contratar un servicio. Suelo realizar varios viajes por mes y, más allá de toda frivolidad, me sentía algo curioso de ver cómo funcionaba. 

– Aguarde en línea, por favor.

Esperé. Me quería burlar un poco más de ellos. Otra vez la musiquita… Parecía pop prefabricado para adolescentes. Una jovencita con tonada colombiana interrumpió, por fin, la insoportable melodía. 

– Buenas tardes señor, mi nombre es Paula y mi compañero transfirió la llamada porque usted quiere contratar una despedida. ¡Enhorabuena! 

De inmediato, reflexioné: ¿quién dice “enhorabuena” en pleno siglo XXI? El “buenas tardes” había quedado tan lejos de todo lo que dijo después, que corresponder al saludo ya me parecía irrelevante. Más aún, considerando que eran cerca de las ocho de la noche y me había dicho “Buenas tardes”… ¿Quizá prueba de que la chica con acento colombiano estaba tercerizando la llamada, dado que su país tiene dos horas menos en relación a la hora argentina? Le dije que era correcto, que estaba interesado y que me gustaría conocer las opciones. 

– ¿Qué anda buscando? me preguntó maquinalmente. 

Yo no sabía qué responderle... Entonces, para ganar unos segundos, contesté con otra pregunta (pregunta que seguro estaba harta de escuchar): 

– ¿Qué es lo más pedido... en general?

 "Abuela" del catálogo de Despedidas S.A.
Sin denotar apuro alguno me contó, casi como una infidencia, que las despedidas más solicitadas incluyen una «novia» y habitualmente una «abuela», porque mucha gente nunca conoció a la suya o porque el recuerdo que tiene de ella la convierte en un «personaje insustituible». 

– Ah, personajes… Entonces, tal como me imaginé, ustedes son una especie de actores... 

– Somos profesionales en despedidas y nos adaptamos a los pedidos de cada uno, según sus preferencias. 

Inquirí por ellas y su pacientes explicaciones mantuvieron cierta cohesión, considerando lo extensas que eran. 

– Por ejemplo, si usted quiere contratar la despedida con «pareja», puede no solo elegir el aspecto de la persona (su edad, color de pelo, vestimenta, etc.), sino también agregar besos y abrazos, por un costo adicional. Una vez que las pautas han sido establecidas, designamos los candidatos que seleccionamos de nuestra base de profesionales, priorizando siempre las predilecciones del cliente y aplicando un criterio detallista y meticuloso para su satisfacción. Contamos con gente de variadas etnias para cubrir todas las eventualidades. 

Yo estaba asombrado por lo que escuchaba, todo parecía tan irreal… y, sin embargo, me sentía a la vez inmerso en cada potencial situación, como en una dimensión paralela pero posible. Sin duda, estaban preparados para persuadir a los escépticos. La chica continuó: 

– Cada rol tiene su precio, y la despedida empieza cuando usted lo desea: pueden acompañarlo desde su casa u hotel al aeropuerto o desde el lugar del que usted salga, para que la gente no lo vea llegar solo; pueden encontrarse en una confitería o directamente pueden aparecer a pocos minutos de la hora de la partida, simulando una involuntaria llegada tarde. 

Me quedé pensando en el “pueden aparecer”, como si pudieran aparecer por ósmosis o como si fueran robots programables. Era muy probable que gente incrédula como yo llamara a diario y, por eso, estaban bien aleccionados para enfrentarse con un amplísimo espectro de “consultas difíciles”. Me explicó que en caso de solicitar “familiares”, debía mandar algunas fotografías mías para que ellos pudieran buscar “profesionales adecuados que pudieran compartir rasgos genéticos conmigo”. Ya un poco cansada, me preguntó si tenía una idea de lo que quería encargar. Usó esa palabra, “encargar”, como si fuera una pizza a domicilio. Era todo bastante escalofriante. En caso de que estuviera decidido, ella me derivaría con el Departamento de Cobros para informarme de los valores. 

– Le recomiendo el full pack, me dijo, como si fuera una amiga alertándome sobre una oferta imperdible. Está constituido por diez personas e incluye: padre, madre, abuela o abuelo, novia, dos hermanos o hermanas o uno y uno, un tío o tía, y tres amigos o amigas. 

La soledad desespera a mucha gente
Era claramente lo que Agustín había contratado. Me dio pena todo este asunto. Me dio pena que existiera una empresa que se dedicara a esto. Me dio mucha más pena la gente que se siente tan sola que llega al punto de contratar esto... Yo era un hombre solitario, pero jamás creí necesario suplir con actores mi vacío eterno para sentirme por un rato querido, admirado, acompañado. A veces, la soledad es desesperante y uno trata de paliarla como sea. ¿Adónde hemos llegado? ¿Tanta necesidad de cariño tenemos?... 

Seis meses después estaba a punto de partir para Necochea, ciudad balnearia que, por razones familiares, me deprime hasta la médula. Pero me habían invitado con tanta insistencia durante los últimos años, que ya no sabía cómo negarme. Hasta me habían organizado una firma de libros en una librería céntrica. Sentí que como iba a hacer un viaje a un lugar tan poco placentero, debía regalarme algo... hacerme un mimo... para hacer más soportable todo. Bastante castigo era visitar la hermana no querida de la Costa Atlántica y encima, en invierno; hasta sentía escalofríos al recordar el viento helado cortándome la cara. 

En esas cavilaciones estaba, felicitándome al mismo tiempo por la decisión de haber contratado el servicio de Despedidas S.A., cuando de pronto apareció un hombre de contextura grandota como la mía, de pelo castaño tirando a colorado como el mío, y de rasgos extrañamente parecidos a los míos, que me dio un fuerte abrazo al grito de: “¡Hijo querido, que tengas buen viaje!” Me sentí casi asfixiado entre sus brazos, ya que la intensidad de su cariño, de su impostado cariño, era de temer. No sé cómo habían dado con alguien tan parecido a mí. Yo no sabía qué decir. Supuse entonces que había que seguirle el juego. Se separó medio metro de mí y me dijo con un tono en extremo elevado, para que lo escuchara la ciudad entera: 

– ¡Mira quién vino a despedirte y pidió el día en la oficina! 

Desde atrás de él –claro, era tan alto y ancho como un ropero, por lo que no podría haberla visto antes–, apareció una preciosa muchacha oriental que caminó hacia mí, me tendió los brazos y empezó a besarme por toda la cara. Si la hacía, la hacía bien, había pensando cuando hice el encargo. Su perfume era delicioso. Vestía un kimono rojo con dragones negros, lo que me pareció algo demasiado estereotipado… Pero quizás era yo el que miraba todo como un actor circunstancial, más pendiente de cómo sería recibida la pantomima por el accidental público que de mi propio papel en esa representación “confeccionada a pedido”. En ese instante, se anunció la partida del ómnibus de la empresa Plusmar y ellos dos, desde abajo, me saludaron con una emotividad muy honesta. ¡Eran realmente buenos en lo que hacían!, pensé. Ni siquiera habíamos bajado la rampa que bordea la estación de Retiro y la Villa 31, cuando una señora de unos sesenta años, sentada a mi lado, me preguntó: 
El micro parte a lo desconocido 

– Era su novia esa japonesita, ¿no? Lo felicito, muchacho. Y parece que se lleva a la perfección con su padre... 

Tuve la imagen de mi rostro cuando el color abandonaba mi semblante. Traté de disimularlo comportándome lo más cordial posible… y luego me di vuelta para intentar dormir unas horas. 


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Este relato es ficción hoy... pero ¿mañana?
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Editora general: Silvia T.

domingo, 21 de diciembre de 2014

La venganza de los dientes

Esta mañana el dentífrico se enojó conmigo. Más que experimentar un enojo, creo que fundamentalmente se quedó decepcionado con mi actitud...

Todas las mañanas y las noches me lavaba con la pasta Aquafresh Triple Protección. Disfrutaba mucho de su sabor y de cómo se adhería a mi cepillo. Creo que ella también se deleitaba al recorrer los pasillos de mi boca y perderse a lo largo de mis dientes. Se divertía mucho con las diferentes secuencias de sonido que voluntariamente yo lograba con ayuda de la fricción de las cerdas. Además, los alternados y violentos movimientos le daban a la pasta una vorágine que no había conocido, considerando la monotonía de permanecer encerrada en un tubo. El cepillo también estaba encantado con esta pasta. Disfrutaba cuando, luego de estar lleno de espuma, se bañaba y le quedaban los pelitos suaves y con un perfume tan seductor. Dicen que está conquistando a otro de los cepillos del baño. 

Conformábamos un trío perfecto y sin discusiones. Yo respetaba los tiempos del cepillo que, ya entrado en meses, se cansaba más rápido e higienizaba con menor eficacia; y seguía su explícito pedido, encargándome de secarlo bien. La pasta me aseguraba disolverse lo mejor posible en mi boca; yo la dejaba puesta en el cepillo un rato para que conversaran antes de empezar la limpieza y este pudiera empastar todas las cabezas de su reino. A su vez, el cepillo aseguraba poner a mi disposición todas las cerdas para que llegaran a los lugares más difíciles y me prometía ser cuidadoso con las encías, que ya se habían quejado en otras oportunidades por pinchazos y trabajos descuidados. Por supuesto, las manos ‘se lavaron’ del asunto. 


El problema fue cuando llegó la otra... Un día, una nueva pasta apareció en el lavatorio. Era la Aquafresh Ultimate White, notoriamente de mejor proveniencia. Su calidad era sobresaliente. Era corta de estatura y su tapa era mucho más grande, a diferencia de la otra: alta, con tapa pequeña y, por su desgaste, curva en el torso. La caja de la nueva pasta era casi metalizada y según el movimiento, hacía brillar unos triángulos. Entonces empecé a usarla sin terminar la otra, es decir, sin haberle dado fin y permitiéndole que pudiera descansar en paz en el cementerio cósmico de un aliento divino. Rápidamente todos los seres del baño le tomaron bronca. El cepillo fue tirano, y descuidado a la hora de recorrer mi boca: en tres lavados, me había producido tres llagas. El sabor era menos agradable pero, según lo indicado en la caja, esta era de mejores atributos y lograba dar a los dientes una blancura superior a la otra. Hubo ruido y discordancia entre todas las partes. A mí también me daba lástima abandonar la otra, pero no podía evitar usar la Ultimate White. 

Según se comenta, este dentífrico era prepotente y arrogante en sus relaciones con los demás. Había arreglado con la mano derecha para que la guardara en un estante alejado mientras permaneciera en el baño, justamente para no relacionarse con los demás. Hasta se llevaba mal con el jabón, uno de los seres más amables del baño. 

Como les decía al principio, esta mañana la Triple Protección se fastidió conmigo. La pasta “invasora” se me había acabado por la noche y todos allí sabían que al otro día volvería a la vieja pasta, no por extrañarla o sentir cariño (aunque sí la extrañaba), sino por necesidad. Lo que yo desconocía era que esta vieja pasta había sido muy influyente en el grupo. De alguna manera, esa noche logró un complot que fue terminante. Por desgracia, yo tampoco conocía a la perfección la opinión de los dientes... Al despertar, ellos se habían marchado de mi boca. 

Gracias Sil T. por seguir leyendo y corrigiendo cada una de mis fantasías literarias.
Mis mayores afectos amiga de la vida

lunes, 10 de noviembre de 2014

Relato Salvaje - La continuación real

Afiche promocional del film
Esta historia, de naturaleza feroz pero que no puede tildarse de irracional, me fue referida por una amiga que asistió al cine con su novio a ver la última película de Damián Szifrón: Relatos salvajes. El film, que contó con un aparato publicitario desmesurado, ya fue visto por más de 3.000.000 de espectadores desde su estreno. Presenta seis historias, independientes una de otra, donde sus protagonistas –personas comunes– terminan explotando por alguna situación en particular. Un ingeniero al que la grúa le levanta el auto injustamente, una mujer que se entera de la infidelidad de su pareja el día de la boda, una mesera que debe atender al hombre que provocó la ruina de su padre y su posterior suicidio, un conductor arrogante que debe pagar caro sus bravuconadas, etc. 

Yo asistí a verla seducido por la casi escandalosa publicidad y por la fiebre generalizada. La película me gustó, aunque no al punto de deslumbrarme. Pero no quiero dedicar este espacio para hablar de mis apreciaciones sobre ella o su trama, ni siquiera de las actuaciones. Solamente voy a dar a conocer algo que sucedió en un cine de zona sur (mi amiga me pidió que no diera muchos detalles, así que voy a respetar su deseo) durante la proyección de la película. 

Sala del cine vacía 

Laura (el nombre es de fantasía) y su pareja entraron a la sala y buscaron, ayudándose con la luz del celular, la fila 5, luego la butaca 1 y 3, respectivamente. Laura se sentó en esta última por cortesía de su novio, para que estuviera más centrada con respecto a la pantalla, mientras que él no vio con malos ojos la butaca pegada a la pared acolchonada que le permitía recostarse contra ella, tras un largo día de trabajo en la fábrica. A la derecha de Laura se sentó un hombre solo. “Respiraba con dificultad”, me dijo Laura. “¿Cómo con dificultad?”, quise saber yo. “Tomaba mucho aire como si se estuviera muriendo y luego lo largaba con bronca, con enojo. Se aclaraba la garganta cada dos minutos, como si tuviera un problema, como si le costara digerir algo”. A la derecha del espectador se ubicaron dos muchachos de no más de treinta años, claramente amigos. Hablaban sobre un compañero de la oficina a quien se le había muerto la mujer en un accidente. Detrás de Laura se sentó una mujer obesa con un balde de pochoclo realmente enorme. “De hecho –me comentó Laura–, ni sabía que los vendían de ese tamaño”. La mujer tenía proporciones tan grandes que, cuando llegó y se acomodó al sentarse, hizo saltar algunos pochoclos que fueron a parar a la cabeza del novio de Laura (“uno se le metió por la espalda lo que le generó un fastidio muy divertido”). Delante de la pareja se sentó otra pareja algo despareja. Él, 45 años, con aspecto de bancario aburrido, lucía una camisa escocesa, pantalón pinzado, lentes con aumento, y una calvicie incipiente. Ella era bastante menor y su vestimenta era ideal para un boliche: top oscuro con lentejuelas, calzas negras, un angosto cinturón dorado que le rodeaba su generosa cadera , y zapatos de taco. 

Es increíble lo poco en común que uno tiene con otras personas y, sin embargo, el cine es un evento social donde confluyen todas, donde lo único que une a un grupo de extraños es la película que van a ver. Antes y después de la proyección que compartirán serán extraños, y es muy posible que nunca en la vida vuelvan a verse. 

Lo mismo pasa con la magia del fútbol. Un gerente argentino de una multinacional, que trabaja en Japón, sigue los partidos de su cuadro todos los domingos por Internet y sufre y ama una camiseta, igual que un barrabrava de Sarandí que está metido en negocios de trata y tráfico de sustancias ilegales. El abismo entre ellos no existe cuando la pelota rueda. Sus ocupaciones, su cultura y su visión del mundo quedan reducidos a una pelota. Y ambos pueden gritar un gol abrazados, sin saber nada el uno del otro. Con el cine pasa algo parecido: una masa de gente va a ser partícipe de una experiencia colectiva donde necesariamente y sin meditar en ello, el comportamiento de una sola persona puede modificar y alterar el de otra o la de todos; la proximidad es un riesgo. 


La película comenzó. Laura abrió sus Sugus confitados y su novio abrió un alfajor Milka mousse (golosina rara para ir al cine, quizás por la brevedad que supone). El hombre sentado a la derecha de Laura empezó a temblar. Ella lo miró de reojo y lo vio comerse las uñas con desesperación. Daba sacudidas como cuando uno sueña que se cae. Intempestivamente, él la miró con los ojos tan grandes que ella tuvo que tragar saliva y prometerse mentalmente no desviar la atención de la pantalla. 

La primera historia de la película pone a un grupo de gente –que en apariencia no tiene relación alguna- viajando en un avión. A medida que se van conociendo, se dan cuenta de que todos participaron en algún momento de sus vidas -y de alguna extraña manera- de la destrucción moral de un joven: la novia que lo deja, el profesor que lo reprueba, el psiquiatra. El avión se sacude y todo da a entender que la venganza será terrible… 

Entrada de la función

Laura percibió que su compañero de la derecha lloraba sin reprimirse. Le apretó la mano a su novio para marcárselo, pero él no comprendió el gesto. Se sintió incomoda. Ella es una chica muy sensible y me imagino el momento tenso que habrá pasado. Pero faltaba más aún; cerca de la mitad de la proyección, alguien comenzó a roncar. Era tan fuerte el ruido que parecía amplificado o parte de una broma de televisión. Debía ser una persona que había concurrido sola porque, en caso de estar acompañada, uno espera que la decencia del despierto regularice la situación del dormido. Pero nada... Empezaron a chistar, que es un acto medio cobarde pero que, al menos, representa la irritación de la mayoría. El dormido no se daba por aludido. Algunos rumores se alzaron para que los chistidos se acabaran, como si ya se hubiesen naturalizado los ronquidos. En pocos segundos, era un griterío infernal entre los que pedían silencio, los que chistaban en respuesta a ellos, los que pedían que la persona que roncaba dejara de hacerlo y los que exigían con chistidos que el silencio volviese a reinar en la sala. En un momento de esa batahola, sonó un celular que sin medir consecuencias una señora mayor atendió: “No, Gastón, todavía no pasó la parte en la que Darín explota el coche”... No acabó de terminar la desafortunada frase porque recibió medio vaso de gaseosa en la cara, por su indiscreción. El líquido salpicó las piernas de un nene que se puso a llorar. La madre, en defensa del niño y sumamente estresada, arrojó la fuente vacía de nachos con queso que había comido impactando contra un señor pelado que nada tenía que ver. El contexto empeoraba a cada minuto y los empleados del cine lo advirtieron: las luces se encendieron y la película se detuvo. Algunos se pararon para pedir calma. El misterioso hombre sentado al lado de Laura reía, “no dejaba de reír”, como si todo fuera obra suya. Gente de seguridad acudió a la sala y bruscamente iluminaron con sus linternas a los más encolerizados, aunque las luces ya estaban encendidas. Luego de algunos minutos y de un implícito pacto de paz flotando en un escenario de frágil tensión, las luces se apagaron y la película continuó.


Ya debía faltar poco para que terminara. Laura había leído que la historia de la actriz Érica Rivas era la última, la del desengaño amoroso. Fuera de lo incidentes mencionados, todo parecía encaminarse de la mejor manera. Pero todo iba a complicarse de nuevo: cada vez que en escena el personaje de la novia increpaba a su marido, la mujer de los pochoclos festejaba, vitoreaba enérgica como una ferviente defensora de los derechos de la mujer o como alguien que vivió en carne propia ese funesto momento. Las expresiones salían de su boca con aire revanchista, como si mental y simbólicamente se estuviera vengando de un pasado doloroso. “Tomá, hijo de puta.” “Tomá.” “¿Y ahora que vas a hacer?” “¿Viste, viste malparido?”. Las frases se repetían y el volumen iba in crescendo. La tormenta se avecinaba. Era inminente. Otra vez algunos chistidos… pero lo más impresionante fue lo que ocurrió a continuación. El bancario aburrido que estaba acompañado, sentado delante de Laura y su novio, se paró violentamente buscando a la mujer que profería esos comentarios fuera de lugar. “¿Podés callarte, que queremos ver la película?”, le dijo casi sin saber a quién se dirigía. Seguro que si sabía lo que le esperaba, el futuro pelado no hubiese hecho el menor comentario. La mujer gorda le contestó: “Jorge, ¿sos vos?...” “¡Y estás con esa puta de Milena!”. Creo que más allá de que el costo de la entrada es muy elevado, la película quedó automáticamente en segundo plano. El aire podía cortarse. Esto era algo mucho más jugoso… y más real. 

“Jorge” se quedó aturdido, como si Mayweather le hubiese lanzado un gancho a la mandíbula. El hombre no contestaba. La mujer gorda lo insultaba a él y a ella. De repente, lo inesperado: “Jorge, que seguía parado, en un inesperado y ágil movimiento se arrojó sobre la obesa, y con un elemento filoso que tenía en la mano (luego se supo que era una pequeña tijerita de mano que siempre llevaba al cine para cortar los paquetitos de papas) le provocó un profundo corte en la garganta. Los ojos de la mujer se abrieron y un chorro de sangre, al estilo Kill Bill, brotó de una humanidad que se desinflaba irremediablemente contra su asiento. El novio de Laura, a quien yo conozco y que es un chico muy impresionable, recibió un gran caudal de sangre sobre él y empezó a vomitar. El cine entero gritaba y muchas personas salieron corriendo. “No sabía qué hacer, imaginate el escenario: yo asistiendo a mi novio, viendo la cara de descolocado del tipo ese de la tijerita lleno de sangre, la gente que gritaba, la película que seguía como si nada”, me contaba Laura con su expresión transfigurada al recordar la situación… 

Fachada del Cinemark donde ocurrió el suceso
Yo no puedo creer cómo nada de esto haya salido en televisión, en las noticias o, al menos, en alguna página web. Me cuesta pensar que ninguno de los presentes haya inmortalizado el suceso con un celular, atiné a decirle a Laura. Ella me frenó con la mano, mientras con la otra me pasaba el tercer té de la tarde; en esta ocasión, de frutos del bosque. 

Mientras le ponía azúcar a su mate, Laura me explicó: “Directivos de la productora de la película se hicieron presentes casi tan pronto como la policía, que se llevó detenido al asesino sin ningún tipo de resistencia. Todos los espectadores que asistimos a esa función fuimos conducidos –uno no podía negarse– a una sala bastante oculta en uno de los tantos pisos del complejo de Cines y convidados con café, té o bebida. Un hombre petiso, de pelo canoso y traje muy elegante, nos habló acerca de las consecuencias funestas que podría ocasionarle comercialmente a la película si lo que había pasado llegaba a salir a la luz. Hubo un murmullo de incertidumbre y confusión. Para hacértela corta, dejamos que revisaran todos los teléfonos y borraran los archivos que tuvieran que ver con el caso, firmamos algo así como un ‘pacto de silencio’, y nos pagaron a cada uno cerca de $5000. No está mal, ¿no?”. 

Revisé mis apuntes y me aseguré de que no me faltara nada. Luego me despedí de mi amiga y me fui a casa. En el colectivo, un pasajero discutió con el chofer porque este casi lo corta en dos pedazos al apresurarse a cerrar la puerta. Un par de cuadras antes de bajar, dos chicos le pegaban a uno tendido en la vereda, en las inmediaciones de un boliche de cumbia. Un poco más alejado, otro dormía, totalmente borracho, sentado en el piso y reclinado contra una pared, mientras dos chicas le revisaban los bolsillos… En todos lados y en todo momento, uno puede pasar de víctima a victimario. Nadie parece salvarse de esta red violenta, de esta cárcel sin puertas que es la sociedad actual. No es el país, no es la inseguridad, no es el momento histórico, no es la falta de tolerancia ni la discriminación, quizás –y por desgracia– sea simplemente el hombre.


CORRECCIÓN, MISS GRAMATICA: SILVIA T.

domingo, 12 de octubre de 2014

Cacofonía mundial

La situación era insostenible, insoportable, inaguantable: el inodoro llevaba días tapado y nada lograba destaparlo. Probé con la clásica sopapa y solo terminé salpicando mis brazos de mierda y también el piso del baño. De esto me di cuenta cuando volví a la cocina dejando huellas marrones por el living. ¡Un asco! Los productos para destapar cañerías que compré en el supermercado solo me limpiaron el bolsillo y me siguieron ensuciando la economía. Me recomendaron soda cáustica. Entonces, fui y compré en la ferretería de enfrente una bolsa que me costó veinte pesos. El vendedor, que nunca sé si es amable o tiernamente falso, me dijo que no tirara el producto a las cañerías muy seguido porque terminaría dañándolas, ya que es altamente corrosivo. Parecía algo superfuerte… parecía lo que efectivamente necesitaba. 

Volví a mi casa. Subí al ascensor con la señora del “A”, vieja maldita que se queda mirando televisión hasta las dos de la mañana y cuya sordera provoca la subida indiscriminada del volumen y, en consecuencia, mi incapacidad para conciliar el sueño. Es difícil concentrarse en contar ovejitas cuando uno escucha la voz estridente de Tinelli y puede distinguir palabra por palabra lo que dice. Esa señora, de nombre Adela (lo leí en la liquidación de las expensas), nunca va a agradarme. Los vecinos del edificio no son nada simpáticos: ya llevo más de dos años viviendo allí y algunos siguen cruzándose conmigo sin saludarme, a pesar de mi cordialidad. En fin… El ascensor llegó a nuestro piso y en el pasillo ya se sentía un olor hediondo que enturbiaba el aire y hacía picar la nariz. “Ojalá Adela también perdiera el sentido del olfato”, pensé divertido. Me miró desafiante cuando la saludé. Y ella, sin responder, se dirigió a su departamento.


Abrí mi puerta y el vaho casi me derriba. Literalmente se asemejaba a recibir una trompada de excremento en la cara. No sé si la pestilencia ya me estaba volviendo loco, pero me dirigí hacia el baño y creí ver una capa oscura en el aire. Inspeccioné el inodoro… y me temblaron las piernas. Me subió una arcada y tuve que tragar saliva rápidamente. Cerré la tapa y me senté sobre ella, con la bolsa de soda caústica en las manos. Decidido, rompí el envoltorio en un extremo y volví a la cocina a llenar una pava de agua hirviendo, tal como me había dicho el vendedor. Levanté nuevamente la tapa y eché gran cantidad del producto. Nada pasaba mientras yo seguía fantaseando con que esa especie de arroz grande finalmente derretiría todo con eficacia. Pero algunos granitos quedaron flotando, otros encallados entre los soretes, algunos pegados a los costados. Entonces vertí agua hirviendo cuidando de centralizar el chorro en la soda caústica. El inodoro emitió un sonido como si se estuviera quemando: “tzzzzzz” pero era puro humo y poca acción. Los vapores eran tan potentes que tuve que girar la cabeza. En el apuro, derramé un poco de agua hirviendo en mis pantalones, lo que me hizo gritar como un loco y dar un pequeño salto hacia atrás arrojando, sin querer, la pava contra el espejo que se hizo trizas. Uno de esos pedacitos, microscópicos e indistinguibles, entró en uno de mis ojos, lo que me obligó a cubrírmelos instintivamente, y salí trastabillando del baño hasta dar con una silla y desplomar toda mi humanidad allí. 
No podía abrir el ojo, que además me lagrimeaba. Lo tenía que mantener cerrado y haciendo presión, porque en cuanto aflojaba el párpado, el ardor volvía. Tenía dinero en el bolsillo. Me puse la campera, controlé de llevar los documentos y la tarjeta de la Obra Social y tomé un taxi hasta la guardia médica más cercana... A las pocas horas, regresé a casa. Podía haber sido peor, pensé con un frío alivio, pero simplemente me encontraron un pedacito de vidrio incrustado a la derecha del iris, que un oftalmólogo gordo, con cara de Lenin, sacó con una pinza. La hemorragia que me había causado se iría con el paso de las horas, y debía usar un parche de gasa por varios días. La pigmentación podía sufrir algún tipo de cambio, pero no me importaba. Me recomendaron la limpieza del globo ocular con jabón neutro y que “tratara de no moverlo tanto”, como si levantara pesas de metal con el pobre. 

Llegué y, avergonzado, recordé que el problema del baño no estaba resuelto. Me ocuparía de eso en la mañana siguiente. Me acosté descartando la idea de cenar, de tan abatido que estaba. Y en ese preciso momento golpearon a mi puerta. “¡¡¡Puta madre que los re mil parió, vecinos hijos de puta!!!”, dije para mis adentros mientras me incorporaba no sin esfuerzo. ¿Qué podían querer? No recordaba que me hubieran tocado la puerta en todo el tiempo que llevaba en ese edificio, ni por la música ni por los gritos de las chicas... Cuando la abrí, el edificio entero estaba allí: todos con ojos encendidos. Lejos de atemorizarme, les pregunté en qué les podía ser útil. Me dijeron que no aguantaban más la hediondez y que se tornaba difícil, “imposible” gritó alguien, respirar. Una mujer se abrió paso entre sus vecinos por la estrechez del pasillo, con un perro desvanecido en sus brazos. Lo llevaba como si fuera a sacrificarlo en una ceremonia pagana. Parada frente a mí me dijo mascullando rabia: “Puffy está muerto. Vos lo mataste con ese olor a mierda y nos estás matando a todos”. Les expliqué que no existía mala voluntad de mi parte, que había probado destaparlo pero, por mi falta de tiempo y también por algo de negligencia, no lo había logrado hasta entonces. La cosa se ponía tensa, y mi única arma para disuadirlos de permanecer a mi puerta era el olor que salía de mi casa. Uno de los vecinos estuvo a punto de desmayarse. Eso logró descomprimir la situación. Accedí a recibir a primera hora a un plomero enviado por la mujer del 5to A. 

A las siete en punto, el timbre me hizo abrir los ojos o, al menos, el sano. El plomero entró con malas energías, era notorio, pero no era mi culpa. Tal vez temía que su perfume barato y acuoso, que debía persistir en su piel hasta terminar la jornada, se desvaneciera por el fuerte contraste con el de la materia fecal. Lo conduje al baño, le ofrecí algo para tomar. “Un poco de jugo, si tenés”, respondió, y me fui a hacer un té. Al rato apareció bajo el marco de la cocina, con semblante de desgracia. “No tiene arreglo esto, pibe”. Yo me quedé helado, ¿Cómo que no tiene arreglo? ¿Qué haría ahora? Los vecinos me iban a matar...Le dije que se quedara, que me ayudara, pero el plomero se mostró muy firme en su veredicto. El tufillo me hacía temblar un ojo, no podía controlarlo. El hombre empezó a toser mientras agarraba su caja de herramientas y se fue sin que yo bajara con él para abrirle la puerta de calle. 

Preocupado, consternado, decidí irme a trabajar. Lo que sucedió después no tuvo parangón. Es algo raro de explicar, pero todas las personas que pasaban por la puerta del edificio tenían sus rostros cubiertos con barbijos, pañuelos y hasta cascos. Había un pasacalle colgado: “Vecino, hermano, ¡qué soretes caga tu ano!”. Ya era una cuestión barrial. Había trascendido las paredes del baño, las del departamento, se había esparcido por el edificio, y ahora amenazaba con pudrir las calles de la ciudad. La gente, los vendedores y los comerciantes me reconocieron de inmediato: era el único que no llevaba protección contra el nauseabundo olor. Ya lo tenía tan incorporado que no me daba cuenta. Caminé hasta el subte bajo una lluvia de insultos y algunos empujones. Debía acabar con la situación de manera urgente. 

Estuve toda la tarde en la oficina buscando páginas en Internet que ofrecieran productos para destapar cañerías. Pero necesitaba algo superpotente, algo industrial, para grandes problemas, ya que el mío no parecía algo sencillo. Finalmente di con una empresa algo misteriosa que ofrecía una solución que “llegaba directamente a la obstrucción y desde ahí explotaba el nudo”. Cuando salí del trabajo, fui para allá; y en esa extraña casa del barrio de Colegiales, venida a menos, me explicaron que no debía usarse en inodoros particulares porque era demasiado fuerte, que el compuesto era apropiado para destapar turbinas, baños de animales de gran tamaño (elefantes, por ejemplo) y no sé cuantas cosas más, todo a inmensas escalas. Yo le aseguré y le recontra aseguré que debía destapar la cañería de una estancia que tenía cientos de hectáreas. “Va a andar bien, entonces”, me dijo el tipo alcanzándome finalmente el producto. Era un frasquito blanco, de forma redondeada, sin etiqueta y contenía solo 500 cm3. Por lo que costó, debía ser buenísimo. Más le valía. Además, no sé qué tipo de fábrica puede ofrecer sus productos en un garaje, pero no quise preguntar nada más. Solo quería enfrentarme al inodoro… y vencerlo. Era una cuestión personal. Siempre lo había sido. 


Cuando volví al barrio, una gran tela cubría el edificio como si lo hubiesen encapsulado, aislado de los demás. ¿Tanto olor había? ¿Había perdido mi sentido olfativo? Antes de empezar a recibir los insultos (los vecinos estaban furiosos porque el olor ahora se multiplicaba y quedaba todo adentro, sin posibilidad de que el aire de afuera pudiera descontaminar un poco), levanté triunfante el producto como si fuera la imagen de la Virgen María y les imploré que no me atacaran, que tenía la solución definitiva. Era absurdo todo lo que estaba pasando, pero a veces las cosas más irreales suceden en la realidad y uno no las discute, las toma con normalidad. Como esta que estaba pasando en mi casa, específicamente en mi baño, y que intentaba “digerir”. 


Subí corriendo las escaleras hasta el piso siete. Al parecer los ascensores estaban descompuestos: sus mecanismos se habían falseado por la humedad cacónica del ambiente. Abrí la puerta como un poseso, riendo casi, y con grandes zancadas llegué al baño. Destapé el frasquito y volqué todo el contenido. El inodoro empezó literalmente a latir, como si tuviera vida o fuera a salir corriendo o... El que se apresuró a alejarse fui yo, pero fue en vano: la explosión cubrió de mierda toda la ciudad, los parabrisas de los coches, las ventanas de los más altos edificios, las calles, las avenidas, las personas...todas llenas de excremento. La limpieza llevaría días, más bien meses, considerando la premura del Gobierno de la Ciudad por ocuparse de las cosas que realmente importan. Literalmente, yo me había desintegrado con la explosión pero, al menos, Adela se había ido conmigo y el inodoro... está destapado. 
                         

sábado, 6 de septiembre de 2014

El funeral de mi abuelo

                    “Un hombre cuenta sus historias tantas veces
                       que al final él mismo se convierte en esas
                   historias. Siguen viviendo cuando él ya no está
Y de ese modo, el hombre se hace inmortal.
(The big fish)

El funeral de mi abuelo debería ser multitudinario, reuniendo a todas aquellas personas que lo conocieron en vida y, por supuesto, a esas que nosotros -sus familiares- no conocimos nunca pero que escuchamos nombrar desde siempre y que guardan en nuestros imaginarios un aura medio mística. Estoy seguro de que la mitad de las historias que el viejo contaba no eran ciertas o, al menos, no habían sucedido como él las detallaba, pero ¡qué gusto daba escucharlo! Sus relatos eran contados tantas veces que si no eran verdaderos, él y sus oyentes terminaban por creerlas, por ver eso que él decía. Algunas narraciones no tenían nada de sobrenatural, pero uno no se cansaba. Por ejemplo, esa de cuando era chiquito y aun vivía en Córdoba con su familia y había ido al cine a ver la película de El hombre lobo, con la actuación estelar de Lon Chaney Jr. (1941). Entonces, cuando horas más tarde se acostó y vio la luna llena por la ventana, se asustó y fue corriendo a la cama de sus padres. Era comiquísimo escucharlo dado que, por lo menos para mí, siempre había sido un hombre muy grande, e imaginarlo de tan niño me transmitía una ternura inaudita. 

Mi abuelo era de otra época, y si bien trataba de contextualizar lo que me decía, algunas cosas me sonaban tan anacrónicas que me hacían ruido. Me costaba creer que había nacido en su casa, en Venezuela y Paseo Colón, con ayuda de una partera, y no en una clínica. A veces recorríamos la ciudad y decía: “Este edificio lo construimos con el ingeniero Pastore en el ´57 ́”, y uno se quedaba mirando con cara de bobo sin saber si era cierto y sin saber quiénes eran las personas que nombraba con una familiaridad tan engañosa que no creía necesario explicar, porque era obvio para él que supiéramos quién era –en este caso- el ingeniero Pastore, así no lo hubiésemos escuchado, visto u oído en la vida. Pasaba un montón de veces. Si uno le preguntaba, se quedaba como pensando, abstraído en el recuerdo o en la construcción de esos hechos. 

A mi abuela, por ejemplo, la conoció en una protesta contra el gobierno paraguayo en Buenos Aires. Dijo que quiso acompañar a sus obreros que eran paraguayos, y en una de esas reuniones estaba mi abuela. Raro… raro y romántico. La primera vez que fue a Paraguay a conocer a sus suegros, viajando en el hidroavión, dijo que eran tantos familiares que parecía el pueblo entero esperándolo, porque: “En Paraguay no pasaba nada; y cuando uno iba, era todo un acontecimiento.”

Perón fue quizás el gran tópico de todas sus historias. Todo lo malo que tenía el país tenía un solo responsable: Juan Domingo Perón. El déficit, la inseguridad, la devaluación, la falta de empleo, todo, pero todo -casi hasta si el día estaba nublado- tenía que ver con el General, con el político más importante, para bien o para mal, que tuvo nuestro país. Él era un joven cursando el servicio militar obligatorio cuando fue puesto preso por el régimen peronista. Su hermano, mi tío abuelo, el sacerdote Julio Arch, también fue apresado: él a Devoto, mi abuelo a Caseros. Un mes estuvieron encerrados. ¡Un mes! Desde mi percepción, un solo día, una hora puede ser un infierno, pero un mes me parece absurdo más conociendo a mi abuelo, tan delicado y mañoso. Es curioso cómo hay anécdotas que repetía hasta el cansancio y cómo, en cambio, otros momentos de su vida los mantenía completamente vedados. Supe muy poco de su adolescencia, casi nada. De su infancia, nada; salvo la historia de El hombre lobo y esa en la que actuó en un acto de su colegio interpretando a un enanito malo, donde su único parlamento era “¿Quién se robó mi cucharita?”. Tampoco supe de sus primeros años de adulto joven, y rara vez ha contado alguna cosa que tuviera que ver con mi padre o mi tío, como si la vida familiar fuera parte de un pacto social que le enseñaron de chico y no revistiera el interés necesario como para mencionarla. De todos modos, lo más rescatable era la cantidad de personajes –siempre secundarios, porque él era el protagonista indiscutido- que adornaban y matizaban sus historias: el turco Alí, Pipieri, el ingeniero Figueroa, Giménez, que traspasaron el ámbito familiar hasta tal punto que hoy en día mis amigos, cuando recuerdan a mi abuelo, siempre lo hacen nombrándolos o hablando de ellos. 
Si bien siempre tuvo una relación distante con el arte, puesto que su cabeza solo pensaba en números, planos y expedientes, su lado más poético brotaba –irónicamente- cuando pensaba y expresaba sin pudor su muerte ideal. En repetidas ocasiones decía que esta debía suceder en el subte o caminando por la calle Florida, su calle predilecta, a esa hora donde el atardecer pinta de naranja los edificios. Yo me lo imaginaba a mi abuelo como un flâneur caminando en dirección a la avenida Santa Fe mientras el día empezaba a irse y el cielo era un delicioso manto que lentamente se descorría para dejar paso a las estrellas.

Por desgracia tuvo que suceder en una cama, aunque como el personaje de El sur, de Borges, seguramente en su cabeza soñaba -al momento de dejar la vida-, una muerte ideal, sin cuchilleros ni actos heroicos, simplemente cerrando los ojos, encandilado por el sol de la tarde, en una calle ruidosa. Mi abuelo le escapaba a la quietud porque contaba que su padre, mi bisabuelo, se había muerto poco después de estar en reposo, tras un accidente que le había impedido caminar. “La cama lo mató”, recordaba con amargura. Era casi una consecuencia lógica suponer que la permanente estadía bajo las sabanas iba a terminar minando su ánimo, quebrando su espíritu y matando sus ganas de vivir. Una persona tan extremadamente independiente como él debe haber padecido una tortura constante al tener que depender de todos para levantase, ir al baño, al médico, a comer, para tomar las pastillas a tiempo en las dosis correctas, para su baño diario...



Entonces ese día yo llego destrozado por su muerte, porque más que un abuelo fue un segundo padre, en ocasiones un primer padre, y me sorprende ver a todos esos encargados de los cientos de edificios que guardan en sus memorias tantísimas anécdotas que le atribuyen a mi abuelo. Lo ven pasar en el ataúd casi como lo recuerdan: impecable, con su traje celeste, su corbata oscura, su expresión mesurada y sus cabellos (sus pocos cabellos blancos) peinados para atrás. Pero algo falta...algo no cierra. La escena está incompleta. Lo que sucede es que mi abuelo está en silencio (y… sí, está muerto). Falta su voz, esa voz gruesa y algo afiebrada tan característica de su humanidad, esa voz que en las reuniones familiares contaba las historias que todos queríamos oír, esos relatos que brotaban como de una Caja de Pandora porteña y urbana, historias desarrolladas en un cronolecto tan de otra época, más propia de Arlt que de Cucurto, y compuestas por insultos, vocativos y frases increíbles (“Era una mierda en dos tiempos”, “cartucho, cartuchín, cartuchito”, “Las calderas automáticas se encienden a los trece grados”, “Hace frío como para quedarse petiso”, etc). Ese estruendoso timbre… ¡cómo vamos a extrañarlo!, aun cuando nos molestaba y él se justificaba diciendo que era medio sordo. Mi abuelo no es mi abuelo si no puede hablar. Por eso está muerto, porque la voz estaba ligada estrechamente a su persona. Pero cuando toda la ceremonia termine y conozca finalmente a todos esos extraños seres que poblaban sus aventuras imaginativas y reales, y que acudirán sin que los hayamos invitado (porque no habría manera de saber dónde buscarlos), como si algo más allá de lo lógico les hubiese comunicado su fallecimiento, volveré contento porque sus historias vivirán en cada uno de los presentes, y los que no lo conocieron, tarde o temprano escucharán hablar de él, de cómo seguía a San Lorenzo o de lo orgulloso que lo hacían sentir sus tres nietos. Físicamente no estará más con nosotros, pero su espíritu y sus historias perdurarán, y habrá que encontrarlas en la calle, que era su hábitat, entre los edificios, arriba de los colectivos y en los subterráneos, allí donde se conjuga un realismo tan mágico como irrepetible.