Música para flotar

lunes, 28 de julio de 2014

El GPS de Ramiro

Una imagen de la novia de Ramiro 
Ramiro, primero un vecino de Almagro, luego un ávido visitante de este blog y por último un gran amigo vía mail –ya que nunca nos hemos visto en persona, pero hemos compartido grandes conversaciones por correo electrónico- me contó en una oportunidad que estaba cansado de sentir celos por la conducta de su novia. Al parecer, ella era una chica bastante llamativa que donde fuera generaba dobladuras de cuellos, suspiros, alteraciones sanguíneas y demás desórdenes masculinos. 

¡Ojo!, a Ramiro le gustaba que ella fuera así, pero no podía evitar padecer unos temores tremendos cuando ella salía con sus amigas los sábados a la noche o cuando lo hacía con sus compañeros de oficina (era bancaria), los viernes luego del trabajo. Ella le juraba fidelidad, pero él tenía el corazón bastante quebrado por múltiples decepciones amorosas (en criollo: lo habían cagado siempre) y era incapaz de volver a creer ciega y totalmente en una mujer. En su parcialidad sonreía y hacía de cuenta que estaba todo bien, pero cuando caminaba con ella de la mano por la avenida Rivadavia y los hombres pasaban a su lado y la devoraban con los ojos –a punto tal que le decían piropos o tragaban saliva ante su presencia– se mortificaba de una manera terrible. Entonces, ella detenía su andar porque ya adivinaba la sensación de su novio, y le decía que lo amaba, que no tenía por qué preocuparse, que ella estaba enamorada de él y de nadie más… y cerraba esa micro conversación motivadora con un caluroso beso. Pero si a ella le calentaba alguien más, ¿cómo podía saberlo?

Los amigos de Ramiro siempre le decían que su novia estaba más buena que comer pollo con la mano (a él eso le parecía sumamente desagradable y no encontraba el sentido de la metáfora), pero cuando cambiaba el semblante, lo abrazaban en conjunto y le decían que era una broma, que no se preocupara, pero que mantuviese una actitud alerta…porque la chica, pulposa, desafiante en su andar y provocativa en su vestir, parecía una actriz porno.

Ramiro, que padecía un tremendo problema de autoestima y era sumamente inseguro, en parte por los sistemáticos abandonos de sus anteriores novias, vivía intranquilo y amargado. Él tenía tan en carne viva el asunto que lo desarrollaba o al menos mencionaba en cuanta conversación lo tuviera presente. En los mails siempre le dedicaba uno o dos párrafos para el asunto (“No sabes lo que me pasó el otro día, fuimos a comprar pomelos y el verdulero…” o “Ella me lo hace a propósito, me insiste diciendo que no, pero le encanta jugar a ser una diva a pesar de que me hace muy mal…”). Es loco, pensaba yo, todo lo que uno soporta por “amor”. Luego lo pone en una balanza y termina perdiendo por goleada en el partido de los sentimientos.

Nunca me dijo bien de qué trabajaba o nunca lo entendí, creo que en un laboratorio… pero en dos o tres ocasiones, cuando le dije de ir a tomar un café –porque fuera del tema de su chica, Ramiro era, por lo que deducía de sus correos, sumamente interesante, gran lector, apasionado del arte, dueño de puntos de vista agudos sobre las cosas, crítico de la política– siempre me decía que estaba ocupado, que ya encontraríamos la ocasión (debía hallarla él, puesto que yo era el que sugería el encuentro). Tal vez, pensaba yo, se había expuesto tanto con el tema de su novia que sentía una honda turbación porque yo lo conociera y pudiese hacerlo sentir humillado.

Me dijo que había llegado a mi blog por casualidad y que entraba siempre porque le gustaba el punto de vista border (esa palabra dijo) desde donde encaraba las cosas. Me sentí contento. Nunca pensé que Ramiro pudiera ser materia de este blog, pero hace una semana recibí un mail suyo cuyo asunto era: “Resolví el problema de los celos”. Más por curiosidad que por otra cosa, abrí al instante su correo viajando en el 132, mientras iba a buscar a mi hermana al colegio, en Paraguay y Callao.

Yo no sé si será una broma o qué, pero no puedo menos que relatar lo que me contaba. Hay casos, donde la realidad supera –a veces ampliamente– a la ficción, y este era uno de esos, por lo que mi sentido literario entró en alerta y como siempre, no supe si me enfrentaba a una genialidad o a una tremenda y completa estupidez.

Un prototipo aproximado del GPS 
Ramiro, que desde el primer momento se declaraba un obsesionado por los celos, había encontrado la solución a su tara. No había consultado a un psicólogo o a un terapeuta. Tampoco había ingerido drogas (a ciencia cierta, esto no lo sé) o sustancias para 'limpiar' esas ideas de su cabeza. Tampoco la chica había cambiado sus maneras felinas para pacificar el alma torturada de su novio. No, Ramiro había inventado un GPS (Global Positioning System), es decir un dispositivo que permite determinar la ubicación precisa de algo… o de alguien. “Este loco va a perseguir a la chica”, pensé.  

Pero esto no era lo más sorprendente. Ramiro había creado un GPS algo peculiar, primero porque se ubicaba discretamente en la bombacha de la novia. Decía que era fino como una hoja, que era descartable y que no solo le indicaba a él con exactitud el lugar donde ella se encontraba, sino que además le había agregado un sensor de temperatura y humedad para descubrir si ella llegaba a experimentar algún… calor con alguien que no fuera él. El GPS además podía distinguir los flujos naturales, así como la sangre en los días que le venía de otras sustancias, propias… o ajenas.

"El microchip desmontable"
Este aparatito, que yo imaginaba como una feta fina de queso mientras viajaba con hambre hacia Recoleta y hacía esfuerzos locos para no caerme en un colectivo lleno de gente, tenía por si fuera poco un microchip desmontable que podía enchufarse al puerto USB de la computadora. Una vez hecho esto, un programa diseñado especialmente para identificar los datos del GPS se abría, daba un detallado informe de la actividad del día: horarios en que el estado de temperatura había cambiado, lugares recorridos, cantidad de minutos en cada lugar, alteraciones sanguíneas, detección de elementos extraños...y la lista seguía. 

La falta de información me hizo pensar que todo era un bolazo de cuarta, una fantasía absurda, pero el tono era seguro y convincente, como el de un loco. Estaba encantado con su invento y temía que su novia se diera cuenta y terminara dejándolo; situación adversa a la planeada (¿o era una sutil y lenta venganza?). Ramiro, que tenía una sed de gloria tremenda (recordemos que tenía baja autoestima), sospechaba vagamente que esta era la creación más importante de los últimos años en el mundo y que terminaría por hacerse rico y famoso. Él amaba a su gatúbela compañera, pero en la posdata del mail decía exactamente esto: “¿Te imaginas la cantidad de minuchas que puedo “pegar” con esto?”. Todo era un poco raro y más leyéndolo en un colectivo y pensando en cualquier otra cosa… que es lo que pasa cuando uno lo hace mientras se encuentra en una actividad determinada. ¿Qué podía pensar de lo que me planteaba?

No le contesté el mail y él no me escribió de nuevo. No sabía si felicitarlo o mandarlo a… ¿Acaso me estaba tomando el pelo? ¿Y si no?, ¿y si el tipo era un genio que creaba cosas geniales o inútiles? Quizás había mentido todo para “limpiar” su nombre, pero ¿con qué necesidad? O quizás quería competir con la verosimilitud exacerbada de mis escritos (pero en ese caso, ¿por qué no se hacía un blog y hablaba de sus inventos?). Cinco preguntas en casi cinco renglones era demasiado.

Me bajé del colectivo pensando que este GPS, de existir, le generaría muchísima más paranoia y dependencia. No sé si era una idea tan buena, al final de todo… Mi hermana, a lo lejos, me saludaba con la mano y mientras llegaba en ese mediodía soleado pero ventoso, yo ya estaba pensando en cómo iba a relatar esto...

CORRECIÓN Y CONFIANZA CONTRA VIENTO Y MAREA: SILVIA T.

viernes, 27 de junio de 2014

Miss Flor

Una postal desde el 132
La semana pasada viajaba sentado en un colectivo de la línea 132, absorto en la lectura de un libro de César Aira y escuchando música, cuando una persona se paró a mi lado y se agarró del pasamanos del asiento de adelante. Mi reacción inmediata fue mirarla, por un inevitable instinto de curiosidad y porque su altura había tapado bruscamente la luz que daba sobre mi libro. Era una mujer madura, de tez trigueña, con algunas pecas que manchaban dulcemente sus mejillas, labios finitos que delineaban una boca grande, larga mejor dicho, cabello castaño lacio y un mechón que le caía juvenilmente por la cara tapándole parcialmente el ojo izquierdo. Su nariz era fina y puntiaguda y sus ojos eran enormes y hermosos, casi que se podía nadar en ellos. Sus pestañas parecían capaces de acariciarte debido a la longitud que tenían. Tenía rubor en la cara y llevaba los ojos delineados sutilmente. No usaba rouge y sus labios se veían un poco descuidados. Vestía ropa de trabajo, pero no llegaba a ser formal: camisa color crema con las mangas semiarremangadas, pantalón pinzado escocés, zapatos de un tono oscuro que combinaban con una cartera un poco grande para su contextura; alta, pero muy delgada. En la mano libre cargaba una bolsa blanca con el nombre de una conocida cadena de librerías, en la que parecía llevar exámenes. Volví a retomar la atención en la novela pero algo en mí se encendió cuando recordé quién era…
Cuando yo cursaba la escuela primaria, no recuerdo con exactitud mi edad, pero habrá sido entre mis 10 y 13 años, tuve como profesora de Inglés a una chica muy joven llamada Florencia, o “Miss Flor.” Los amores de un niño son muchos y frecuentes, pero en cualquier caso son intensos y yo me había enamorado perdidamente de ella.                                                                                          Por supuesto que cuando uno recuerda desde la adultez las cosas se desvirtúan inevitablemente y la nostalgia solo sirve para matizar una situación que se justificaba en un anhelo tanto platónico como inverosímil; pero en ese momento, cuando ya se empieza a dejar de ser un niño, todo lo que sucede es puro realismo, porque no existe otra verdad posible, y no hay noción de nada más allá de lo que vivimos.                                              
Yo de "negrito" abrazando a mi tío y abuelo
En el acto de fin de año, actué de "negrito" y tuve que entonar una canción junto a un grupo de compañeritos cuyos rostros también habían pasado por el corcho quemado. Miss Flor nos coordinaba y yo le pedí encarecidamente a mi papá que la filmara solo a ella, que durante la interpretación se olvidara de mí y  se focalizara exclusivamente en su figura. Era chico, pero tuve una noción evidente de que la perdería, de que esa circunstancia era nuestro último momento juntos en la vida y pensaba que posiblemente una cámara lograra la ilusión de poder quedarme con un poquito de ella, al menos con su imagen. Por suerte, por amor a mí o porque papá es papá –con todo lo que eso implica–, siguió al pie de la letra mis anhelos y la figura de Miss Flor (ubicada de espalda a los padres, de frente a nosotros), ocupó gran parte de la filmación para enojo considerable de mamá que no lo podía creer cuando nos juntamos alrededor de la televisión, y vimos como el zoom se acercaba y se alejaba de esa estrecha figura. Yo era el único que no podía culparlo por su enorme gesto, ¿acaso alguien podía resistirse a la belleza de mi maestra de Inglés? En absoluto. Sentirse tentado por ella era casi un principio básico, una verdad absoluta. Además, ella era dulce, amable y, de alguna manera, simétrica, sensual y maternal al mismo tiempo.                                                                  El año lectivo terminó, pasé de grado y Miss Flor quedó algo olvidada y relegada seguramente por una nueva profesora de cualquier otra materia, aunque a decir verdad nunca tuve profesoras lindas de Matemática, Ciencias Naturales o Química (mi colegio primario no era mixto y casi no conocí chicas, fuera de mi prima y la hermanita menor de mi compañero Juan Pablo). Yo la seguía viendo por los pasillos pero ya no era lo mismo. Me habré enamorado muchas veces más, pero ninguna maestra me generó tanta adrenalina y entusiasmo; y a pesar del tiempo vivido, no recuerdo la cara de ninguna otra  profesora ni otro nombre que el de Florencia, Flor, Miss Flor, mi maestra de Inglés del colegio. 
Mi promoción y destacada, mi cara de payaso

Cuando volví a alzar la mirada –sin dudas era ella–, comprobé que el tiempo la había castigado levemente al costado de los ojos donde se vislumbraban los años transcurridos, su cuello presentaba arrugas indisimulables que intentaban pasar desapercibidas con una chalina, y parecía algo cansada. Sin embargo, el paso del tiempo no había podido con su belleza, aunque para mi decepción, no la vi tan hermosa como la recordaba. La contradicción me desconcertaba, la veía tan parecida a la que recordaba y a la vez tan distinta a la que había sido... ¿Pero la estaba asimilando tal como se me presentaba ante los ojos o la encontraba como me hubiese gustado verla? No podía determinar lo que había cambiado. A pesar del tiempo, que suele ser una variable algo caprichosa para considerar, no lograba darme cuenta. Finalmente lo entendí: ¡ya está!, me dije. Descubrí que el que había cambiado más era yo mismo. La idealización que alguna vez supe construir de ella se había terminado, ya no encarnaba a esa mujer-ángel-profesora-madre ni ocupaba más ese pedestal donde alguna vez la había colocado; ahora solo era una mujer terrenal aún bonita, pero avejentada, que viajaba en un colectivo. Su juventud pertenecía al pasado, pero cómo no habría de serlo, ¡si mi propia juventud acaso estaba terminando! Los años me quitaron la inocencia y si antes ella simbolizaba una Eva de pizarrón, ahora no significaba para mí más que una mujer como cualquier otra. El tiempo, siempre tirano, nos había emparejado socialmente de alguna manera: antes fue mi maestra, ahora yo soy Licenciado en Letras.  Había un abismo entre nosotros. ¿Se pondría contenta al saber que me había dedicado a dar clases? En un segundo pensé en todo lo que había pasado luego de ella y ¡uff!, resultaba imposible recordarlo en tan poco tiempo. Tantos cambios, tanto crecimiento, tantas mujeres, ¿por qué no?… (¿Por qué será que con el paso del tiempo uno se vuelve más exquisito con la elección de las chicas? Será porque antes uno era chico y no tenía ni experiencia, ni margen de comparación ni posibilidad de elegir: lo que se daba estaba perfecto). Posiblemente ahora, si no la conociera de antes, no hubiese logrado cautivarme.
 
El "negrito" se licencia años más tarde
Sentí deseos de hablarle pero, a la vez, creí que naturalmente no iba a recordarme, (los profesores desconocen lo mucho que pueden marcar a alguien, y sé que en el futuro me sucederá; me encontraré con alguien que me diga con mucho entusiasmo que mis clases o la vez que hablé del Quijote influyeron en él o lo llevaron a estudiar Letras; aunque, con que me diga que me recuerda como una buena persona estoy hecho). Y si hubiese tenido que trabajar su memoria en un colectivo, no me iba a sentir cómodo. Por el contrario, se me ocurrió que la iba a hacer sentir vieja, y no quería eso. Miré su mano y advertí un anillo de casada, no recordaba haberlo registrado antes. ¿Qué importaba ese detalle en todo caso? Seguro tendría hijos un poco más chicos que yo. ¿Qué le podía decir?: “Fui alumno tuyo de 4º o 5º grado y ¿estuve enamorado de vos?”. Me sentí tonto. Tonto pero chiquito, volví a ser su alumno, volví a ser el negrito de aquella obra. Seguía sentado en ese asiento, pero tuve la sensación de haberme empequeñecido: sentí que todo mi cuerpo tomaba dimensiones de pigmeo. Me convencí de que era mejor dejar las cosas como estaban, porque a veces tienen que seguir su rumbo sin que hagamos el más mínimo esfuerzo para modificarlas. Quizá, si le hablaba, ella podía mirarme como a un loco y dejarme irremediablemente desconcertado. En cambio, si dejaba prevalecer el misterio  forjando un pacto silencioso, eso nos permitiría a ambos bajar de ese colectivo en paz. Prefería tenerla en mi memoria por todo lo que recordaba de ella y no iniciar una nueva y absurda página de un libro que ya hacía rato no tenía hojas o que nunca las había tenido.                                                              Levanté la cabeza y la volví a mirar justo cuando enfiló hacia la puerta trasera. Se bajaba del colectivo. Quedé muy impresionado. Quise verla caminar, reconstruir aun más ese rompecabezas y me estiré por sobre el pasajero de mi derecha pero se fue hacia el lado contrario, donde mi vista ya no pudo alcanzarla. Alguna vez yo dejé su vida, no obstante solo fui un alumno más, pero ahora era ella la que dejaba la mía; y estaba bien que así fuera: muchos negritos aguardaban seguir enamorándose de Miss Flor. 
Un asiento vacío, toda una metáfora
CORRECCIÓN, EDICIÓN, PULIDO Y TANTAS OTRAS TAREAS: SILVIA T.

jueves, 5 de junio de 2014

Las amigas de mi abuela - # 3 Berna Pherson

Berna: la insospechada madre
de "El cuidador de la cripta"
Todos recordarán la famosa serie norteamericana “Tales from the Crypt”, o “Cuentos de la cripta” en su versión traducida, donde el cuidador de una cripta tenebrosa desempolvaba cada noche un antiguo libro y nos introducía en un relato de terror. Al terminar la historia, el ser esquelético cerraba la emisión con una conclusión pertinente sobre lo que acabábamos de ver. La serie fue emitida entre 1989 y 1996 con gran éxito y el presentador de los cuentos quedó inmortalizado como la cara del programa y su imagen fue usada infinitas veces como merchandising de todo tipo. Pero hay algo que nadie supo nunca y los productores mantuvieron en secreto para siempre: el cuidador de la cripta no era un muñeco, sino una persona real de carne y hueso. 

La historia se remonta al año 1890, cuando la familia Pherson dejó su Escandinavia natal para asentarse en lo que ya se llamaba Estados Unidos. Paranoicos por la peste que los asolaba, decidieron fundar la primera casa funeraria de la costa oeste. El gran éxito que tuvieron los obligó a expandir el negocio: crearon una inmensa cripta en un terreno medio abandonado, entraron en el negocio de la venta de ataúdes, coronas y adornos florales y hasta un servicio especial de maquillaje para los difuntos. El negocio fue pasando de generación en generación hasta que sucedió un hecho desafortunado y algo difícil de explicar: Berna, la menor de los Pherson que solo tenía 16 años y era la tataranieta de esos primeros habitantes escandinavos, juraba haber sido violada por un fantasma, un espíritu perteneciente a un soldado que había muerto de hambre en la guerra. Ya sé, ya sé que el caso es imposible de concebir; pero lo cierto es que nueve meses más tarde Berna dio a luz. 
Mapa de Escandinavia
El bebé no parecía ser humano, o sí, pero era como un esqueleto, casi carente de órganos y piel, solo poseía huesos que estaban unidos de una manera misteriosa. La sociedad no iba a aceptarlo bajo ninguna circunstancia. La familia quiso deshacerse de ese engendro de la naturaleza, pero Berna se negó: al fin y al cabo eso que acababa de parir era su hijo, suyo y de ese fantasma. Entonces la familia permitió que viviera en una de las criptas que poseían, como su cuidador. Durante los primeros años Berna lo visitaba casi a diario. Pero él no necesitaba nada, su estructura lo volvía ajeno a la comida o a la bebida. No necesitaba dormir ni ir al baño. No tenía frío ni calor. Era casi un fantasma, como su padre. Poseía un largo cabello gris, como si ya fuera un anciano. Ella, en tanto quería cumplir un rol materno, le leía cuentos de princesas y dragones, pero al poco tiempo, cuando su hijo empezó a hablar (no se explica como lo logró, ya que no tenía lengua), prefirió historias truculentas y escabrosas que según decía “tenían más que ver con él”. Su madre no entendía por qué, pero cumplía su capricho –que acaso era el único que tenía- sin chistar. Ninguno de los dos advertía la importancia del evento, jamás podían imaginarse que años más tarde, toda una nación esperaría atenta atrás de la pantalla estas historias. 
El adorable y simpático hijo de Berna 
Cuando su hijo llegó a la adolescencia, Berna murió en un accidente también inexplicable como casi todo en esta historia: unos amigos de ellos la habían envuelto en una gran alfombra y literalmente, se la habían fumado. El joven nunca supo por qué su madre no había bajado más a conversar con él ni a leerle historias. Pero le había dejado el legado más importante: su libro de cuentos. La familia se fue del país asediada por las deudas, la empresa quebró y la cripta fue abandonada. “El cuidador” quedó solo y librado a su suerte. 

Muchos años más tarde, un grupo de cineastas estaba buscando un escenario ideal para filmar una película de terror y se toparon con la cripta. A pesar del miedo que les generó, decidieron entrar. La sorpresa fue colosal cuando encontraron a un ser viviendo en las profundidades. Se presentó como el dueño de la cripta Pherson y les contó la historia de su vida. Los hombres del espectáculo quedaron fascinados ante el relato y vieron una veta económica en los cuentos que este pequeño ser huesudo parecía saber a la perfección. Decidieron abandonar la película que tenían en carpeta y filmar las locas narraciones del libro. Les pareció que él mismo debía presentarlas para homenajearlo y rescatarlo de ese inmerecido olvido al que había sido sometido. Lo demás es historia conocida… Lo más curioso de todo el asunto fue que su encanto natural (al parecer era muy buen conversador y, sobre todo, muy gracioso) –solo conocido por la compañía que llevaba a cabo la serie porque para el resto del mundo es y será un muñeco- enamoró a una de las productoras del ciclo. El fruto de ese romance fue “Bernita” -llamada así en honor a su abuela- que, por esas cosas de la vida, se convirtió en jugadora profesional de burako y participó de varias competiciones realizadas en Buenos Aires. En uno de esos encuentros trabó una muy buena relación con mi abuela, acaso otra jugadora formidable.
La tenebrosa cripta
Correctora y amiga de la vida: Silvia  T.

martes, 6 de mayo de 2014

Camelot (un cuento de desamor)

Fachada del local ubicado -hace años-
en Corrientes, casi Uruguay (Q.E.P.D)
La chica que le gustaba trabajaba en el local de comics ubicado al lado del edificio donde él tenía su oficina. No sabía nada de ella, pero amaba la extravagancia de su vestimenta,su actitud despojada frente a la vida, siempre apoyada en los codos sobre el mostrador leyendo alguna 
cosa, masticando chicles, como si el tiempo fuera un invento de Dalí. Le gustaba la imagen que proyectaba, una imagen completamente ajena a la suya y a la de las mujeres que solía conocer en los cócteles. 

Él se sentía un adinerado aburrido atrapado en un tiempo y en un lugar que no le correspondían. Le gustaba verse con el traje, pero no dejaba de verse como un disfrazado tratando de encajar todo el tiempo con el target pedido. Pero lo que más le gustaba de ella era la imagen de libertad que transmitía. Su pelo fucsia enrulado parecía no ser realmente consciente del mundo espantosamente normativo y prejuicioso que giraba afuera. El mundo que él encarnaba.

Francisco era abogado. Su padre era abogado. Su abuelo era abogado. Su inclinación por el Derecho fue prácticamente decidida desde la cuna, porque el Estudio de la familia era el más importante de la ciudad y era inconcebible que se malograra. “Pensalo bien Paco, ya tenemos un nombre, una clientela prestigiosa, una trayectoria, y vos podrías continuar el sueño de tu abuelo y el mío. ¿Para qué arriesgarse con otras carreras poco solventes?”, le dijo el padre –palabras más, palabras menos– en varios momentos a lo largo de su vida.

El abogado de las "personas
importantes" de Los Simpsons
 
Francisco quería ser dibujante y si bien era un profesional excepcional (no había perdido un solo juicio), estaba aburrido de las leyes, de los magistrados, de Tribunales y de la complacencia de todos cuando lo escuchaban hablar. 

Cuando un local de historietas se instaló justo al lado de su oficina sintió que el destino lo estaba provocando, que lo estaba llamando cobarde: acá está tu lugar y no allá. Tardó meses antes de frenarse en la vidriera y quedarse enamorado de todas esas tapas, de esos personajes tan fantasiosos como necesarios. También había muñecos de todo tipo, algunos sumamente realistas con detalles imperceptibles y otros de diversas publicaciones o de algunas películas. Se quedó pasmado, soñaba con ver su nombre en alguna de esas tapas, así no fuera más que un fanzine de cuatro páginas. Era un niño frente a una juguetería, un niño enfrentando su deseo primario. Todo en esa vidriera lo miraba también con nostalgia, con la sospecha de haber perdido a un creador nato, un apasionado de verdad, no un dibujante que trabaja por encargo.

Pero había algo que le gustaba más que los comics, a pesar de no saber nada de ellos, y eran las mujeres. No fue extraño que se enamorara de la vendedora del local, la figura visible y humana de ese lugar. Proyectaba toda esa necesidad artística que arrastraba a lo largo de su vida en una chica que ni siquiera sabía que él existía pero que, solo por estar allí sentada, ya tenía una gran dosis de importancia. El sueldo no tendría punto de comparación, es verdad, pero estar rodeado de ese mundo mágico y en los ratos libres elaborar bocetos no para que lo contratara una empresa norteamericana y vender su talento a cambio de billetes, sino para estar a gusto consigo mismo... eso no tendría precio. Dibujar un hechicero porque este le pide que le dé realidad, no porque haya una finalidad. Francisco no podía abandonar el estilo de vida al que estaba acostumbrado y recostarse sobre el césped en Plaza Francia a dibujar mariposas, tan hippie no era. Pero desde que ese local estaba allí, el sentido de su vida –lo que era, lo que representaba– empezó a hacerle ruido.

La chica de la tienda tenía el pelo de este color
Una noche pensó en ella casi hasta quedarse dormido y al día siguiente decidió entrar al local y hablar con ella. Pero se frenó al verse tan burgués, tan ajeno a ese ámbito y a ella. Al menos, tenía que tener una vaga idea de historietas, dibujantes, series y personajes, y era algo que desconocía completamente. Francisco disfrutaba haciendo dibujos en su agenda como un amateur, pero nunca había ido a una exposición de comics. Tampoco se le hubiese ocurrido, por ser un evento tan ajeno a sus corbatas, a su estructura. Nunca se propuso investigar, ni siquiera por Internet. Pero esta empezó siendo la solución. Se propuso obtener un bagaje general para poder tener una conversación fluida con aquella chica de pelo fucsia y lograr que fuera verdad, porque atrás de ese traje, él era un dibujante, un artista. Hasta pensó que podía llevarle algunos dibujos y pedirle su opinión, pero eso era mejor dejarlo para una segunda instancia. El vértigo de tener algo con ella lo estimulaba. Su familia no podría entenderlo, pero él debía de algún modo reunir en una sola persona algo parecido a lo que siempre había querido. Las mujeres de su oficina eran hermosas, pero también aburridas chicas materialistas, tal como él se consideraba; vestían trajes impecables, peinados súper cuidados, zapatos de taco, y perfumes como para hacer una orgía olfativa. En cambio, la chica de los comics usaba remeras superpuestas, jeans o pantalones de colores, zapatillas y todo tipo de bijouterie en las muñecas y en el cuello, colgantes con muñequitos, símbolos chinos y otros. Francisco envidiaba su comodidad y no podía creer que la ropa de trabajo que ella usaba era como su ropa de un sábado a la tarde.

Una mañana pasó y la chica estaba acomodando unos peluches feos de un solo ojo. Francisco se quedó quieto mirando la escena. Nunca la había visto tan de cerca. Era todavía más linda de lo que creía. Su rostro era fresco y descansado, no conocía las arrugas que nacen de las preocupaciones, de los juicios, de los debates; ella solo acomodaba muñecos en un estante. Sus uñas estaban pintadas de todos los colores llenando de alegría el mundo, mientras que el traje de Francisco, de color gris topo, intentaba aplacarla. Pudo vislumbrar una bombacha minúscula con dibujos de fantasmitas. De repente, la chica se dio vuelta y se miraron a los ojos. Fue un momento demasiado fuerte e inesperado para el abogado que solo atinó a mostrar una pequeña sonrisa y huir. Ella en cambio devolvió una gran sonrisa mostrándole todos los dientes, como si le hubiese dado gracia que alguien estuviera ahí espiándola. Le pareció un sujeto muy interesante.

Francisco derretía jurados porque su oratoria era laberíntica y aduladora. Todos caían a sus pies. No había mujer en el Estudio que no se le hubiera insinuado, y no por ser el hijo de, sino por sus propios méritos, su porte, su talento, su belleza, su poder para encarar auditorios y salas repletas de personas sin mostrar debilidad. Pero nada de eso servía; la única chica con la que quería tener una conversación inocente era la de la tienda de comics... y estaba aterrado. Sentía bronca contra sí mismo. No podía sufrir tanto pánico escénico. La huida de la otra vez había sido un acto estúpido, y eso le jugaba en contra. Pero prefería seguir leyendo, buscando, estar más seguro y seguir esperando.

Adictiva serie de manga oriental
Francisco solo la veía dos veces por día, cuando llegaba a la oficina y cuando se iba. En esos cuatro segundos pensaba que tenía que lograr que ella lo mirara y coincidir con esa mirada y sonreírle. Pero era casi imposible. Casi siempre estaba leyendo algo y rara vez levantaba la vista. Una vez pasó, y ella llevaba una remera blanca con unas inscripciones en algún idioma extraño y el hombre estuvo una semana tratando de descifrarlas o encontrar a qué podían pertenecer. Pero no hubo caso. Él se había quedado en la época de Batman, Superman, de los clásicos, si es correcto llamarlos así. Ahora había tanto que estaba azorado, ni en un millón de años iba a poder conocer y consultar todas estas historietas. Empezó a ver una serie por Internet cuyo título lo había leído en uno de los costados de la vidriera: se llamaba Death Note; y al principio los dibujos orientales no le agradaban, pero tiempo después se familiarizó tanto con ellos que llegó a dibujar a todos los personajes en un anotador. Se compró unas tintas que pidió a Japón y en los descansos incursionaba en técnicas novedosas, al menos comparadas con aquellas a las que él estaba acostumbrado. Compró por poco dinero un lote de historietas diversas que alguien se quería sacar de encima y las leyó con verdadera fruición, reparando en los detalles no solo gráficos o que hacen a los dibujos, sino también a los datos del dibujante, el guionista, el traductor. Todo lo que podía hacer a su entendimiento cabal sobre un comic. Paralelamente su enamoramiento, al menos platónico, por la vendedora aumentaba, porque cada vez se sentía más cercano a ella.

El trabajo se empezó a poner cada vez más tedioso hasta el punto de olvidar citas, descuidar clientes de toda la vida y desestimar consejos paternos. Tenía ahorros para poder sobrevivir varios años sin siquiera trabajar. Podría cambiar su estilo de vida, mudarse a un departamento más pequeño (¿para qué quería tener cinco habitaciones?), cambiar el BMW por un coche más económico. No quería dejar de trabajar, pero los comics se convirtieron en la prioridad, y esto lo llevó a desear un trabajo menos demandante, donde le quedara una neurona al final del día y no para ahogar con whisky en un pub de Retiro, sino para poder dibujar hasta quedarse dormido.

El día que se sintió realmente seguro acerca de sus conocimientos en materia de historietas, le comentó a su padre la decisión de abandonar el Estudio. Para su sorpresa, a su padre no le llamó la atención para nada. Le dijo que hacía tiempo que lo veía disgustado y perdido en las “revistitas”. Agregó que, si bien su anhelo era que él continuara con todo, no podía obligarlo a quedarse. Francisco se sorprendió de la apertura mental de su padre... nunca había sido tan flexible. Pero, por mucho que le doliera al padre la elección de su hijo, sabía que trabajar en un lugar en el que no se encontrara bien podría representar un daño potencial para toda la firma. De hecho, el padre de Francisco ya se había adelantado y hacía algunos meses estaba entrevistando postulantes. Eso no se lo dijo para no herirlo. Insistió en que siempre tendría las puertas abiertas para cuando quisiera regresar, que nadie podría reemplazarlo.

Mafalda, feliz e inmortal
Francisco salió radiante, con una sensación indescriptible de libertad física, mental y social. En la puerta, se sacó la corbata y la tiró a la basura. No sabía qué le iba a deparar la vida, no estaba muy seguro de los caminos que iba a tomar y en esa incertidumbre radicaba todo su bienestar. Hay veces en la vida en las que hay que arriesgarse, sin importar qué puede pasar. Es mejor apostar la ficha y ganarle a la banca o perder todo, que volver a la casa con la ficha sin saber qué hubiese pasado si hubiéramos jugado. La vida es para los que se animan, tal como Francisco, los que se tiran de cabeza a una pileta de sueños sin tener siquiera flotadores. 

El germen de este nuevo estado había sido la casa de los comics y la chica de pelo fucsia. Para que todo terminara de cerrar o –mejor dicho– para que todo empezara a suceder de una vez, tenía que hablar con ella. Estuvo meses incursionando en la materia y sentía que no solo debía aprobar, sino también llevarse a la profesora. Estaba excitadísimo, sentía que flotaba, que podía comerse el mundo, pero ahora con el sabor que él quería. Sin pensar mucho más, entró al local. Cuando la vio, quedó sorprendido. Había teñido su pelo a un tono castaño, estaba elegantemente arreglada, vestía un traje azul, zapatos… Ella fue la primera que habló:

- ¿Vos trabajas acá al lado, no?
- Sí…
- Hoy tengo una entrevista en el Estudio de abogados y la verdad (dejó escapar una risita) estoy algo nerviosa. ¿Sabés si son muy exigentes? Yo estoy por recibirme y…

Francisco no respondía. Se quedó atónito. La realidad le dio una cachetada tremenda. Además la chica no dejaba de hablar, era insoportable. Como si no hubiese escuchado nada de lo que ella había dicho la interrumpió:

- ¿No vas a trabajar más en este lugar?
- Si me contratan ahí, no… la verdad es que odio este lugar. Está lleno de revistas para gente rara, infantil. ¿Podés creer que hay gente grande que compra estos muñecos horribles? Viene gente reloca que le hace culto a series japonesas de dibujitos ¡jaja!. Yo no entiendo nada...

El corazón de Francisco se rompió en mil partes. No podía culparla, quizás había puesto demasiadas expectativas en alguien que resultó ser distinta a lo que él pensaba, muy distinta, exactamente igual a las mujeres de la oficina. La chica sintió alivio al haber encontrado a un abogado con quien poder descargarse, alguien de traje, elegante, serio, maduro y seguro, con sus mismas ideas.

- Lo peor de todo fue que el dueño me pidió que me tiñera el pelo, que usara un estilo de ropa de vagabunda –¡qué denigrante!–, todo para dar una imagen “adecuada”. Menos mal que la ropa me la daba él, porque ¿quién puede usar esos disfraces patéticos? ¡Qué estupidez! ¡Lo que uno hace por un sueldo! Cuando tenga realmente mucho poder, voy a reventar a este miserable, le voy a sacar toda la guita y le voy hacer quemar toda esta basura. Quizá le haga un juicio en concepto de daño psicológico por todo lo que me tuve que bancar acá, jaja…

Francisco representaba un papel en su trabajo, ella también representaba un papel en el suyo. No había mucha vuelta que darle. Francisco tiró de un hilo muy fino esperando descubrir la esencia ultrajada de su vida, pero solo se encontró con una pared fría. Ese local y esa mujer habían cobrado un peso simbólico muy fuerte en su vida y se resistía a abandonar el objetivo al que lo habían conducido. Ahora se daba perfecta cuenta de que se había embarcado en un viaje arriesgado y que había apostado al casillero equivocado. Sin embargo, algo en su interior le daba la certeza de que estaba en el sendero correcto... Se daba cuenta de que aquella chica que él había imaginado como el estandarte de la libertad tan anhelada no lo era. Estaba seguro de que la verdadera libertad era otra cosa... exactamente lo que había hecho al sincerarse con su padre y librarse del mandato familiar. Dio media vuelta y la dejó hablando sola; sentía la urgente necesidad de despertar de ese mal sueño y de emprender su verdadero camino.

La chica miró la hora, se sentó (todavía faltaba una hora para la entrevista), siguió leyendo su libro de Derecho Tributario y pensó que Francisco era otro loco.
Logo de la extinta tienda

Corrección y modificaciones del final: Silvia. T

domingo, 13 de abril de 2014

De excelente actor mafioso inglés a destacado otorrinolaringólogo argentino

Una postal del film autografiada
Abrumado por el repentino e inesperado éxito que le significó la memorable interpretación de “Harry, el hacha Lonsdale” en la primera película del director Guy Ritchie -estamos hablando de Juegos, trampas y dos armas humeantes (Lock, Stock and Two Smoking Barrels), de 1998-, P. H. Moriarty abandonó la actuación por completo. Su historia y los caminos que causaron que este médico inglés terminara trabajando como otorrinolaringólogo en la Clínica San Camilo, en el barrio porteño de Caballito, tiene ribetes bastante curiosos. 
Nacido en 1939 con el nombre de Peter Harry Moriarty, en la ciudad británica de Manchester,  desde niño, decían sus padres, podía advertirse fácilmente que la medicina sería su destino, que simplemente lo llevaba en su ADN. Su madre, Carol Rotten, según algunas anotaciones que pudimos tomar de su diario íntimo, escribió alguna vez que su pequeño, regordete y único hijo, “destrozaba las muñecas que pedía como obsequio, para luego volver a coserlas y <<curarlas y sanarlas>>; y entonces la satisfacción brillaba en sus ojitos”.                                                                   
El Dr. Moriarty en su consultorio en Buenos Aires
Carol era maestra en una Escuela Normal y Peter, desde que tuvo uso de razón, admiró el compromiso que Carol tenía con sus alumnos: caminaba 30 yardas (esa es la medida en Inglaterra) por un camino de tierra que se inundaba con facilidad, para llegar a un precario embarcadero; luego era conducida por un barquero en un bote destartalado lleno de cucarachas. Cuando llegaba al otro extremo debía subir y bajar ineludiblemente tres montañas y ahí aparecía la diminuta institución educativa. Esta rutina la repetía seis veces por semana por absoluta vocación, ya que amaba su trabajo; curiosamente era una de esas extrañas docentes a las que les gusta educar. El padre de Peter era argentino, tucumano para más datos,  y había huido de su país en circunstancias muy poco claras y en un clima político algo enrarecido. Sin una educación formal ni un trabajo estable, se dedicaba a prestar su bello rostro para publicidades y comerciales; sin embargo, al contrario de lo que uno pudiera pensar, esta actividad lo frustraba enormemente puesto que él se consideraba  por naturaleza un actor serio capaz de interpretar a Shakespeare o a Chejov. Pero los años pasaban y esa posibilidad le era cada vez más esquiva. Conoció a Carol una vez que, sin saber muy bien por qué, terminó haciendo una obra de teatro infantil con unos amigos en la escuela donde ella trabajaba… La maestra se enamoró de él perdidamente y sin remedio.
                                             ******************************
Dejemos esta historia acá y adelantémonos algunos años… cuando por pedido explícito del abuelo argentino, Peter, ya padre y meritorio doctor en medicina, llevó a su pequeño hijo Noel para un casting de un postre helado. El nene era demasiado bonito y si bien a Peter todo ese mundo le parecía muy frívolo (más considerando las angustias existenciales que Peter le había sospechado a su padre desde siempre), no quería que Noel se decepcionara  si no llegaba a ser el elegido. Pero a la vez pensó que estaba haciendo muy feliz a su padre, que tomaba esto como una revancha personal, porque si él no había podido lograrlo y su hijo había desdeñado la actuación, cifrar todas las esperanzas en el nieto le parecía lo más lógico. Esto debía ser solo el puntapié inicial. Alguien lo descubriría y sería un actor renombrado y famoso, importante, e interpretaría a los clásicos… El abuelo amaba a su familia, a su país y a su equipo de fútbol, el Manchester City, pero por sobre todo amaba a su nieto que, desprovisto aun de voto y de razón, podía ser conducido de a poco a las tablas y luego a la Televisión hasta llevarlo finalmente al Cine. Su hijo Peter, médico  y hombre de ciencia, era demasiado sensato y práctico desdeñando secretamente sus esmerados intentos por convertir a su pequeño Noel en una estrella mundial. No había podido alejarlo de la Medicina a pesar de todos sus esfuerzos…
El día del casting, el abuelo se preparó como si la prueba la tuviera que dar él. Siempre que podía, este hombre algo calvo, de piel rojiza y bigotes blancos como la nieve,  alardeaba de sus pequeños éxitos televisivos, que eran pocos y mediocres, pero él los hacía relucir de manera asombrosa, al punto que la gente pensaba que tenía ante sí  a un actor imprescindible a quien los medios de comunicación habían maltratado. Peter también quiso acompañar a su hijo en este, su primer casting, esperando que fuera el último. Los tres, abuelo, padre e hijo estaban sentados en un pasillo repleto de niños que corrían incansables de un lado para otro. En las paredes había dibujos de Popeye y sonaba una música infantil, como con tambores y cambios grotescos de voces (¿Sería Flavia Palmiero y la Ola Verde?).
Uno de los niños en el casting
 El abuelo estaba ansioso, soñaba con ver su apellido en una marquesina; su hijo estaba algo nervioso, tenía una operación programada en un par de horas en el hospital que quedaba del otro lado de la ciudad; y su hijo Noel no entendía mucho qué estaba haciendo ahí –aunque secretamente su intuición le indicaba que entre su padre y su abuelo había una contienda misteriosa que se le escapaba, que no estaba en condiciones de comprender–. El griterío era espantoso y el calor empezaba a hacer brotar los nervios de los cientos de madres, padres, tíos, abuelos o tutores que se encontraban en el estudio de la calle John McDowell. Pero una voz resonó tan fuerte, nítida y grave que el lugar enmudeció y los chicos guardaron por primera vez un silencio sepulcral, y lo más curioso: sincronizado. “¡Lo encontramos!” “¡Lo encontramos!”. El sonido anticipó a la persona que apareció tras la cuarta repetición de la frase. Un hombre vestido algo excéntrico con un saco a cuadros verdes y pantalones con lunares amarillos, calzado con zapatos de cuero de víbora caminaba lentamente por el pasillo. Los adultos tragaban saliva, esperanzados en que su retoño fuera el destinatario de esas palabras tan celestiales. Pero uno solo sería el elegido…se detuvo frente a los Moriarty. El abuelo masculló “Yo sabía que Noel la iba a pegar”(por supuesto, lo dijo con palabras inglesas y más refinadas)... pero el hombre del grito extendió su largo brazo y apoyó la mano en el hombro de Peter quien abrió los ojos demudado, quizás algo exageradamente. El dueño de esa mano, lo miró a los ojos y le dijo: “Usted es el actor que estábamos buscando”…
Resulta que el casting para niños era toda una farsa. El verdadero propósito del Estudio era convocar a “gente común”, para extraer de ella los personajes para la ópera prima de un director hasta el momento ignoto que no contaba con los recursos necesarios para contratar actores profesionales, ni siquiera amateurs. La negativa de Peter fue firme; argumentó que tenía un trabajo serio, que sus pacientes confiaban en él, que su prestigio… pero en eso miró de reojo al padre y comprobó que cada una de sus palabras eran un cuchillo que le clavaba y que le había provocado caprichosas lágrimas en su arrugado rostro por no poder disimular tanta decepción. Entonces interrumpió su argumento, se mojó los labios con la lengua, tomó aire y le dijo al de ropa estrambótica que lo haría. El padre seguía llorando, pero ahora de alegría. En medio de los dos, Noel leía una caricatura bastante abstraído del asunto. No supo bien qué pasó, pero de alguna forma su pequeño cerebro le comunicó que una deuda que databa de años, había sido saldada. En el interín, que fue solo un breve momento, la gente se había marchado (insultando, furiosa por la estafa, decepcionada… y con sus niños dejando ríos de llanto).
Trailer de la película de Guy Ritchie

Muchos castings de esta misma naturaleza se llevaron a cabo para formar el elenco estable de la película. Una forma muy atípica de seleccionar los actores que la compondrían, pero viendo los resultados posteriores, el método tuvo un éxito fenomenal. Quizás la crítica  no le haya prestado oportunamente demasiada atención, pero la trama, escindida y laberíntica, las actuaciones, los personajes, el guión y la música hicieron de esta una película excelente. Habría sido genial estar en la casa de Peter al momento en que leía por primera vez sus líneas… porque estaba aterrorizado con su personaje. Era un mafioso violento y psicópata (que hasta llega a matar a alguien a golpes con un pene de goma) que amasa una fortuna, gracias al juego clandestino, las drogas y la prostitución. Peter, cuya ambición secreta era ganar el Nobel de la Paz, estaba martirizado con la idea de interpretar a alguien tan ajeno a él, a sus maneras, a su bondad infinita y a su amor por el prójimo. Pero se confortaba cada día al ensayar el guión con su padre: lo estaba haciendo profundamente feliz.
Luego de la “vorágine” de la película (entrevistas, presentaciones, estrenos, etc.), Peter quiso retomar su trabajo en la clínica... pero cuando volvió, se encontró con otro nombre grabado en el vidrio de su consultorio. Tardó largo rato en entender lo que había pasado y cuando lo supo, el mundo se le vino abajo: lo habían echado. Un poco de la furia y el cinismo de su personaje le volvieron al cuerpo y fue a hablar con el Director General para pedirle explicaciones. Damon Cocker, que era el nombre del responsable máximo, empezó diciéndole que la película le había encantado… (¡qué le importaba eso a Peter!), que su actuación había sido soberbia y sumamente convincente… y que de tan convincente… los pacientes –e incluso algunos otros colegas- le tenían cierto… temor. Peter, el buen vecino, buen esposo, buen padre, buen hijo, buen ciudadano, excelente profesional y finalmente – al parecer–  excelentísimo actor, había sido demonizado y resistido por la gente… Al contrario de lo que suponía que pasaría. Su papel lo había devorado; la ficción, una vez más, se imponía a la realidad. 
¿Es la persona o el personaje? 
Esa noche llovía a cantaros y fue a hablar con sus padres de lo que le había sucedido… necesitaba desahogarse. Tuvo que dejar el coche a dos cuadras porque no encontró lugar y no llevaba paraguas así que cuando tocó el timbre estaba totalmente empapado. Al momento que su madre abrió la puerta, un trueno retumbó bruscamente y la imagen de su hijo todo mojado le hizo dar un fuerte alarido. Peter entendió que su madre también estaba sugestionada y que ya no había vuelta atrás. El diariero de la esquina que siempre le daba charla y lo demoraba aburridamente en su camino a la clínica preguntándole estupideces, modificó completamente su actitud y le empezó a entregar el diario como con temor y lo despedía apresuradamente… El papel en esa película lo había arruinado para siempre.
Así como  indirectamente el problema tuvo su origen en el padre, la solución, parcial pero solución al fin, también provino de la misma persona. El abuelo de Noel le dijo que en Argentina, más específicamente en Buenos Aires, tenía un conocido que trabajaba en una clínica privada y podía acomodarlo allí. Peter dudó, pero cargaba con un estigma tan fuerte que el exilio se volvía una exigencia necesaria para volver a empezar. Algunos sueñan toda la vida con llegar a la fama, como su padre; él había llegado y eso solo le había acarreado dolor, pérdida y rechazo. La fama no era lo prometido, lo que la gente pensaba. Quería retomar su vida normal y en su país nadie parecía entender que él no era eso, que era una mera actuación como tantas otras en la historia del Cine. ¡Qué ridiculez! Era como pensar que si uno se cruzara con Anthony Hopkins iba a comerte un brazo por su rol de Hannibal Lecter… Quizás la sociedad inglesa era mentalmente muy cerrada… o tal vez él era –esta posibilidad lo dejaba estupefacto– un actor por naturaleza y debía amigarse con esta faceta que nunca supuso.
La Clínica San Camilo en el barrio porteño de Caballito
Años más tarde, “Pepe”, y ya no más “Peter”, se convirtió en uno de los médicos más queridos y estimados de la Clínica San Camilo (Av. Ángel Gallardo 899). Algunos pacientes, en general los más jóvenes, lo reconocían por su papel, pero lo felicitaban por su performance y ninguno le mostraba síntomas de resquemor o recelo, solo de narices tapadas. El médico inglés encontró en este pueblo una calidez que en su vida había sentido y una apertura intelectual que su país estaba lejos, lejísimos de lograr. Algunas pacientes adultas le traían dulces, las enfermeras lo miraban con cierto deseo, que para su edad era un mimo impresionante al ego, sus colegas lo invitaban a los asados y la amistad con Daniel, el oculista del tercer piso, le valió ser elegido el padrino de bautismo de su hijo. Carol y su nieto Noel se adaptaron rápidamente a la ciudad y no extrañaron tanto como pensaban el clima frio y lluvioso, la comida frita y los chistes del abuelo Moriarty,  quien desvariaba en los últimos días antes de que partieran rumbo a Buenos Aires. 

Este soy yo operado y un amigo
que reía de mis incoherencias

(mucha anestesia)
Yo fui uno de sus pacientes y él mismo me operó en dos oportunidades de la nariz (por una desviación del tabique y porque los cornetes me impedían un correcto pasaje de aire). Rescato su tono amable y divertido, su paciencia y su amor para explicarme las causas y las consecuencias de la intervención. No obstante, cuando hablaba tan seriamente, podía percibir, tras esa cara inocente, los rasgos que tan bien le imprimió a su personaje de “Harry, el Hacha”. Por ejemplo: cuando enarcaba las cejas, sentía que estaba en presencia de aquel peligroso rufián. 
Espero haber esbozado un perfil acabado o, al menos, haber dado una idea de los pasos que convirtieron a este buen actor inglés, en un excelente médico argentino.

[Dr. Miranda, si alguna vez llegara a leer este escrito, le quiero agradecer la inspiración que me aportaron sus cejas y su gesto adusto. La foto la saqué a escondidas una vez en su consultorio]         


Silvia.T., colaboradora , correctora y figura imprescindible en esta nueva locura literaria