Música para flotar

domingo, 17 de agosto de 2014

Un día, en la BAN! 2014

Logotipo del evento
El lunes 4 de agosto asistí al Centro Cultural San Martín, lugar donde se estaba llevando a cabo Buenos Aires Negra (BAN!), es decir, el Festival Internacional de Novela Policial de Buenos Aires. Si bien su nombre suena muy rimbombante y quizá pretencioso, el espacio destinado a dicho Festival (un salón anticuado del primer piso,  con luces de oficina, como si fuera de los años setenta), el escaso público que asistió hoy y los días previos y la dudosa trayectoria de muchos de los expositores, daban a pensar que esta era una de otras tantas argentinadas, una fantochada literaria organizada por unos cuantos snobs para llenarse la boca hablando de ellos, como es el caso del insoportable moderador cuyo nombre todavía desconozco. Apoyo la idea y la moción de celebrar un Festival así, pero hace falta mucha cultura para poder llenar la sala, así como en su momento hizo falta concientización sobre la importancia de la bicicleta antes de trazar las incómodas y peligrosas bicisendas. Este Festival es una buena idea, lamentablemente mal realizada. Extraña la calidad de los auspiciantes (Tusquets Editores, Random House Mondadori, Fundación El Libro, entre otros) y el poco provecho obtenido de ellos. 

Este es el cuarto día del evento y aunque no haya ido las dos veces anteriores, ya que no se publicitó lo suficiente, puedo inferir que por el modo en que se lleva a cabo, BAN! no representa más que un intento desesperado por aparentar multiculturalismo, cultura e intelectualismo popular... es decir, espejitos de colores. 

El eslogan del Festival es: “Donde el crimen real se mezcla con el crimen de ficción”. Y en el folleto oficial disponible para todos los asistentes, en una especie de nota editorial, Hernán Lombardi, Ministro de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, dice que “esta innovación sentó escuela, que otros festivales recogieron el guante e incorporaron a sus eventos personas relacionadas con el crimen real”. Listo, entonces ya no nos falta nada: Papa argentino, reina holandesa, invención de la birome, creación del dulce de leche… y ahora esto, como para no quedar siempre tan arrogantes frente al mundo. 

La entrada para ingresar a la BAN!
Pero lo que quiero contar es algo específico que pasó ese día en cuestión. Algo que los medios no van a difundir y que quedará guardado en la memoria de cada uno de los presentes. Algo que nos pidieron no revelar, pero yo me debo a la verdad aunque genere malestar, como ha pasado otras veces...

Esa tarde concurrí motivado por la charla del autor mexicano Paco Haghenbeck, quien disertaría sobre la Narcoliteratura Mexicana. Él era el expositor que cerraba el día pero, como empezaba a las 21, decidí ir más temprano a escuchar a un tal Rodolfo Palacios cuya propuesta era interesante: Los Walter White Criollos era el título de su exposición y se proponía indagar sobre los aspectos que convierten a un hombre común en un criminal, basándose en la figura ficcional del protagonista de la serie Breaking Bad. Para los que no la siguen, la serie norteamericana se centra en un gris profesor de química de una escuela secundaria, quien se entera de que padece una enfermedad terminal. Ante la angustia de pensar que su familia va a quedar sin sus ingresos como docente, hace uso de sus conocimientos y empieza a fabricar efedrina, convirtiéndose en pocos capítulos en un temible delincuente y narcotraficante. Debo confesar que la serie no me atrapó personalmente y no continué mirándola luego de la primera temporada. 

El orador, Rodolfo Palacios, quien dijo que había hablado muchas veces con los más peligrosos malhechores argentinos, como Robledo Puch, Barreda y muchos ladrones de bancos como la Garza Sosa o los responsables del memorable atraco al Banco Río, de Acassuso, dejó una serie muy interesante de reflexiones. No las voy a enumerar aquí porque estaría nuevamente desviándome de lo más llamativo de todo, pero sí las voy a vincular con los hechos que narraré a continuación. 

Palacios en plena exposición
Entre los pocos concurrentes, había un muchacho de cabello largo y colorado con colita, de tez blanca y algo pecosa, dueño de uno de esos rostros europeos que rara vez se ven por estas pampas. Vestía una campera náutica amarilla, una especie de rompevientos, unos jeans gastados y unos borceguíes de color marrón oscuro. Tenía las piernas cruzadas, la mirada fija en el expositor, y un cuaderno en el que hacía anotaciones compulsivamente. La birome era una clásica Bic azul. 

Palacios, que es un hombre física y estéticamente muy parecido a los personajes de sus historias, contaba anécdotas a partir de las preguntas disparadoras que le hacía un moderador que, por lo que se notaba, poco y nada sabía sobre su obra. 
El disertante dijo en un momento que la persona que comete un crimen queda transformada por ese acto, que ya no vuelve a ser igual. El hombre colorado, que no pasaba de los cuarenta años, resopló pesadamente y se acomodó en la silla. La frase parecía haberle removido algo dentro. Hasta que en otro momento, el expositor dijo algo así como que “el delincuente siempre, de una u otra forma, busca el reconocimiento...” Entonces, el hombre de campera amarilla dijo con un tono neutro y en voz muy baja: “No es cierto”. Yo lo escuché y quizá las personas que estaban sentadas delante de él, pero nadie más. Todo seguía normalmente, pero el hombre volvió a repetirlo ahora aumentado un poco el volumen de voz: “No es cierto”. Algunos asistentes ubicados a los costados giraron en busca de esa frase que creo tuvo que haber llegado donde estaban Palacios y el moderador, pero consideraron que era mejor ignorarlo. Entonces, el hombre se paró dejando caer al piso el cuaderno y la birome, y con los ojos prendidos fuego gritó desaforadamente: “¡¡¡NO ES CIERTO!!!” Luego empezó a respirar agitadamente, como quien se recupera de una extensa maratón. El silencio era palpable y lo único que se escuchaba eran los jadeos del responsable de la interrupción. Yo tragué saliva y bajé instintivamente la cabeza mientras sentía un calor que me subía por el cuello. Espié a las dos personas del escenario: el moderador miraba para los costados, como buscando ayuda o tratando de entender. Palacios tenía cara de nada, como acostumbrado a este tipo de arrebatos inusuales para la mayoría. El hombre colorado seguía parado y la gente posaba la mirada en él o en Palacios, o la alternaba de uno a otro; eran como dos jugadores de tenis disputando una final imperdible. Palacios, con gran altura, tomó una postura recta desde su sillita alta y le preguntó muy canchero: “¿Nos quiere contar, amigo, qué cosa no es cierta?” 

Una imagen de archivo del criminal 
Creo que todos celebramos silenciosamente en nuestros asientos el modo elegante en que el especialista en Breaking Bad salió airoso de tan difícil momento. Pero su tono relajado y su cordial vocativo no lograron tranquilizar al hombre de cabello colorado que parecía temblar en el lugar. Luego de unos segundos que parecieron océanos de tiempo, ya sin tanto jadeo, le retrucó: “¿Vos qué mierda sabes de los chorros? No sabes un carajo, gato.” Palacios se quedó desconcertado, ya que no esperaba tal respuesta, y más considerando que él realmente era un tipo del palo, es decir, que tenía amigos ladrones, asesinos y, a su manera, los entendía. Pero esas palabras fueron como una cachetada, y mientras su mente resolvía qué contestarle, el hombre de tez lechosa, en un movimiento veloz y casi imperceptible, sacó un revólver. 

Es increíble la cantidad de reacciones instintivas que puede producirte el miedo. Reacciones que uno en sus cabales y apelando a la razón no tendría. Casi todas las mujeres presentes gritaron y algunos hombres empezaron a gritarle que guardara el arma. La mayoría, entre la que me incluyo, nos tiramos al piso, como si fuéramos un bloque de hielo macizo y duro, sin conciencia de si adelante había otra silla o la misma nada. Algunos –los más cercanos a la puerta- quisieron escapar, pero el colorado les gritó que nadie podía irse. Le pidió con un tono de voz bastante amable a una chica del evento que cerrara la puerta, porque “de acá no se va nadie”, aclaró. Desde mi posición yo solo podía mirar algunos bultos de las personas en el piso y hacia la derecha los jeans gastados del delincuente. Se escuchaban gemidos, llantos, jadeos de gente que sufría bajo un estado de shock. 

Uno de los extraños concurrentes
de la BAN tomando leche de sachet
Entonces, Palacios fue a la carga: “¿Qué querés, chabón?” El moderador, que desde la aparición del revólver tenía la cabeza escondida entre sus brazos y hubiese deseado ser un avestruz para esconder su cabeza en un profundo hoyo, tenía una visible mancha de orina a la altura de los genitales que se esparcía lentamente haciendo una perpendicular hacia la rodilla. Era una sola gota, pero esa gota trazaba un camino oscuro y delator en sus pantalones color crema. El colorado respondió sin anestesia: “Quiero matarlos a todos.” La euforia y la desesperación aumentaron un mil por ciento. Todos gritaban o gimoteaban esperando que la policía irrumpiera en cualquier momento y le diera su merecido al asaltante que, por la frase que pronunció, se notaba que tenía muy poco tacto con la gente. 

Yo tenía los ojos cerrados y trataba de no pensar en nada, pero los sonidos que me llegaban eran desoladores. Las piernas ya se me estaban entumeciendo así doblado como una víbora en esa selva de patas de sillas metálicas. Palacios, siempre con las manos casi en alto, le pidió que confiara en él... pero el dueño del arma le dijo que no confiaba en la gente decente porque tienen miedo. Me pareció una frase bastante buena, al menos para pensar luego. Sentí una punzada en el estómago y recordé que, como a todos los integrantes de mi familia, los nervios nos atacan a los intestinos y no pude contenerme... Sin entrar en detalles desagradables, mis piernas quedaron completamente cagadas. La cosa parecía no avanzar, como si fuera una escena trabada en un taller de teatro cuyos personajes ya han arrojado todos sus argumentos, sin lograr que el conflicto desaparezca. 

De repente escucho que Palacios dice: “Hasta acá vamos, Juan” y empezó a aplaudir. El ladrón también. Dos o tres personas, que habían llegado con el expositor y estaban acodadas al costado del estrado, los imitaron: todo había sido una maldita representación. El moderador levantó la cabeza en cámara lenta y se puso blanco cuando vio al supuesto delincuente abrazado a la persona a quien él, hacía pocos instantes, le formulaba preguntas. Algunas personas, aún aterrorizadas y desconfiadas, seguían en el piso. El mismo hombre de cabello colorado empezó con un tono amistoso a decirle a la gente que se levantara, que todo había sido una escena pactada. Palacios, mientras tanto, explicaba que quería transmitirle al auditorio la sensación real que se experimenta en una situación extrema, con delincuentes armados. “Por supuesto”, agregó, “esta es una situación muy light.” “Además, ¿qué mejor lugar que este?, una convención de novela policial... ¿No es genial?, insistió, para terminar apelando a su última -única- carta: paradójico el planteo... pero brillantemente vanguardista. 

Algunos apuntes sobre la disertación
de Palacios hasta la interrupción
Algunos empezaron a insultarlo con motivo, otros hasta parecían querer acercarse a pegarle; y el moderador, todavía sorprendido, parecía decirle con las cejas arqueadas “¿Cómo no me avisaron de esto a mí?”. El malestar era tan generalizado que Palacios tuvo que pedir disculpas. Su compañero demostró que el arma era de agua, dijo que él era actor y que una vez había actuado como extra en una obra con Alfredo Alcón... Antes de que la gente se retirara indignada, un representante del Centro Cultural entró y nos pidió a todos que no divulgáramos lo que acababa de pasar, que realmente había sido “bochornoso” y una verdadera “falta de respeto” al público. Palacios y Juan se miraron bastante avergonzados, y en esa mueca de arrepentimiento uno podía advertir lo lejos de sus intenciones que había estado su acting. Sin dudas no lo volverían a repetir, aunque en otros países había funcionado a la perfección y grandes auditorios habían aplaudido de pie... como esperaban que pasara acá, en el Centro Cultural San Martín. ¡Pero no pasó! Con tristeza, el pelirrojo Juan pensó en el fracaso de esta actuación que creía lo iba a catapultar finalmente a la fama, después de una larga carrera signada por la mediocridad. En cambio, no solo su interpretación había sido mal recibida por el público, sino también paradójicamente censurada por los responsables del Festival para impedir su difusión en los medios…

Luego, el mismo representante dijo que para evitar quejas o reclamos o “algo peor” estaban dispuestos a regalarnos entradas para todos los espectáculos que quisiéramos en el año. La gente, codiciosa por naturaleza, pareció olvidarse inmediatamente de lo ocurrido y una sonrisa malévola ya se plasmaba en sus caras. “Con respecto a ustedes... ya conversaremos de lo que acaba de pasar”, amonestándolos como si fuera un preceptor castigando a dos alumnos ante una travesura. Me hubiese encantado ir a la boletería y vaciarla, hacer valer las promesas con las que nos habían sobornado, llevarme cientos de entradas gratis y asistir al teatro todos los días... pero estaba verdaderamente incómodo con todas mis heces entre las piernas. Cada vez que las flexionaba parecía que caían un poco más. Era una sensación en extremo nauseabunda. 

Salí por la puerta de la calle Sarmiento y tomé un taxi. Me senté con cuidado y abrí con cautela la ventanilla para que el olor no se percibiera. El conductor me escudriñó por el espejo y en el primer semáforo me preguntó, algo molesto: “¿Tenés calor, flaco? Hay trece grados...” Cualquier mentira que le hubiera dicho no hubiese bastado para engañarlo, así que simplemente le dije con tono superado: “Soy un pibe caluroso” 

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La foto cholula con Paco Haghenbeck
luego de su interesante disertación











Epílogo: Como no me quería perder la charla de narcoliteratura porque no había motivos para suspenderla (salvo que siguiendo con la locura de lo que había pasado aparecieran unos cuantos sicarios, rancheros mexicanos locos y nos tomaran de rehenes; pero no, demasiada ficción no podía ser verdad), llegué a casa y me metí en la ducha, con ropa y todo. Me cambié y volví a salir. Para mi sorpresa llegué con tiempo de sobra, ya que Paco Haghenbeck se estaba acomodando para comenzar su disertación. Luego de escuchar y hacer anotaciones sobre su interesantísima exposición, me saqué esta bonita foto con él. Luego, como si la suerte fuera una veleta que virara de repente, hubo un sorteo y me gané un libro de Mankell: “Huesos en el jardín”. Al fin y al cabo, reflexioné, esta no ha sido tan mala noche…




Lectura de lince, corrección y compañera 
en las jornadas de la BAN!: Silvia T.

lunes, 28 de julio de 2014

El GPS de Ramiro

Una imagen de la novia de Ramiro 
Ramiro, primero un vecino de Almagro, luego un ávido visitante de este blog y por último un gran amigo vía mail –ya que nunca nos hemos visto en persona, pero hemos compartido grandes conversaciones por correo electrónico- me contó en una oportunidad que estaba cansado de sentir celos por la conducta de su novia. Al parecer, ella era una chica bastante llamativa que donde fuera generaba dobladuras de cuellos, suspiros, alteraciones sanguíneas y demás desórdenes masculinos. 

¡Ojo!, a Ramiro le gustaba que ella fuera así, pero no podía evitar padecer unos temores tremendos cuando ella salía con sus amigas los sábados a la noche o cuando lo hacía con sus compañeros de oficina (era bancaria), los viernes luego del trabajo. Ella le juraba fidelidad, pero él tenía el corazón bastante quebrado por múltiples decepciones amorosas (en criollo: lo habían cagado siempre) y era incapaz de volver a creer ciega y totalmente en una mujer. En su parcialidad sonreía y hacía de cuenta que estaba todo bien, pero cuando caminaba con ella de la mano por la avenida Rivadavia y los hombres pasaban a su lado y la devoraban con los ojos –a punto tal que le decían piropos o tragaban saliva ante su presencia– se mortificaba de una manera terrible. Entonces, ella detenía su andar porque ya adivinaba la sensación de su novio, y le decía que lo amaba, que no tenía por qué preocuparse, que ella estaba enamorada de él y de nadie más… y cerraba esa micro conversación motivadora con un caluroso beso. Pero si a ella le calentaba alguien más, ¿cómo podía saberlo?

Los amigos de Ramiro siempre le decían que su novia estaba más buena que comer pollo con la mano (a él eso le parecía sumamente desagradable y no encontraba el sentido de la metáfora), pero cuando cambiaba el semblante, lo abrazaban en conjunto y le decían que era una broma, que no se preocupara, pero que mantuviese una actitud alerta…porque la chica, pulposa, desafiante en su andar y provocativa en su vestir, parecía una actriz porno.

Ramiro, que padecía un tremendo problema de autoestima y era sumamente inseguro, en parte por los sistemáticos abandonos de sus anteriores novias, vivía intranquilo y amargado. Él tenía tan en carne viva el asunto que lo desarrollaba o al menos mencionaba en cuanta conversación lo tuviera presente. En los mails siempre le dedicaba uno o dos párrafos para el asunto (“No sabes lo que me pasó el otro día, fuimos a comprar pomelos y el verdulero…” o “Ella me lo hace a propósito, me insiste diciendo que no, pero le encanta jugar a ser una diva a pesar de que me hace muy mal…”). Es loco, pensaba yo, todo lo que uno soporta por “amor”. Luego lo pone en una balanza y termina perdiendo por goleada en el partido de los sentimientos.

Nunca me dijo bien de qué trabajaba o nunca lo entendí, creo que en un laboratorio… pero en dos o tres ocasiones, cuando le dije de ir a tomar un café –porque fuera del tema de su chica, Ramiro era, por lo que deducía de sus correos, sumamente interesante, gran lector, apasionado del arte, dueño de puntos de vista agudos sobre las cosas, crítico de la política– siempre me decía que estaba ocupado, que ya encontraríamos la ocasión (debía hallarla él, puesto que yo era el que sugería el encuentro). Tal vez, pensaba yo, se había expuesto tanto con el tema de su novia que sentía una honda turbación porque yo lo conociera y pudiese hacerlo sentir humillado.

Me dijo que había llegado a mi blog por casualidad y que entraba siempre porque le gustaba el punto de vista border (esa palabra dijo) desde donde encaraba las cosas. Me sentí contento. Nunca pensé que Ramiro pudiera ser materia de este blog, pero hace una semana recibí un mail suyo cuyo asunto era: “Resolví el problema de los celos”. Más por curiosidad que por otra cosa, abrí al instante su correo viajando en el 132, mientras iba a buscar a mi hermana al colegio, en Paraguay y Callao.

Yo no sé si será una broma o qué, pero no puedo menos que relatar lo que me contaba. Hay casos, donde la realidad supera –a veces ampliamente– a la ficción, y este era uno de esos, por lo que mi sentido literario entró en alerta y como siempre, no supe si me enfrentaba a una genialidad o a una tremenda y completa estupidez.

Un prototipo aproximado del GPS 
Ramiro, que desde el primer momento se declaraba un obsesionado por los celos, había encontrado la solución a su tara. No había consultado a un psicólogo o a un terapeuta. Tampoco había ingerido drogas (a ciencia cierta, esto no lo sé) o sustancias para 'limpiar' esas ideas de su cabeza. Tampoco la chica había cambiado sus maneras felinas para pacificar el alma torturada de su novio. No, Ramiro había inventado un GPS (Global Positioning System), es decir un dispositivo que permite determinar la ubicación precisa de algo… o de alguien. “Este loco va a perseguir a la chica”, pensé.  

Pero esto no era lo más sorprendente. Ramiro había creado un GPS algo peculiar, primero porque se ubicaba discretamente en la bombacha de la novia. Decía que era fino como una hoja, que era descartable y que no solo le indicaba a él con exactitud el lugar donde ella se encontraba, sino que además le había agregado un sensor de temperatura y humedad para descubrir si ella llegaba a experimentar algún… calor con alguien que no fuera él. El GPS además podía distinguir los flujos naturales, así como la sangre en los días que le venía de otras sustancias, propias… o ajenas.

"El microchip desmontable"
Este aparatito, que yo imaginaba como una feta fina de queso mientras viajaba con hambre hacia Recoleta y hacía esfuerzos locos para no caerme en un colectivo lleno de gente, tenía por si fuera poco un microchip desmontable que podía enchufarse al puerto USB de la computadora. Una vez hecho esto, un programa diseñado especialmente para identificar los datos del GPS se abría, daba un detallado informe de la actividad del día: horarios en que el estado de temperatura había cambiado, lugares recorridos, cantidad de minutos en cada lugar, alteraciones sanguíneas, detección de elementos extraños...y la lista seguía. 

La falta de información me hizo pensar que todo era un bolazo de cuarta, una fantasía absurda, pero el tono era seguro y convincente, como el de un loco. Estaba encantado con su invento y temía que su novia se diera cuenta y terminara dejándolo; situación adversa a la planeada (¿o era una sutil y lenta venganza?). Ramiro, que tenía una sed de gloria tremenda (recordemos que tenía baja autoestima), sospechaba vagamente que esta era la creación más importante de los últimos años en el mundo y que terminaría por hacerse rico y famoso. Él amaba a su gatúbela compañera, pero en la posdata del mail decía exactamente esto: “¿Te imaginas la cantidad de minuchas que puedo “pegar” con esto?”. Todo era un poco raro y más leyéndolo en un colectivo y pensando en cualquier otra cosa… que es lo que pasa cuando uno lo hace mientras se encuentra en una actividad determinada. ¿Qué podía pensar de lo que me planteaba?

No le contesté el mail y él no me escribió de nuevo. No sabía si felicitarlo o mandarlo a… ¿Acaso me estaba tomando el pelo? ¿Y si no?, ¿y si el tipo era un genio que creaba cosas geniales o inútiles? Quizás había mentido todo para “limpiar” su nombre, pero ¿con qué necesidad? O quizás quería competir con la verosimilitud exacerbada de mis escritos (pero en ese caso, ¿por qué no se hacía un blog y hablaba de sus inventos?). Cinco preguntas en casi cinco renglones era demasiado.

Me bajé del colectivo pensando que este GPS, de existir, le generaría muchísima más paranoia y dependencia. No sé si era una idea tan buena, al final de todo… Mi hermana, a lo lejos, me saludaba con la mano y mientras llegaba en ese mediodía soleado pero ventoso, yo ya estaba pensando en cómo iba a relatar esto...

CORRECIÓN Y CONFIANZA CONTRA VIENTO Y MAREA: SILVIA T.

viernes, 27 de junio de 2014

Miss Flor

Una postal desde el 132
La semana pasada viajaba sentado en un colectivo de la línea 132, absorto en la lectura de un libro de César Aira y escuchando música, cuando una persona se paró a mi lado y se agarró del pasamanos del asiento de adelante. Mi reacción inmediata fue mirarla, por un inevitable instinto de curiosidad y porque su altura había tapado bruscamente la luz que daba sobre mi libro. Era una mujer madura, de tez trigueña, con algunas pecas que manchaban dulcemente sus mejillas, labios finitos que delineaban una boca grande, larga mejor dicho, cabello castaño lacio y un mechón que le caía juvenilmente por la cara tapándole parcialmente el ojo izquierdo. Su nariz era fina y puntiaguda y sus ojos eran enormes y hermosos, casi que se podía nadar en ellos. Sus pestañas parecían capaces de acariciarte debido a la longitud que tenían. Tenía rubor en la cara y llevaba los ojos delineados sutilmente. No usaba rouge y sus labios se veían un poco descuidados. Vestía ropa de trabajo, pero no llegaba a ser formal: camisa color crema con las mangas semiarremangadas, pantalón pinzado escocés, zapatos de un tono oscuro que combinaban con una cartera un poco grande para su contextura; alta, pero muy delgada. En la mano libre cargaba una bolsa blanca con el nombre de una conocida cadena de librerías, en la que parecía llevar exámenes. Volví a retomar la atención en la novela pero algo en mí se encendió cuando recordé quién era…
Cuando yo cursaba la escuela primaria, no recuerdo con exactitud mi edad, pero habrá sido entre mis 10 y 13 años, tuve como profesora de Inglés a una chica muy joven llamada Florencia, o “Miss Flor.” Los amores de un niño son muchos y frecuentes, pero en cualquier caso son intensos y yo me había enamorado perdidamente de ella.                                                                                          Por supuesto que cuando uno recuerda desde la adultez las cosas se desvirtúan inevitablemente y la nostalgia solo sirve para matizar una situación que se justificaba en un anhelo tanto platónico como inverosímil; pero en ese momento, cuando ya se empieza a dejar de ser un niño, todo lo que sucede es puro realismo, porque no existe otra verdad posible, y no hay noción de nada más allá de lo que vivimos.                                              
Yo de "negrito" abrazando a mi tío y abuelo
En el acto de fin de año, actué de "negrito" y tuve que entonar una canción junto a un grupo de compañeritos cuyos rostros también habían pasado por el corcho quemado. Miss Flor nos coordinaba y yo le pedí encarecidamente a mi papá que la filmara solo a ella, que durante la interpretación se olvidara de mí y  se focalizara exclusivamente en su figura. Era chico, pero tuve una noción evidente de que la perdería, de que esa circunstancia era nuestro último momento juntos en la vida y pensaba que posiblemente una cámara lograra la ilusión de poder quedarme con un poquito de ella, al menos con su imagen. Por suerte, por amor a mí o porque papá es papá –con todo lo que eso implica–, siguió al pie de la letra mis anhelos y la figura de Miss Flor (ubicada de espalda a los padres, de frente a nosotros), ocupó gran parte de la filmación para enojo considerable de mamá que no lo podía creer cuando nos juntamos alrededor de la televisión, y vimos como el zoom se acercaba y se alejaba de esa estrecha figura. Yo era el único que no podía culparlo por su enorme gesto, ¿acaso alguien podía resistirse a la belleza de mi maestra de Inglés? En absoluto. Sentirse tentado por ella era casi un principio básico, una verdad absoluta. Además, ella era dulce, amable y, de alguna manera, simétrica, sensual y maternal al mismo tiempo.                                                                  El año lectivo terminó, pasé de grado y Miss Flor quedó algo olvidada y relegada seguramente por una nueva profesora de cualquier otra materia, aunque a decir verdad nunca tuve profesoras lindas de Matemática, Ciencias Naturales o Química (mi colegio primario no era mixto y casi no conocí chicas, fuera de mi prima y la hermanita menor de mi compañero Juan Pablo). Yo la seguía viendo por los pasillos pero ya no era lo mismo. Me habré enamorado muchas veces más, pero ninguna maestra me generó tanta adrenalina y entusiasmo; y a pesar del tiempo vivido, no recuerdo la cara de ninguna otra  profesora ni otro nombre que el de Florencia, Flor, Miss Flor, mi maestra de Inglés del colegio. 
Mi promoción y destacada, mi cara de payaso

Cuando volví a alzar la mirada –sin dudas era ella–, comprobé que el tiempo la había castigado levemente al costado de los ojos donde se vislumbraban los años transcurridos, su cuello presentaba arrugas indisimulables que intentaban pasar desapercibidas con una chalina, y parecía algo cansada. Sin embargo, el paso del tiempo no había podido con su belleza, aunque para mi decepción, no la vi tan hermosa como la recordaba. La contradicción me desconcertaba, la veía tan parecida a la que recordaba y a la vez tan distinta a la que había sido... ¿Pero la estaba asimilando tal como se me presentaba ante los ojos o la encontraba como me hubiese gustado verla? No podía determinar lo que había cambiado. A pesar del tiempo, que suele ser una variable algo caprichosa para considerar, no lograba darme cuenta. Finalmente lo entendí: ¡ya está!, me dije. Descubrí que el que había cambiado más era yo mismo. La idealización que alguna vez supe construir de ella se había terminado, ya no encarnaba a esa mujer-ángel-profesora-madre ni ocupaba más ese pedestal donde alguna vez la había colocado; ahora solo era una mujer terrenal aún bonita, pero avejentada, que viajaba en un colectivo. Su juventud pertenecía al pasado, pero cómo no habría de serlo, ¡si mi propia juventud acaso estaba terminando! Los años me quitaron la inocencia y si antes ella simbolizaba una Eva de pizarrón, ahora no significaba para mí más que una mujer como cualquier otra. El tiempo, siempre tirano, nos había emparejado socialmente de alguna manera: antes fue mi maestra, ahora yo soy Licenciado en Letras.  Había un abismo entre nosotros. ¿Se pondría contenta al saber que me había dedicado a dar clases? En un segundo pensé en todo lo que había pasado luego de ella y ¡uff!, resultaba imposible recordarlo en tan poco tiempo. Tantos cambios, tanto crecimiento, tantas mujeres, ¿por qué no?… (¿Por qué será que con el paso del tiempo uno se vuelve más exquisito con la elección de las chicas? Será porque antes uno era chico y no tenía ni experiencia, ni margen de comparación ni posibilidad de elegir: lo que se daba estaba perfecto). Posiblemente ahora, si no la conociera de antes, no hubiese logrado cautivarme.
 
El "negrito" se licencia años más tarde
Sentí deseos de hablarle pero, a la vez, creí que naturalmente no iba a recordarme, (los profesores desconocen lo mucho que pueden marcar a alguien, y sé que en el futuro me sucederá; me encontraré con alguien que me diga con mucho entusiasmo que mis clases o la vez que hablé del Quijote influyeron en él o lo llevaron a estudiar Letras; aunque, con que me diga que me recuerda como una buena persona estoy hecho). Y si hubiese tenido que trabajar su memoria en un colectivo, no me iba a sentir cómodo. Por el contrario, se me ocurrió que la iba a hacer sentir vieja, y no quería eso. Miré su mano y advertí un anillo de casada, no recordaba haberlo registrado antes. ¿Qué importaba ese detalle en todo caso? Seguro tendría hijos un poco más chicos que yo. ¿Qué le podía decir?: “Fui alumno tuyo de 4º o 5º grado y ¿estuve enamorado de vos?”. Me sentí tonto. Tonto pero chiquito, volví a ser su alumno, volví a ser el negrito de aquella obra. Seguía sentado en ese asiento, pero tuve la sensación de haberme empequeñecido: sentí que todo mi cuerpo tomaba dimensiones de pigmeo. Me convencí de que era mejor dejar las cosas como estaban, porque a veces tienen que seguir su rumbo sin que hagamos el más mínimo esfuerzo para modificarlas. Quizá, si le hablaba, ella podía mirarme como a un loco y dejarme irremediablemente desconcertado. En cambio, si dejaba prevalecer el misterio  forjando un pacto silencioso, eso nos permitiría a ambos bajar de ese colectivo en paz. Prefería tenerla en mi memoria por todo lo que recordaba de ella y no iniciar una nueva y absurda página de un libro que ya hacía rato no tenía hojas o que nunca las había tenido.                                                              Levanté la cabeza y la volví a mirar justo cuando enfiló hacia la puerta trasera. Se bajaba del colectivo. Quedé muy impresionado. Quise verla caminar, reconstruir aun más ese rompecabezas y me estiré por sobre el pasajero de mi derecha pero se fue hacia el lado contrario, donde mi vista ya no pudo alcanzarla. Alguna vez yo dejé su vida, no obstante solo fui un alumno más, pero ahora era ella la que dejaba la mía; y estaba bien que así fuera: muchos negritos aguardaban seguir enamorándose de Miss Flor. 
Un asiento vacío, toda una metáfora
CORRECCIÓN, EDICIÓN, PULIDO Y TANTAS OTRAS TAREAS: SILVIA T.

jueves, 5 de junio de 2014

Las amigas de mi abuela - # 3 Berna Pherson

Berna: la insospechada madre
de "El cuidador de la cripta"
Todos recordarán la famosa serie norteamericana “Tales from the Crypt”, o “Cuentos de la cripta” en su versión traducida, donde el cuidador de una cripta tenebrosa desempolvaba cada noche un antiguo libro y nos introducía en un relato de terror. Al terminar la historia, el ser esquelético cerraba la emisión con una conclusión pertinente sobre lo que acabábamos de ver. La serie fue emitida entre 1989 y 1996 con gran éxito y el presentador de los cuentos quedó inmortalizado como la cara del programa y su imagen fue usada infinitas veces como merchandising de todo tipo. Pero hay algo que nadie supo nunca y los productores mantuvieron en secreto para siempre: el cuidador de la cripta no era un muñeco, sino una persona real de carne y hueso. 

La historia se remonta al año 1890, cuando la familia Pherson dejó su Escandinavia natal para asentarse en lo que ya se llamaba Estados Unidos. Paranoicos por la peste que los asolaba, decidieron fundar la primera casa funeraria de la costa oeste. El gran éxito que tuvieron los obligó a expandir el negocio: crearon una inmensa cripta en un terreno medio abandonado, entraron en el negocio de la venta de ataúdes, coronas y adornos florales y hasta un servicio especial de maquillaje para los difuntos. El negocio fue pasando de generación en generación hasta que sucedió un hecho desafortunado y algo difícil de explicar: Berna, la menor de los Pherson que solo tenía 16 años y era la tataranieta de esos primeros habitantes escandinavos, juraba haber sido violada por un fantasma, un espíritu perteneciente a un soldado que había muerto de hambre en la guerra. Ya sé, ya sé que el caso es imposible de concebir; pero lo cierto es que nueve meses más tarde Berna dio a luz. 
Mapa de Escandinavia
El bebé no parecía ser humano, o sí, pero era como un esqueleto, casi carente de órganos y piel, solo poseía huesos que estaban unidos de una manera misteriosa. La sociedad no iba a aceptarlo bajo ninguna circunstancia. La familia quiso deshacerse de ese engendro de la naturaleza, pero Berna se negó: al fin y al cabo eso que acababa de parir era su hijo, suyo y de ese fantasma. Entonces la familia permitió que viviera en una de las criptas que poseían, como su cuidador. Durante los primeros años Berna lo visitaba casi a diario. Pero él no necesitaba nada, su estructura lo volvía ajeno a la comida o a la bebida. No necesitaba dormir ni ir al baño. No tenía frío ni calor. Era casi un fantasma, como su padre. Poseía un largo cabello gris, como si ya fuera un anciano. Ella, en tanto quería cumplir un rol materno, le leía cuentos de princesas y dragones, pero al poco tiempo, cuando su hijo empezó a hablar (no se explica como lo logró, ya que no tenía lengua), prefirió historias truculentas y escabrosas que según decía “tenían más que ver con él”. Su madre no entendía por qué, pero cumplía su capricho –que acaso era el único que tenía- sin chistar. Ninguno de los dos advertía la importancia del evento, jamás podían imaginarse que años más tarde, toda una nación esperaría atenta atrás de la pantalla estas historias. 
El adorable y simpático hijo de Berna 
Cuando su hijo llegó a la adolescencia, Berna murió en un accidente también inexplicable como casi todo en esta historia: unos amigos de ellos la habían envuelto en una gran alfombra y literalmente, se la habían fumado. El joven nunca supo por qué su madre no había bajado más a conversar con él ni a leerle historias. Pero le había dejado el legado más importante: su libro de cuentos. La familia se fue del país asediada por las deudas, la empresa quebró y la cripta fue abandonada. “El cuidador” quedó solo y librado a su suerte. 

Muchos años más tarde, un grupo de cineastas estaba buscando un escenario ideal para filmar una película de terror y se toparon con la cripta. A pesar del miedo que les generó, decidieron entrar. La sorpresa fue colosal cuando encontraron a un ser viviendo en las profundidades. Se presentó como el dueño de la cripta Pherson y les contó la historia de su vida. Los hombres del espectáculo quedaron fascinados ante el relato y vieron una veta económica en los cuentos que este pequeño ser huesudo parecía saber a la perfección. Decidieron abandonar la película que tenían en carpeta y filmar las locas narraciones del libro. Les pareció que él mismo debía presentarlas para homenajearlo y rescatarlo de ese inmerecido olvido al que había sido sometido. Lo demás es historia conocida… Lo más curioso de todo el asunto fue que su encanto natural (al parecer era muy buen conversador y, sobre todo, muy gracioso) –solo conocido por la compañía que llevaba a cabo la serie porque para el resto del mundo es y será un muñeco- enamoró a una de las productoras del ciclo. El fruto de ese romance fue “Bernita” -llamada así en honor a su abuela- que, por esas cosas de la vida, se convirtió en jugadora profesional de burako y participó de varias competiciones realizadas en Buenos Aires. En uno de esos encuentros trabó una muy buena relación con mi abuela, acaso otra jugadora formidable.
La tenebrosa cripta
Correctora y amiga de la vida: Silvia  T.

martes, 6 de mayo de 2014

Camelot (un cuento de desamor)

Fachada del local ubicado -hace años-
en Corrientes, casi Uruguay (Q.E.P.D)
La chica que le gustaba trabajaba en el local de comics ubicado al lado del edificio donde él tenía su oficina. No sabía nada de ella, pero amaba la extravagancia de su vestimenta,su actitud despojada frente a la vida, siempre apoyada en los codos sobre el mostrador leyendo alguna 
cosa, masticando chicles, como si el tiempo fuera un invento de Dalí. Le gustaba la imagen que proyectaba, una imagen completamente ajena a la suya y a la de las mujeres que solía conocer en los cócteles. 

Él se sentía un adinerado aburrido atrapado en un tiempo y en un lugar que no le correspondían. Le gustaba verse con el traje, pero no dejaba de verse como un disfrazado tratando de encajar todo el tiempo con el target pedido. Pero lo que más le gustaba de ella era la imagen de libertad que transmitía. Su pelo fucsia enrulado parecía no ser realmente consciente del mundo espantosamente normativo y prejuicioso que giraba afuera. El mundo que él encarnaba.

Francisco era abogado. Su padre era abogado. Su abuelo era abogado. Su inclinación por el Derecho fue prácticamente decidida desde la cuna, porque el Estudio de la familia era el más importante de la ciudad y era inconcebible que se malograra. “Pensalo bien Paco, ya tenemos un nombre, una clientela prestigiosa, una trayectoria, y vos podrías continuar el sueño de tu abuelo y el mío. ¿Para qué arriesgarse con otras carreras poco solventes?”, le dijo el padre –palabras más, palabras menos– en varios momentos a lo largo de su vida.

El abogado de las "personas
importantes" de Los Simpsons
 
Francisco quería ser dibujante y si bien era un profesional excepcional (no había perdido un solo juicio), estaba aburrido de las leyes, de los magistrados, de Tribunales y de la complacencia de todos cuando lo escuchaban hablar. 

Cuando un local de historietas se instaló justo al lado de su oficina sintió que el destino lo estaba provocando, que lo estaba llamando cobarde: acá está tu lugar y no allá. Tardó meses antes de frenarse en la vidriera y quedarse enamorado de todas esas tapas, de esos personajes tan fantasiosos como necesarios. También había muñecos de todo tipo, algunos sumamente realistas con detalles imperceptibles y otros de diversas publicaciones o de algunas películas. Se quedó pasmado, soñaba con ver su nombre en alguna de esas tapas, así no fuera más que un fanzine de cuatro páginas. Era un niño frente a una juguetería, un niño enfrentando su deseo primario. Todo en esa vidriera lo miraba también con nostalgia, con la sospecha de haber perdido a un creador nato, un apasionado de verdad, no un dibujante que trabaja por encargo.

Pero había algo que le gustaba más que los comics, a pesar de no saber nada de ellos, y eran las mujeres. No fue extraño que se enamorara de la vendedora del local, la figura visible y humana de ese lugar. Proyectaba toda esa necesidad artística que arrastraba a lo largo de su vida en una chica que ni siquiera sabía que él existía pero que, solo por estar allí sentada, ya tenía una gran dosis de importancia. El sueldo no tendría punto de comparación, es verdad, pero estar rodeado de ese mundo mágico y en los ratos libres elaborar bocetos no para que lo contratara una empresa norteamericana y vender su talento a cambio de billetes, sino para estar a gusto consigo mismo... eso no tendría precio. Dibujar un hechicero porque este le pide que le dé realidad, no porque haya una finalidad. Francisco no podía abandonar el estilo de vida al que estaba acostumbrado y recostarse sobre el césped en Plaza Francia a dibujar mariposas, tan hippie no era. Pero desde que ese local estaba allí, el sentido de su vida –lo que era, lo que representaba– empezó a hacerle ruido.

La chica de la tienda tenía el pelo de este color
Una noche pensó en ella casi hasta quedarse dormido y al día siguiente decidió entrar al local y hablar con ella. Pero se frenó al verse tan burgués, tan ajeno a ese ámbito y a ella. Al menos, tenía que tener una vaga idea de historietas, dibujantes, series y personajes, y era algo que desconocía completamente. Francisco disfrutaba haciendo dibujos en su agenda como un amateur, pero nunca había ido a una exposición de comics. Tampoco se le hubiese ocurrido, por ser un evento tan ajeno a sus corbatas, a su estructura. Nunca se propuso investigar, ni siquiera por Internet. Pero esta empezó siendo la solución. Se propuso obtener un bagaje general para poder tener una conversación fluida con aquella chica de pelo fucsia y lograr que fuera verdad, porque atrás de ese traje, él era un dibujante, un artista. Hasta pensó que podía llevarle algunos dibujos y pedirle su opinión, pero eso era mejor dejarlo para una segunda instancia. El vértigo de tener algo con ella lo estimulaba. Su familia no podría entenderlo, pero él debía de algún modo reunir en una sola persona algo parecido a lo que siempre había querido. Las mujeres de su oficina eran hermosas, pero también aburridas chicas materialistas, tal como él se consideraba; vestían trajes impecables, peinados súper cuidados, zapatos de taco, y perfumes como para hacer una orgía olfativa. En cambio, la chica de los comics usaba remeras superpuestas, jeans o pantalones de colores, zapatillas y todo tipo de bijouterie en las muñecas y en el cuello, colgantes con muñequitos, símbolos chinos y otros. Francisco envidiaba su comodidad y no podía creer que la ropa de trabajo que ella usaba era como su ropa de un sábado a la tarde.

Una mañana pasó y la chica estaba acomodando unos peluches feos de un solo ojo. Francisco se quedó quieto mirando la escena. Nunca la había visto tan de cerca. Era todavía más linda de lo que creía. Su rostro era fresco y descansado, no conocía las arrugas que nacen de las preocupaciones, de los juicios, de los debates; ella solo acomodaba muñecos en un estante. Sus uñas estaban pintadas de todos los colores llenando de alegría el mundo, mientras que el traje de Francisco, de color gris topo, intentaba aplacarla. Pudo vislumbrar una bombacha minúscula con dibujos de fantasmitas. De repente, la chica se dio vuelta y se miraron a los ojos. Fue un momento demasiado fuerte e inesperado para el abogado que solo atinó a mostrar una pequeña sonrisa y huir. Ella en cambio devolvió una gran sonrisa mostrándole todos los dientes, como si le hubiese dado gracia que alguien estuviera ahí espiándola. Le pareció un sujeto muy interesante.

Francisco derretía jurados porque su oratoria era laberíntica y aduladora. Todos caían a sus pies. No había mujer en el Estudio que no se le hubiera insinuado, y no por ser el hijo de, sino por sus propios méritos, su porte, su talento, su belleza, su poder para encarar auditorios y salas repletas de personas sin mostrar debilidad. Pero nada de eso servía; la única chica con la que quería tener una conversación inocente era la de la tienda de comics... y estaba aterrado. Sentía bronca contra sí mismo. No podía sufrir tanto pánico escénico. La huida de la otra vez había sido un acto estúpido, y eso le jugaba en contra. Pero prefería seguir leyendo, buscando, estar más seguro y seguir esperando.

Adictiva serie de manga oriental
Francisco solo la veía dos veces por día, cuando llegaba a la oficina y cuando se iba. En esos cuatro segundos pensaba que tenía que lograr que ella lo mirara y coincidir con esa mirada y sonreírle. Pero era casi imposible. Casi siempre estaba leyendo algo y rara vez levantaba la vista. Una vez pasó, y ella llevaba una remera blanca con unas inscripciones en algún idioma extraño y el hombre estuvo una semana tratando de descifrarlas o encontrar a qué podían pertenecer. Pero no hubo caso. Él se había quedado en la época de Batman, Superman, de los clásicos, si es correcto llamarlos así. Ahora había tanto que estaba azorado, ni en un millón de años iba a poder conocer y consultar todas estas historietas. Empezó a ver una serie por Internet cuyo título lo había leído en uno de los costados de la vidriera: se llamaba Death Note; y al principio los dibujos orientales no le agradaban, pero tiempo después se familiarizó tanto con ellos que llegó a dibujar a todos los personajes en un anotador. Se compró unas tintas que pidió a Japón y en los descansos incursionaba en técnicas novedosas, al menos comparadas con aquellas a las que él estaba acostumbrado. Compró por poco dinero un lote de historietas diversas que alguien se quería sacar de encima y las leyó con verdadera fruición, reparando en los detalles no solo gráficos o que hacen a los dibujos, sino también a los datos del dibujante, el guionista, el traductor. Todo lo que podía hacer a su entendimiento cabal sobre un comic. Paralelamente su enamoramiento, al menos platónico, por la vendedora aumentaba, porque cada vez se sentía más cercano a ella.

El trabajo se empezó a poner cada vez más tedioso hasta el punto de olvidar citas, descuidar clientes de toda la vida y desestimar consejos paternos. Tenía ahorros para poder sobrevivir varios años sin siquiera trabajar. Podría cambiar su estilo de vida, mudarse a un departamento más pequeño (¿para qué quería tener cinco habitaciones?), cambiar el BMW por un coche más económico. No quería dejar de trabajar, pero los comics se convirtieron en la prioridad, y esto lo llevó a desear un trabajo menos demandante, donde le quedara una neurona al final del día y no para ahogar con whisky en un pub de Retiro, sino para poder dibujar hasta quedarse dormido.

El día que se sintió realmente seguro acerca de sus conocimientos en materia de historietas, le comentó a su padre la decisión de abandonar el Estudio. Para su sorpresa, a su padre no le llamó la atención para nada. Le dijo que hacía tiempo que lo veía disgustado y perdido en las “revistitas”. Agregó que, si bien su anhelo era que él continuara con todo, no podía obligarlo a quedarse. Francisco se sorprendió de la apertura mental de su padre... nunca había sido tan flexible. Pero, por mucho que le doliera al padre la elección de su hijo, sabía que trabajar en un lugar en el que no se encontrara bien podría representar un daño potencial para toda la firma. De hecho, el padre de Francisco ya se había adelantado y hacía algunos meses estaba entrevistando postulantes. Eso no se lo dijo para no herirlo. Insistió en que siempre tendría las puertas abiertas para cuando quisiera regresar, que nadie podría reemplazarlo.

Mafalda, feliz e inmortal
Francisco salió radiante, con una sensación indescriptible de libertad física, mental y social. En la puerta, se sacó la corbata y la tiró a la basura. No sabía qué le iba a deparar la vida, no estaba muy seguro de los caminos que iba a tomar y en esa incertidumbre radicaba todo su bienestar. Hay veces en la vida en las que hay que arriesgarse, sin importar qué puede pasar. Es mejor apostar la ficha y ganarle a la banca o perder todo, que volver a la casa con la ficha sin saber qué hubiese pasado si hubiéramos jugado. La vida es para los que se animan, tal como Francisco, los que se tiran de cabeza a una pileta de sueños sin tener siquiera flotadores. 

El germen de este nuevo estado había sido la casa de los comics y la chica de pelo fucsia. Para que todo terminara de cerrar o –mejor dicho– para que todo empezara a suceder de una vez, tenía que hablar con ella. Estuvo meses incursionando en la materia y sentía que no solo debía aprobar, sino también llevarse a la profesora. Estaba excitadísimo, sentía que flotaba, que podía comerse el mundo, pero ahora con el sabor que él quería. Sin pensar mucho más, entró al local. Cuando la vio, quedó sorprendido. Había teñido su pelo a un tono castaño, estaba elegantemente arreglada, vestía un traje azul, zapatos… Ella fue la primera que habló:

- ¿Vos trabajas acá al lado, no?
- Sí…
- Hoy tengo una entrevista en el Estudio de abogados y la verdad (dejó escapar una risita) estoy algo nerviosa. ¿Sabés si son muy exigentes? Yo estoy por recibirme y…

Francisco no respondía. Se quedó atónito. La realidad le dio una cachetada tremenda. Además la chica no dejaba de hablar, era insoportable. Como si no hubiese escuchado nada de lo que ella había dicho la interrumpió:

- ¿No vas a trabajar más en este lugar?
- Si me contratan ahí, no… la verdad es que odio este lugar. Está lleno de revistas para gente rara, infantil. ¿Podés creer que hay gente grande que compra estos muñecos horribles? Viene gente reloca que le hace culto a series japonesas de dibujitos ¡jaja!. Yo no entiendo nada...

El corazón de Francisco se rompió en mil partes. No podía culparla, quizás había puesto demasiadas expectativas en alguien que resultó ser distinta a lo que él pensaba, muy distinta, exactamente igual a las mujeres de la oficina. La chica sintió alivio al haber encontrado a un abogado con quien poder descargarse, alguien de traje, elegante, serio, maduro y seguro, con sus mismas ideas.

- Lo peor de todo fue que el dueño me pidió que me tiñera el pelo, que usara un estilo de ropa de vagabunda –¡qué denigrante!–, todo para dar una imagen “adecuada”. Menos mal que la ropa me la daba él, porque ¿quién puede usar esos disfraces patéticos? ¡Qué estupidez! ¡Lo que uno hace por un sueldo! Cuando tenga realmente mucho poder, voy a reventar a este miserable, le voy a sacar toda la guita y le voy hacer quemar toda esta basura. Quizá le haga un juicio en concepto de daño psicológico por todo lo que me tuve que bancar acá, jaja…

Francisco representaba un papel en su trabajo, ella también representaba un papel en el suyo. No había mucha vuelta que darle. Francisco tiró de un hilo muy fino esperando descubrir la esencia ultrajada de su vida, pero solo se encontró con una pared fría. Ese local y esa mujer habían cobrado un peso simbólico muy fuerte en su vida y se resistía a abandonar el objetivo al que lo habían conducido. Ahora se daba perfecta cuenta de que se había embarcado en un viaje arriesgado y que había apostado al casillero equivocado. Sin embargo, algo en su interior le daba la certeza de que estaba en el sendero correcto... Se daba cuenta de que aquella chica que él había imaginado como el estandarte de la libertad tan anhelada no lo era. Estaba seguro de que la verdadera libertad era otra cosa... exactamente lo que había hecho al sincerarse con su padre y librarse del mandato familiar. Dio media vuelta y la dejó hablando sola; sentía la urgente necesidad de despertar de ese mal sueño y de emprender su verdadero camino.

La chica miró la hora, se sentó (todavía faltaba una hora para la entrevista), siguió leyendo su libro de Derecho Tributario y pensó que Francisco era otro loco.
Logo de la extinta tienda

Corrección y modificaciones del final: Silvia. T